¿Qué le doy de comer a mi personaje?

 

Sí, los personajes de ficción también comen.  No sólo realizan hazañas, se enamoran o corren aventuras. También comen, beben, duermen y todo lo demás, igual que las personas normales. Parece obvio, pero en mis textos de niño y adolescente no lo tenía en cuenta. Tampoco es algo que haya aprendido de forma paulatina con lecturas y experiencia, sino que lo descubrí de repente y de la mano de una escritora. En esta entrada os quiero contar primero cómo me enteré de que los personajes de ficción también comen, para desarrollar después algunas ideas sobre el asunto.

Entre los años 1994 y 2000 realicé varios cursos de creación literaria en la Universidad Popular de Alcorcón.  Uno de ellos trató específicamente sobre novela, y el objetivo era precisamente escribir una a lo largo del curso. Aquél año, tuve la suerte de contar entre mis compañeros a Loren Fernández. Periódicamente, cada uno de nosotros explicaba al resto de la clase la trama principal de nuestra novela, el grado de avance y también las experiencias o dificultades que íbamos encontrando. La novela de Loren tomaba como base la Eneida, contada desde el punto de vista de Ascanio Iulo, hijo de Eneas. Estaba por lo tanto ambientada en los años posteriores a la caída de Troya. Pero Loren no se ciñó exclusivamente a lo mítico y lo heroico, porque ante todo sus personajes eran personas. Y así, en una ocasión que nos contaba al resto de compañeros cómo iba su novela, Loren nos explicó que, cuando Iulo se levanta, le tiene que dar de desayunar: ¿qué debía darle? ¿qué podía desayunar la gente de aquella época en su peligroso viaje en barco por el Mediterráneo? Y lo mismo con el resto de comidas del día. En ese momento tomé plena conciencia de la importancia de crear un marco creíble y adecuado para nuestros personajes en una novela: deben comer, vestir, rezar, viajar o hablar según un contexto, real o ficticio. Si es real, será necesario documentarse. Y si es ficticio, será necesario inventarles un mundo con todos estos elementos.

Hoy en día, gracias a internet, resulta más fácil que nunca documentarse y obtener información sobre otras épocas y lugares. También, gracias a los ordenadores, podemos crear y organizar de forma conveniente los elementos inventados de nuestro mundo fantástico. Hagámoslo entonces. Presentar detalles sobre lo cotidiano en nuestros textos hará que las ficciones en general y los personajes en particular resulten mucho más nítidos, persistentes, originales y creíbles; estaremos presentando al lector una obra más rica, más sólida.

Pero las tareas de documentación y de invención para crear los marcos para nuestros textos llevan tiempo. Podemos dedicar horas sin fin. ¿Cómo limitarlo? Desde luego, es necesario encontrar un balance entre el tiempo dedicado a montar el escenario y el tiempo dedicado a desarrollar la acción. Hay dos consideraciones a tener en cuenta sobre esto.

La primera es que podemos conseguir escenarios muy sólidos aunque sólo indiquemos unos pocos elementos concretos. Por ejemplo, no necesitamos que Tolkien desarrolle una enciclopedia gastronómica con decenas de recetas típicas de elfos, consigue un efecto suficientemente bueno hablándonos tan sólo de su pan de lembas y poco más. Probad por ejemplo a presentar un pueblo o cultura (real o inventada) describiendo solamente una brevísima ubicación de espacio y tiempo, un plato típico y una de sus tradiciones, algo que pueda escribirse en media página de texto. Seguramente el lector, a partir de esas cuatro pinceladas, se imagine un cuadro completo. Efectivamente, como escritores sólo necesitamos hacer comer a un personaje dos o tres veces a lo largo de la novela, aunque la acción abarque varios años.

La segunda consideración es que en algunos casos no se necesita realmente detalle ni documentación. Por ejemplo, con la frase “Érase una vez…” estamos apelando al marco de los cuentos de hadas. En este contexto, los personajes no necesitan realmente comer, beber o vestir y sólo lo harán si cumple una función en el cuento: que Blancanieves muerda una manzana envenenada o que Cenicienta se pruebe un zapato de cristal son funciones específicas que nada tienen que ver con crear un marco creíble para nuestras ficciones. Yendo más allá, me atrevería a decir que ningún cuento, aunque no sea de hadas, necesita realmente “dar de comer a sus personajes” en el sentido que explicamos aquí,  y que esa puede ser precisamente una de las diferencias entre cuento y novela.

Unos años después de aquél curso de creación literaria, en 2004, Loren Fernández presentó “El hijo del héroe”, publicado por SM en la colección Gran Angular +. Me encantó acudir al acto de presentación y por supuesto me llevé un ejemplar firmado. Os aseguro que es una de las lecturas que más he disfrutado en mi vida, porque de alguna manera lo que tenía entre las manos no era sólo un buen libro, sino el resultado de un trabajo al que me había podido asomar como testigo.

Imágenes: (1) plato que bien podría ofrecer a un personaje (¡sí, lo cociné yo mismo!) y (2) muy contento con mi ejemplar del "El hijo del héroe" de Loren Fernández. Fotografías propias de Diludia.

Comentarios

Imagen de Jota Hidalgo

Enhorabuena Joseto por este post. Interesante pensar que poniendo a comer a un personaje podemos crear contextos potencialmente descriptivos. ¡Compartiendo!

Imagen de Elena

También creo que éste tipo de información tanto los sabores como los olores, que nos dais a los lectores, nos ayuda a sumergirnos en las novelas, a imaginarnos más intensamente el mundo que el escritor nos quiere mostrar. Yo no escribo, pero si que pienso que aunque no se muestre expresamente, puede ser interesante para el escritor generar un mundo completo a la hora de escribirlo. Si él lo tiene muy completo, de una forma u otra nos lo plasmará en su novela y se notará en el resultado final.

Imagen de Joseto Romero

Gracias, Jota, Elena. Desde luego, los detalles de lo cotidiano ayudan a ambientar y a crear esa inmersión de los lectores en el texto. En novela, la ambientación es esencial.
¡Gracias también por compartirlo!

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