Las tres piedras

 

 

Las tres piedras

Recolocaba las tres piedras sobre la superficie de la mesilla cada noche, siempre de forma diferente. Anotaba sus posiciones para asegurarse de no repetir nunca la misma configuración. Sabía que, si alguna vez daba con la combinación que las hacía brillar, se despertaría de nuevo en casa.

 

El 17 de agosto escribí este microrrelato. Cumple las premisas que considero necesarias para este tipo de literatura hiperbreve.

La primera premisa es sumar muy pocas palabras. No sabría dónde poner la frontera entre cuento y microcuento. Para mí, un texto de 500 palabras o más puede considerarse ya un cuento, breve, sí, pero suficientemente extenso como para no colocarle el prefijo “micro”. También tengo claro que puedo considerar microcuento al que tiene menos de 250 palabras. Entre esos márgenes, me fío de lo que diga el autor. Pero mi criterio en esto es personal y subjetivo y probablemente la diferencia entre lo micro y lo no micro tenga que ver no sólo con el número de palabras. Las tres piedras suma tan solo 49 palabras (título incluido).

La segunda premisa es que decriba un momento significativo, que contenga “rhytmos”. Imagina que alguien te pide resumir una película y que sólo puedes hacerlo seleccionado cuatro o cinco fotogramas. Seguramente tomarías los que mejor describen la acción, como el desencadenante que supone el pistoletazo de salida de la acción, algún punto de giro clave para la trama, o la imagen que mejor representa el desenlace o la sorpresa final. Pues bien, para mí, un microrrelato debe intencionadamente equivaler a uno de estos fotogramas, debe incitar al lector a imaginar lo que sucede a continuación e incluso lo que sucedió antes de lo que se narra. Igual que el Discóbolo de Mirón. Las tres piedras lanza el fotograma de las tres piedras en una disposición determinada y comenzando a brillar; aunque esto ni siquiera llega a ocurrir en la breve escena narrada el lector de alguna manera sabe que ocurrirá.

La tercera premisa es que sea ficción, que sea capaz de establecer un pacto ficcional con el lector. Esto resulta clave para que se cumpla la premisa anterior, para poder fantasear con el microrrelato, imaginar cómo evolucionaría la historia. Las tres piedras pasa el testigo al lector, que podrá pensar en el pasado (¿quién es el protagonista? ¿por qué no está en su casa? ¿dónde está? ¿cuál es el origen de las tres piedras?) o en el futuro (¿brillarán alguna vez las piedras? ¿qué ocurrirá cuando lo consiga?). En este punto, el relato es ya propiedad del lector más que del escritor, porque lo habrá enriquecido llegando mucho más allá de lo que marca el texto.

 

Después de haber escrito Las tres piedras, he fantaseado bastante sobre ello. Ahora quiero compartirlo con vosotros e invitaros a que imaginéis vuestras propias historias a partir de este microrrelato, si queréis. Podéis esbozarlas en los comentarios, seguro que pasamos un rato agradable. De verdad, tengo muchas cosas en mente relacionadas con este micro. 

 

Imágenes:

Primera, fotografía propia. Segunda, "Discus Thrower Copenhagen". Tomada de Wikimedia Commons bajo licencia de dominio público. Réplica del Discóbolo de Mirón expuesta en el Jardín Botánico de Copenhague, Dinamarca, y que ya he usado anteriormente en Diludia para ilustrar el concepto de rhytmos.

¡Ganador del Camp Nanowrimo 2016!

¡Reto superado!

El mes de julio terminó y con él, la edición 2016 del Camp Nanowrimo. Han sido unas semanas muy ajetreadas, tanto que en varias ocasiones temí no alcanzar el objetivo. Mi progreso ha sido irregular, a empujones que muchas veces venían a coincidir con el fin de semana, nada que ver con la deseada regularidad de escribir todos los días. Finalmente sí que he llegado; es verdad que me impuse un reto facilito de 12.000 palabras, aprovechando que el Camp permite definir objetivos a medida y el trabajo que tenía pendiente era complejo pero no extenso. Por eso, lo importante durante este mes no ha sido tanto el número de palabras, ni siquiera ha sido conseguir o no cumplir con el reto del Camp Nanowrimo; lo verdaderamente relvante ha sido la experiencia de escritura y el avance en Naksatra, el libro en el que estoy trabajando y al que le he dedicado el reto de julio.

Es probable que una parte de esas 12.000 palabras no me sirvan para el libro definitivo, pero gracias a los diferentes ensayos he conseguido dar con el camino que quiero seguir. Naksatra es un libro de cuentos, pero incluye algo más, una sección que gracias al reto del Camp Nanowrimo he conseguido perfilar y orientar hacia algo que me gusta y me convence. Aún así no deja de ser una sección arriesgada, pero no adelantaré más hasta la publicación.

La experiencia de escritura social ha sido también positiva. La fórmula del Camp Nanowrimo es muy sencilla: se forman equipos que comparten “cabaña” en un camping virtual, y se mantiene una especie de chat o microblogging privado para charlar con tus compañeros de tienda. Son cómplices, también escritores, y es muy agradable encontrar mensajes de ánimo y de cómo marcha cada uno. Ver cómo se esfuerzan y progresan otros inyecta moral para seguir uno mismo adelante con su proyecto. He tenido unos buenos compañeros de viaje, unos alcanzaron el reto y otros no. Espero que sus proyectos lleguen a buen puerto y que pueda coincidir otra vez con ellos en esto de escribir.

Gracias al Camp Nanowrimo he avanzado con Naksatra y está mucho más cerca de ver la luz. Sigo trabajando en agosto.

 

Imagenes: (1) banner que me acredita como ganador del Camp Nanowrimo 2016 y (2) mi progreso a lo largo del mes de julio, irregular y lleno de días en los que no escribí nada, y cómo a base de empujones puntuales alcancé el muy modesto reto de las 12.000 palabras el día 24.

El verano y las estrellas

El verano trae muchas cosas buenas además de, por supuesto, las vacaciones. Es una época del año marcada por el calor que invita a dormir la siesta o refugiarse del sol a medio día, y a dar paseos o salir a la terraza de noche. Y mirar al cielo.

Quien más quien menos suele disponer de unos días de vacaciones en verano. Entre los principales destinos sigue estando el rural, el pueblo de los padres o los abuelos, o cualquier otro lugar alejado de ruidos y luces urbanas. Lugares donde la noche es realmente oscura, en los que los urbanitas nos sorprendemos de cuánto es capaz de iluminar una luna llena o de la densa negrura que acompaña la luna nueva. Es una gozada, en las noches más cerradas, mirar a las estrellas. Algo tan cotidianto para muchos resulta sin embargo fascinante para los insectos urbanos como yo. Por eso considero el verano especialmente apropiado para dedicar a las estrellas. Siempre resulta agradable el mareo que produce pensar en las distancias que nos separan de esas bolas de gas, o en su enorme cantidad, más numerosas que todos los granos de arena de una playa. Imaginar qué hay más allá de nuestro planeta es un paso bastante natural, y aterrizamos así en la ciencia ficción. Hace ya dos años hablé en Diludia del concepto de ciencia ficción activa. Entonces hablé del proyecto SETI@home. Desde entonces, he seguido escuchando el firmamento en busca de señales de radio inteligentes. Hoy por hoy, mi principal dispositivo para esta búsqueda no es otro que mi teléfono móvil, con la aplicación de supercomputación distribuida BOINC de la Universidad de Berkeley. Cuando he tenido ocasión, también he seguido algunas noticias científicas.

El Director de SETI@home certifica que soy un gran buscador de extraterrestres

Pero lo verdaderamente importante de todo esto es he aprovechado todo esto para plantearme hipótesis fantásticas, para preguntarme qué ocurriría si detectáramos realmente una señal extraterrestre, o si detectamos un exoplaneta muy parecido a la Tierra, o cómo sería un viaje multigeneracional entre planetas muy distantes. Todas estas son, desde luego, hipótesis muy clásicas, pero no por ello dejan de ser atractivas. Pensar a esta escala es un ejercicio estupendo para la ficción y, en ocasiones, para ver la realdiad con otra perspectiva. ¿Qué sentido tendría algo como el “Brexit” en un futuro en el que, como planeta, miramos con opciones al espacio exterior? ¿Cuál sería la relación entre ciencia y religión? ¿Habría fanatismos? ¿De qué tipo?

Podemos probar a resolver todas estas preguntas con ficción, o, ya estamos en una noche de verano, dejar que responda el sonido de los grillos.

De acampada creativa

La banda de metal finlandesa Nightwish nació en 1996 durante una noche de acampada. Este tipo de noches al aire libre, rodeado de naturaleza y oscuridad, invitan también a compartir viejas historias, leyendas o cuentos de todo tipo. ¿Qué mejor escenario que la noche, las estrellas y el cri-cri de unos grillos para sumergirse en la fantasía?

Este mes de julio estoy de acampada. Una acampada creativa y dedicada precisamente a la literatura: el Camp Nanowrimo. Por supuesto, es una acampada virtual que ocurre en internet, una especie de retiro para escribir, aunque sea un retiro efímero de solo unos minutos al día. En el Camp Nanowrimo, uno se aísla de la realidad cotidiana junto con unos compañeros de acampada también escritores. Así, incluso una tarea solitaria como sacar adelante novelas o cuentos adquiere una componente social muy agradable.

Uno de mis objetivos literarios para 2016 es editar un libro de cuentos. Lo he comentado varias veces en Diludia y estoy muy contento con la selección que estoy haciendo y con los nuevos textos que estoy creando. Necesito completar aún una parte de este libro, y ese es el reto que me he planteado para julio en el Camp Nanowrimo. Lo bueno del Camp es que la mecánica es flexible: aunque se basa, igual que el Nanowrimo original de noviembre, en alcanzar un número determinado de palabras en el plazo de un mes, el Camp permite que cada uno defina su objetivo, que puede ser diferente de las 50.000 de referencia. El Camp es mucho más adaptable a los objetivos de cada uno y estoy convencido de que tendré mejores resultados que con mi anterior intento en el Nanowrimo el pasado noviembre: entonces no pude con el reto, pero comenzar con la novela Yutunaith fue prender una mecha que no para de arder, sigo puliendo los detalles de esa novela y más temprano que tarde tendré las piezas para abordar el puzzle.

Estoy de acampada literaria y tengo por delante un reto atractivo para el mes de julio, modesto en palabras pero ambicioso en calidad: ¡está en juego publicar un libro! He elgido el Camp para hacer este reto más pantente pero, ¿realmente es necesario inscribirse en una iniciativa de este tipo para escribir? Desde luego que no. Mi compromiso editorial y mi fecha de entrega están ahí, esa es la única realidad. Lo interesante de este tipo de retos, tanto del Nanowrimo original como del Camp, es que ludifican y socializan la labor del escritor. Esto ayuda mucho, sin duda, y motiva. Contribuye a que uno se enganche a su propia creación literaria y hace la tarea mucho más agradable gracias a la complicidad de los compañeros escritores que también han asumido el reto, que de vez en cuando preguntan qué tal, cuentan sus avances o dan ánimos.

El escudo símbolo del Nanowrimo no puede ser más acertado: una taza de café, un portátil, un par de bolígrafos y una pila de papeles. Manos al teclado, hay trabajo por delante –muy agradable, eso sí, que la creación literaria es todo un vicio– y a escribir. Lo esencial nunca cambia: un libro como objetivo a conseguir, un teclado, un ordenador y un ratito robado a deshoras a las tareas y obligaciones cotidianas para sumergirse en la ficción propia.  Como banda sonora, a elegir: el silencio, los grillos nocturnos o quizás la música de Nightwish.

Diluditeca: "La margen incierta"

El libro de hoy en mi pose habitual a lo "facebook"

La margen incierta es un libro de relatos de terror publicado recientemente por Saco de Huesos. Tengo la suerte de conocer a su autor, Fernando Lafuente. En cuanto coincida con él le pediré que me lo firme, este ejemplar debe ocupar un lugar en mi biblioteca dedicada.

El texto de la contraportada de La margen incierta clasifica el libro en la temática de terror social. No es un terror que tenga como objetivo generar pesadillas o dificultar el sueño, no es un terror que ponga sistemáticamente al lector en el lugar de la víctima (aunque a veces sí lo hace). Estos cuentos generan una reflexión y tienen una componente social. Lo sobrenatural y alucinante se mezcla con conceptos como el ecologismo, la igualdad, el capitalismo o la justicia. Estos conceptos funcionan bien en escenarios actuales y corales, y son precisamente esos los que más abundan en el libro. Carreteras y ciudades vistas con distintos grados de zoom abundan en los cuentos de Fernando Lafuente. La empatía con el lector se establece unas veces a través de un protagonista individual ("...esto que cuenta me puede pasar a mí") y, otras, a través de un protagonista producto de la sociedad ("...esto puede pasar en mi entorno"). No se trata, ni mucho menos, de terror romántico, no veremos castillos, lobos, dráculas, monstruos ni espíritus al uso, tampoco veremos las versiones modernas de zombies en ciudades apocalípticas o vampiros en las élites sociales. No soy ningún experto en los géneros más tenebrosos de la literatura, pero creo que no me equivocaré si considero estos cuentos como muy originales.

La estructura de los cuentos es notable. Casi me pareció oír el “click” en varios puntos de lectura donde se descubría el encaje de piezas. Se agradece leer historias bien trabadas, con una combinación muy acertada entre lógica y sorpresa. Todos los planos están cuidados: la propia historia que se cuenta, la estructura del relato y el uso de elementos que, en ocasiones, transcienden al texto y se convierten en guiños entre autor y lector.

Este libro viene a sumarse a otros dedicados a los cuentos que he leído últimamente, como Lectores aéreos de Gabriella Campbell, Breves notas para una eternidad descubierta, de Juan Miguel Lorite, Cuentos pacientes de Goizeder Lamariano o El conde Lucanor de Don Juan Manuel. Todos ellos están contribuyendo a mi afición por la literatura breve, esa que puede consumirse en un trayecto de metro. La margen incierta de Fernando Lafuente presenta varios cuentos cortos y un texto sustancialmente más largo que el resto. Lo mismo ocurre con los recopilatorios de Goizeder y Gabriella. En esta ocasión, se trata de Te visitará la muerte, un relato que, desde su formato impreso tradicional en papel de toda la vida, me ha sabido transmitir una banda sonora como si el libro de papel tuviera un conector para unos cascos: mi subconsciente no paraba de recordar el tema de Obús del mismo título que el cuento. Este es uno de los guiños, uno de los que capté, ¡y qué bien sienta volver a estas canciones! Supongo que habrá otros guiños que me pasaron desapercibidos y que cada lector que se enfrente a esta margen incierta identificará los suyos.

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