Desde lo alto de una montaña

 

Resulta difícil ser escritor cuando uno, en realidad, se gana la vida con otra cosa. Si esa otra cosa es un empleo por cuenta ajena y de vez en cuando presenta un pico de trabajo que se dispara incluso más allá de las 40 horas semanales de rigor, encontrar tiempo para escribir se complica. Si, además, uno tiene una familia estupenda a la que dedicarle cariño, el anhelado rato de creación literaria delante de un teclado o de una libreta se vuelve imposible.

¿Imposible?

Quizá no tanto. La conciliación de la vida real y la vida de ficción es muy dura, sin duda. Entiendo perfectamente a los compañeros escritores que se quejan de este problema y yo mismo he sufrido, sufro continuamente, la contradicción vital entre querer y poder. Pero en esta entrada no quería enfocarme en la dureza y en los aspectos negativos, sino en los positivos. Me gustaría destacar dos puntos. El primero, en cómo la actividad de escribir se hace inevitable y surge incluso aunque no queramos. Segundo, en cómo el hecho de escribir impacta positivamente en todo lo demás.

El primero tiene que ver con ser un escritor empedernido. Si uno es escritor empedernido, lo seguirá siendo incluso en las situaciones en las que escaseen el tiempo y la libertad. La situación ideal es poder dedicar plenamente a la escritura, cada día, al menos dos bloques de dos horas. Las tareas y obligaciones de nuestra realidad hacen que reduzcamos este tiempo, a veces ni siquiera es posible escribir a diario y relegamos la actividad a los fines de semana, y otras veces ni eso. Incluso en los casos extremos, sin embargo, podemos seguir pergeñando tramas, perfilando personajes, ideando sucesos, diálogos y escenarios tan solo imaginando y en paralelo a nuestra actividad cotidiana, mientras cocinamos, en el ratito antes de quedarnos dormidos, o en cualquier otro momento. Desde luego, esta actividad literaria rebelde no tendrá un efecto tan bueno como el trabajo metódico, pero es un alivio saber que existe. Nuestra realidad es rica y la experiencia propia es la mejor materia prima para escribir, tomar nota mental de los detalles es algo que siempre puede hacerse.

El segundo punto que quería destacar es cómo la escritura favorece todo. Hace unos días me encontraba verdaderamente acosado por tareas pendientes, tanto de trabajo como de la vida privada, y en un contexto muy poco favorable: falta de sueño, viajes, etc. Aún así, dediqué alrededor de una hora la tarde del viernes a escribir. Di forma de cuento a una idea que me venía rondando, y quedó bien. Un cuento breve es así de agradecido, si uno lo viene rumiando en su cabeza desde días atrás, es posible escribir un borrador en apenas una hora. El efecto que produce terminar una obra literaria es de lo más positivo. Aquella tarde y los dos o tres días siguientes me encontraba optimista, de buen humor, como en la cima de una montaña, y la muralla de tareas pesadas que me tocaba abordar parecía de repente más fácil de superar. La hora invertida en el cuento se tradujo en mejor disposición para abordar todo lo demás. Es probable que, sin aquella inyección de energía, no hubiera podido cumplir con todos los deberes que me esperaban. Así, resultó que la escritura, en lugar de una tarea más que compite por su trocito de tiempo en mi día frente a otras muchas obligaciones, se convirtió en una aliada que me ayudó a llegar a todo.

Teclear ese punto y final le coloca a uno, como escritor, en lo alto de un montaña. La sensación de satisfacción es total y se adquiere una perspectiva de las cosas mucho más positiva. Por eso los cuentos son tan adecuados en las épocas duras y de estrés. Permiten llegar a un punto y final invirtiendo tan solo una o dos horas, y luego todo se hace cuesta abajo.

Imagen: cumbre del Cervino (Suiza), tomada de Pixabay bajo licencia CC0 de dominio público

Laboratorio literario con árbol

Hojas por dentro y por fuera

 

Hace unos días pasé por casa de mis padres a recoger papeles que aún conservaba allí y que llevaban más de diez años amontonados en carpetas. Documentos y apuntes auxiliares de la carrera, borradores y pruebas de ediciones de Verbo Azul, revistas y periódicos obsoletos, kilos papel escrito o impreso ya inservible que encontró un mejor lugar abajo, en la calle, dentro del contenedor para reciclar. Pero también rescaté algunos tesoros, entre ellos mi laboratorio literario.

Se trata de un cuaderno que me regaló, allá por el 2003, mi amiga Esther. Lo hizo ella misma a mano, con cubiertas de cartulina plastificadas e interior en blanco. Esther sabía que yo lo llenaría con literatura, y lo convertí en mi laboratorio literario. En él redacté algunos borradores e ideas. Mis cuentos de El Molino (finalista en el Ateneo Cultural Primero de Mayo) o Gaspar y Belinda surgieron aquí, sobre las hojas en blanco que Esther ligó con una encuadernación de espiral para mí. También incluye otros embriones que me han sorprendido a mí mismo. Por ejemplo, acabo de descubrir que un cuento que redacté en 2012, y que creía original, en realidad viene de una idea que ya esbocé hasta un buen nivel de detalle en este cuaderno, en 2004. He redescubierto en sus hojas varias propuestas de historias que me encantaría retomar.

 

Toda una declaración de intenciones en la primera página

 

Aunque son todos maravillosos, quiero destacar una de estos embriones porque no solo desarrolla una idea, sino que además explica la motivación que la justifica. Copié directamente un texto de la Gramática de la Fantasía de Gianni Rodari.

“Si yo no fuese, como tantos, víctima de las convenciones, habría incluido aquellas canciones excrementicias en mis colecciones de retahílas. Creo que sólo después del 2000 tendremos autores con el valor suficiente para hacerlo”.

Gianni Rodari se refiere a los tabúes, reivindica el poder del caca, culo, pedo, pis como motor de ficciones divertidas y se lamenta de que, por pudor, no haya escritores (¿o excritores?) que lo exploten. Mi cuaderno de notas continuaba diciendo que “ya estamos en 2004” y era hora de que la literatura excrementicia dejara de ser tabú y se conviertiera en una herramienta más al servicio de la ficción. Después, exponía la idea del cuento, su conflicto, su desarrollo y su desenlace, también los personajes, personas de diferentes características… y un pedo. Sí, un pedo de protagonista. Quiero retomar este cuento porque no lo terminé pero me sigue pareciendo vigente al cien por cien.

El cuaderno que me regaló Esther también muestra cómo abordé algunos encargos o invitaciones literarias. Por ejemplo, la redacción de un prólogo para un cuadernillo de un compañero de Verbo Azul, la creación de un microcuento o la escritura, primero en borrador y luego en texto definitivo, de un poema homenaje a las víctimas del 11-M para un libro en el que me habían invitado a participar como escritor alcorconero.

Las dos caras del poema, a la izquierda el borrador, con sus tachones, sus enmiendas y sus ideas más o menos ordenadas. A la derecha, el texto definitivo. Tento que confesar que este salió bastante del tirón y que soy capaz de embadurnar mucha más superficie de papel antes de llegar a un texto que considere digno.

 

Este cuaderno tiene más cosas especiales. Por aquel entonces escuché a una famosa periodista de radio (¿o era un hombre?) contar que tenía la costumbre de pedir a cada personalidad que entrevistaba que le dibujara un árbol. Con el tiempo, había recopilado una interesantísima colección de dibujos de árboles de políticos, famosos, artistas, intelectuales, deportistas, etc. Debí de comentar la anécdota con Esther y con Marta, grandes amigas con quienes tuve la suerte de compartir aquella época, y como consecuencia las dos últimas páginas de este cuaderno tienen dibujos: el árbol de Esther y el de Marta.

Estoy convencido de que la inmensa mayoría de escritores utiliza cuadernos de notas. Este es especial. Dejé de usarlo cuando me fui de erasmus, unos nueve meses después de recibirlo como regalo y de bautizarlo como laboratorio literario. ¿Por qué no lo metería en la maleta? Ahora estoy encantado de haberlo recuperado. Todo el cariño que lleva dentro lo convierte en un objeto único, un recuerdo precioso y una motivación extra para crear buena literatura.

Las tres piedras

 

 

Las tres piedras

Recolocaba las tres piedras sobre la superficie de la mesilla cada noche, siempre de forma diferente. Anotaba sus posiciones para asegurarse de no repetir nunca la misma configuración. Sabía que, si alguna vez daba con la combinación que las hacía brillar, se despertaría de nuevo en casa.

 

El 17 de agosto escribí este microrrelato. Cumple las premisas que considero necesarias para este tipo de literatura hiperbreve.

La primera premisa es sumar muy pocas palabras. No sabría dónde poner la frontera entre cuento y microcuento. Para mí, un texto de 500 palabras o más puede considerarse ya un cuento, breve, sí, pero suficientemente extenso como para no colocarle el prefijo “micro”. También tengo claro que puedo considerar microcuento al que tiene menos de 250 palabras. Entre esos márgenes, me fío de lo que diga el autor. Pero mi criterio en esto es personal y subjetivo y probablemente la diferencia entre lo micro y lo no micro tenga que ver no sólo con el número de palabras. Las tres piedras suma tan solo 49 palabras (título incluido).

La segunda premisa es que decriba un momento significativo, que contenga “rhytmos”. Imagina que alguien te pide resumir una película y que sólo puedes hacerlo seleccionado cuatro o cinco fotogramas. Seguramente tomarías los que mejor describen la acción, como el desencadenante que supone el pistoletazo de salida de la acción, algún punto de giro clave para la trama, o la imagen que mejor representa el desenlace o la sorpresa final. Pues bien, para mí, un microrrelato debe intencionadamente equivaler a uno de estos fotogramas, debe incitar al lector a imaginar lo que sucede a continuación e incluso lo que sucedió antes de lo que se narra. Igual que el Discóbolo de Mirón. Las tres piedras lanza el fotograma de las tres piedras en una disposición determinada y comenzando a brillar; aunque esto ni siquiera llega a ocurrir en la breve escena narrada el lector de alguna manera sabe que ocurrirá.

La tercera premisa es que sea ficción, que sea capaz de establecer un pacto ficcional con el lector. Esto resulta clave para que se cumpla la premisa anterior, para poder fantasear con el microrrelato, imaginar cómo evolucionaría la historia. Las tres piedras pasa el testigo al lector, que podrá pensar en el pasado (¿quién es el protagonista? ¿por qué no está en su casa? ¿dónde está? ¿cuál es el origen de las tres piedras?) o en el futuro (¿brillarán alguna vez las piedras? ¿qué ocurrirá cuando lo consiga?). En este punto, el relato es ya propiedad del lector más que del escritor, porque lo habrá enriquecido llegando mucho más allá de lo que marca el texto.

 

Después de haber escrito Las tres piedras, he fantaseado bastante sobre ello. Ahora quiero compartirlo con vosotros e invitaros a que imaginéis vuestras propias historias a partir de este microrrelato, si queréis. Podéis esbozarlas en los comentarios, seguro que pasamos un rato agradable. De verdad, tengo muchas cosas en mente relacionadas con este micro. 

 

Imágenes:

Primera, fotografía propia. Segunda, "Discus Thrower Copenhagen". Tomada de Wikimedia Commons bajo licencia de dominio público. Réplica del Discóbolo de Mirón expuesta en el Jardín Botánico de Copenhague, Dinamarca, y que ya he usado anteriormente en Diludia para ilustrar el concepto de rhytmos.

¡Ganador del Camp Nanowrimo 2016!

¡Reto superado!

El mes de julio terminó y con él, la edición 2016 del Camp Nanowrimo. Han sido unas semanas muy ajetreadas, tanto que en varias ocasiones temí no alcanzar el objetivo. Mi progreso ha sido irregular, a empujones que muchas veces venían a coincidir con el fin de semana, nada que ver con la deseada regularidad de escribir todos los días. Finalmente sí que he llegado; es verdad que me impuse un reto facilito de 12.000 palabras, aprovechando que el Camp permite definir objetivos a medida y el trabajo que tenía pendiente era complejo pero no extenso. Por eso, lo importante durante este mes no ha sido tanto el número de palabras, ni siquiera ha sido conseguir o no cumplir con el reto del Camp Nanowrimo; lo verdaderamente relvante ha sido la experiencia de escritura y el avance en Naksatra, el libro en el que estoy trabajando y al que le he dedicado el reto de julio.

Es probable que una parte de esas 12.000 palabras no me sirvan para el libro definitivo, pero gracias a los diferentes ensayos he conseguido dar con el camino que quiero seguir. Naksatra es un libro de cuentos, pero incluye algo más, una sección que gracias al reto del Camp Nanowrimo he conseguido perfilar y orientar hacia algo que me gusta y me convence. Aún así no deja de ser una sección arriesgada, pero no adelantaré más hasta la publicación.

La experiencia de escritura social ha sido también positiva. La fórmula del Camp Nanowrimo es muy sencilla: se forman equipos que comparten “cabaña” en un camping virtual, y se mantiene una especie de chat o microblogging privado para charlar con tus compañeros de tienda. Son cómplices, también escritores, y es muy agradable encontrar mensajes de ánimo y de cómo marcha cada uno. Ver cómo se esfuerzan y progresan otros inyecta moral para seguir uno mismo adelante con su proyecto. He tenido unos buenos compañeros de viaje, unos alcanzaron el reto y otros no. Espero que sus proyectos lleguen a buen puerto y que pueda coincidir otra vez con ellos en esto de escribir.

Gracias al Camp Nanowrimo he avanzado con Naksatra y está mucho más cerca de ver la luz. Sigo trabajando en agosto.

 

Imagenes: (1) banner que me acredita como ganador del Camp Nanowrimo 2016 y (2) mi progreso a lo largo del mes de julio, irregular y lleno de días en los que no escribí nada, y cómo a base de empujones puntuales alcancé el muy modesto reto de las 12.000 palabras el día 24.

El verano y las estrellas

El verano trae muchas cosas buenas además de, por supuesto, las vacaciones. Es una época del año marcada por el calor que invita a dormir la siesta o refugiarse del sol a medio día, y a dar paseos o salir a la terraza de noche. Y mirar al cielo.

Quien más quien menos suele disponer de unos días de vacaciones en verano. Entre los principales destinos sigue estando el rural, el pueblo de los padres o los abuelos, o cualquier otro lugar alejado de ruidos y luces urbanas. Lugares donde la noche es realmente oscura, en los que los urbanitas nos sorprendemos de cuánto es capaz de iluminar una luna llena o de la densa negrura que acompaña la luna nueva. Es una gozada, en las noches más cerradas, mirar a las estrellas. Algo tan cotidianto para muchos resulta sin embargo fascinante para los insectos urbanos como yo. Por eso considero el verano especialmente apropiado para dedicar a las estrellas. Siempre resulta agradable el mareo que produce pensar en las distancias que nos separan de esas bolas de gas, o en su enorme cantidad, más numerosas que todos los granos de arena de una playa. Imaginar qué hay más allá de nuestro planeta es un paso bastante natural, y aterrizamos así en la ciencia ficción. Hace ya dos años hablé en Diludia del concepto de ciencia ficción activa. Entonces hablé del proyecto SETI@home. Desde entonces, he seguido escuchando el firmamento en busca de señales de radio inteligentes. Hoy por hoy, mi principal dispositivo para esta búsqueda no es otro que mi teléfono móvil, con la aplicación de supercomputación distribuida BOINC de la Universidad de Berkeley. Cuando he tenido ocasión, también he seguido algunas noticias científicas.

El Director de SETI@home certifica que soy un gran buscador de extraterrestres

Pero lo verdaderamente importante de todo esto es he aprovechado todo esto para plantearme hipótesis fantásticas, para preguntarme qué ocurriría si detectáramos realmente una señal extraterrestre, o si detectamos un exoplaneta muy parecido a la Tierra, o cómo sería un viaje multigeneracional entre planetas muy distantes. Todas estas son, desde luego, hipótesis muy clásicas, pero no por ello dejan de ser atractivas. Pensar a esta escala es un ejercicio estupendo para la ficción y, en ocasiones, para ver la realdiad con otra perspectiva. ¿Qué sentido tendría algo como el “Brexit” en un futuro en el que, como planeta, miramos con opciones al espacio exterior? ¿Cuál sería la relación entre ciencia y religión? ¿Habría fanatismos? ¿De qué tipo?

Podemos probar a resolver todas estas preguntas con ficción, o, ya estamos en una noche de verano, dejar que responda el sonido de los grillos.

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