Infinito

 

Ella siempre estaba vigilada.

Los largos rizos de su melena negra, tan oscuros que atrapaban la luz circundante y asustaban a la misma noche, seda pura y cortante, parecían brillantes al ser contemplados junto a sus ojos insondables, pozos de una verdad tan antigua que solo un hombre había sido capaz de mirarlos sin vencerse a la locura. Por eso él era su guarda, igual que yo el suyo, entre las sombras.

  

Amadeo, ese era su nombre, había sido alguien normal, un hombre del mundo, como llamamos nosotros a los profanos, y su historia podría haberse resumido como la de tantos otros, trabajando, comiendo, durmiendo… Una vida llena de sinsentidos, de deseos imposibles e insulso materialismo, una vida vacía. Pero eso había sido antes de que el destino les uniera, antes de que ella escapara del monasterio negro y demostrara que hay cosas que no se pueden atrapar, cosas que los elevados aún no podemos entender, y que hay criaturas de entremundos viviendo entre nosotros

–¡Imposible! –diréis.

Si no hubiera ocurrido frente a los ojos del amo jamás se lo hubiera creído. Si no hubiera ocurrido ante los míos… bueno, por eso se me encomendó esta tarea.

Demasiadas verdades incómodas al mismo tiempo, si se me permite opinar. Aquello lo cambiaba todo. Por ese motivo ocultamos esta información hasta ahora, aunque dadas las circunstancias, dado el caos que está a punto de desatarse, es mi deber, para con mi amo, que la noche se apiade de su esencia, para con mi pueblo y para con todos los elevados, explicar lo que sabemos.

No seré yo quien juzgue si hicimos bien o no al tratar de proteger al mundo de la verdad.

Empezaré por el principio:

Desde que apareció entre nosotros se supo que no era una niña del mundo. El halo oscuro que la acompañaba siempre, el efecto que causaban sus ojos… era como un fuego fatuo en mitad la noche.

Aquella niña era sin duda una elevada, una potencialmente peligrosa. Como todos los elevados saben la mayoría no acarrea ninguna manifestación física de su condición, y de los pocos que demuestran esta habilidad raro es aquel que puede resultar molesto. Ella, por el contrario, podía convertir a cualquier hombre del mundo en un loco, y llegaba a provocar nauseas, mareo y hasta desmayos en los más altos elevados, por lo que su peligrosidad no era discutible. Además nadie sabía de dónde venía ni parecía tener familia por lo que, dadas sus características especiales, como era habitual en estos casos, el amo ordenó que fuera conducida al monasterio apropiado, separándola de los hombres del mundo y de los demás elevados para evitar que se convirtiera en un problema serio.

Una vez tomada la decisión, dado que parecía obvio que la niña pertenecía a la rama negra de las elevaciones, los reclutadores acudieron a mí, por aquel entonces encargado del monasterio negro.

 

He de recalcar que en aquel momento parecía un caso normal. Me entregaron la orden sellada por el amo, fui a recogerla, la sedé, la llevé al monasterio, la pusimos en una celda acolchada y pedí que me avisaran cuando despertara. Procedimiento estándar.

Sin embargo al día siguiente apareció paseando por los pasillos como si tal cosa y, aunque al principio creí que alguien la había dejado salir de su celda sin mi consentimiento, fui incapaz de dar con el culpable. Ahora sabemos por qué.

 

Aquella fue la primera vez que hablé con ella, después de hacer que la devolvieran a su celda, por supuesto.

–¿Cómo te llamas? –pregunté, obligándome a esquivar sus ojos para no marearme en exceso.

 No hubo respuesta. Tal vez estaba asustada, o tal vez no lo sabía. No es raro encontrar traumas en los elevados recientes, y a veces estos se acompañan con algún grado de amnesia, por lo que no le di mayor importancia.

–Bueno, puedes interrumpirme cuando quieras –continué–. Te hemos traído al monasterio negro, por tu seguridad y la de los demás. Aquí te enseñaremos a controlar tus manifestaciones, en la medida de lo posible, y si consigues dominarlas…

–No podéis –susurró. En su delicada voz, limpia y sin la más mínima impureza, no había rastro de duda.

–¿El qué? –reí, intentando aligerar el ambiente– ¿Enseñarte? Oh, te sorprenderías de…

–No podéis. Me gustaría…

De pronto calló y cerró los ojos, como si escuchara algo inaudible para mí. Presté atención y esperé. No había motivo para apresurarse. Cada alumno necesitaba un tiempo diferente para comenzar a abrirse.

De pronto parpadeó, y en un despiste me descubrí mirando directamente a sus ojos, solo un instante aunque suficiente para que el mundo comenzara a dar vueltas a mialrededor. En un acto reflejo me envolví en bruma oscura, y eso pareció disminuir el efecto. En aquel momento supe que si quería ayudarla primero debía encontrar un modo de protegerme de ella.

  

Aquel día no volvió a hablar, así que me dediqué a otros alumnos, y a la mañana siguiente seguía en su celda. Supongo que había entendido que eso era lo que se esperaba de ella, aunque en aquel momento seguía convencido de que alguien la había liberado la primera noche.

  

A lo largo de los siguientes días fui estableciendo una conexión con ella, dejando que se relajara, aprendiendo a dominar las náuseas cuando nuestros ojos se cruzaban. El único modo de hacer esto era ocultarme por completo dentro de un manto de sombras por lo que, teniendo en cuenta que eso es algo que a mucha gente causa angustia, al principio procuré evitarlo. Sin embargo ella parecía divertirse cada vez que me escondía, y acabó siendo como un juego entre nosotros, un modo de poder mirarnos sin miedo.

Cierto es que al hacerlo yo no veía realmente sus ojos, por eso no me afectaban, pero de algún modo ella podía ver a través de mi niebla oscura, y me miraba a mí, no al humo. En esos momentos casi parecía una elevada normal y corriente, aunque sin dejar de ser especial.

 

Recuerdo aquellos días con gran nostalgia. Si hubiera tenido más tiempo… a veces creo que habría sido capaz de llegar hasta ella, pero el destino casi nunca es como nosotros quisiéramos.

Una tarde, cuando estaba a punto de conseguir que al fin me dijera su nombre, la puerta de la celda se abrió de golpe dando paso al amo y cuatro hombres de su guardia personal que arrastraban una mujer encadenada de la cabeza a los pies.

–Mírala –ordenó el amo, y la mujer alzó la vista.

Al instante la pobre se desplomó balbuceando, y los seis se marcharon por donde habían llegado.

 

Aquello era justo lo que no debería haber ocurrido jamás. Yo no veía a mis alumnos como herramientas. ¡Eran niños! Sin embargo el amo nos veía a todos de aquel modo. Servíamos a un propósito, y todos lo aceptábamos aunque en ocasiones no tuviera sentido.

Hasta aquel momento siempre había creído que así era como debían ser las cosas, pero entonces… algo cambió en mi interior, y al hacerlo, de algún modo, ella lo supo, sintió lo que yo sentía, la ira reprimida, el deseo de protegerla de aquel hombre, la pena por la mujer que llevaban encadenada, de la que no sabía nada salvo que la acababan de utilizar como conejillo de indias…

Todo ocurrió muy deprisa. La pequeña desapareció, como si nunca hubiera estado allí, y un grito sordo sacudió las paredes del pasillo. Corrí al exterior de la celda justo a tiempo para ver cómo caminaba a través del cuerpo de mi amo y de sus cuatro guardias, desplomándose los cinco al instante, cómo sujetaba el rostro del amo con sus pequeñas manos infantiles, cómo le abría los párpados para mirar dentro de su ser.

Mi mente no podía entender lo que estaba presenciando. ¿Cómo era posible caminar a través de otros cuerpos? ¿Acaso se había vuelto intangible? ¿Y cómo había desaparecido de la celda? Aquella no podía ser una criatura de este mundo, pero entonces… No, era imposible que fuera un ser de entremundos. Había estudiado a fondo aquel asunto, había leído todo lo que se sabía y, aunque resumiéndolo tanto esté faltando un poco a la verdad, las criaturas de entremundos no eran más que espectros que no pertenecían a ninguno de los mundos, nómadas etéreos, criaturas antiguas que poco interés podrían tener en nuestro plano de existencia.

De pronto un olor extraño comenzó a emanar de los cuerpos, y tuve que esforzarme por mantener la calma. Ella se esfumó, y corrí hacia el amo hasta sujetarlo entre mis brazos.

–No podéis –escuché en mi cabeza, como un lamento lejano, pero no fui capaz de responder. El amo, aún con vida, balbuceaba sinsentidos mientras su esencia escapaba de aquel tormento.

–Guardarla –fue la única palabra que se entendió de sus labios. Su orden póstuma.

El último amo murió en mis brazos, y sentí pena, honda como los ojos de aquella niña, aunque también sentí alivio.Quizá eso me convierta en mala persona, pero tras lo que acababa de pasar dentro de la celda su muerte parecía tener un lado bueno.

 

Desde aquel día dediqué mi vida a velarla, aunque pronto me di cuenta de que no iba a ser tarea fácil. Cada vez que me acercaba demasiado desaparecía y tenía que comenzar a buscarla de nuevo, lo que podía llevar meses. Ya no me hablaba ni me miraba. Sé que era capaz de percibirme aún en la bruma más oscura, pero se negaba a tratar conmigo.

Casi había perdido la esperanza de cumplir la última orden del amo cuando el destino la unió a Amadeo, y fue entonces, al darme cuenta de que él podría ser su guarda, que decidí que no era necesario que la vigilara yo personalmente.

Ahora que lo veo con cierta perspectiva creo que ese es el único motivo por el que volvió a permitirme estar cerca, como si fuera una especie de juego.No me dejaría guardarla, pero sí cuidar a su guardián. Era como si tuviera que averiguar las normas del juego para que me dejara jugar.

Creo que fue en ese momento cuando comencé a entender que todo se debía a que al acabar con el amo, de algún modo, me había hecho un favor, y que al convertirme en deudor suyo había perdido el derecho de tratar directamente con ella. No es que yo le hubiera pedido que lo matara, pero quizá mis sentimientos, en aquel momento de intensa incomprensión, habían hablado por mí.

Sea como fuere esas parecían las reglas de aquel extraño juego, y tras tanto tiempo intentando custodiarla no pensaba perder la oportunidad de hacerlo, aunque eso implicara aceptar que un simple hombre del mundo fuera su guardián.

 

El cómo se conocieron… bueno, sería complicado explicarlo con pocas palabras, aunque lo intentaré, empezando por que nunca he pensado que fuera una casualidad.

Él era un hombre del mundo normal y corriente, y ella una corriente entre mundos que nada tenía de normal.

 

Llevaba varios meses buscándola tras haber vuelto a perder su pista una vez más, y al fin creía haberla encontrado. Durante los días previos se había desatado una ola de locura entre los profanos, y muchos de los nuestros habían sufrido desmayos, señal inequívoca de que ella estaba por la zona.

Tracé un mapa con todos los casos y encontré que dibujaban círculos concéntricos que iban de fuera a adentro. Habría jurado que me estaba guiando hasta ella, pero ya no me importaba, solo quería encontrarla, seguir con mi cometido. Estaba dispuesto a olvidar todo lo demás con tal de cumplir la última palabra del amo.

El punto central de la diana estaba en un almacén abandonado a las afueras de la ciudad, un lugar perfecto, lleno de sombras bajo las que cobijarme, y hacia allí me encaminé con decisión, dispuesto a preguntarle directamente qué debía hacer para que me permitiera hacer mi trabajo.

 

Llegué al almacén y, envuelto en la más espesa de mis coberturas, me aventuré entre las sombras y esperé paciente a que apareciera. Una hora, dos, tres… Casi había amanecido cuando noté que algo se movía en un rincón.

Me acerqué, despacio, oculto, y entonces lo vi a él, un hombre del mundo borracho como una cuba, gimiendo en silencio. Al parecer acababan de despedirle de su trabajo, algo a lo que había dedicado toda su vida, algo por lo que había renunciado a la mujer amada, que jamás había entendido sus largas jornadas laborales, algo por lo que se había esforzado hasta la extenuación… Le entendía perfectamente. No me enorgullece reconocerlo, pero en aquel momento entendí lo que sienten los hombres del mundo en su día a día, y al hacerlo me percaté de cuánto había cambiado mi vida a causa de aquella niña de oscuridad infinita. ¿Acaso lo había hecho a propósito? ¿Acaso estaba intentando enseñarme algo? No podía saberlo, aunque tampoco me importaba. Solo quería era cumplir la última orden de un muerto.

Entonces apareció ella, como si siempre hubiera estado allí, y él la miró desconsolado, incapaz de sentir sorpresa, tal vez creyendo que era una alucinación provocada por el alcohol, pero no se desmayó, ni pareció más mareado que un instante antes, ni comenzó a balbucear como un loco. Simplemente la miró, avergonzado por que una niña pequeña le viera en aquel estado, y murmuró una disculpa.

–No pasa nada –dijo ella, evitando mirarme a propósito–, ahora todo va a mejorar.

–Nada buedebejjorar –replicó él tropezando con su propia lengua.

–¿Qué ves cuando me miras?

–Una hermossa niña bequeña. ¿Qué hace unna niña bequeña aquí de noche?

–Mírame bien, a los ojos, y dime qué ves.

Entonces él la miró de verdad, por un momento casi sobrio, y cuando habló me hizo darme cuenta de lo poco que sabía.

–Infinito.

Una sola palabra, solo una, y mi mundo había vuelto a estar patas arriba. Hasta aquel momento había creído que ella era un ser de entremundos que, de algún modo, se había quedado anclado en nuestro mundo. Pensaba que tal vez se había extraviado, o que quizá se había cansado de errar a través de los mundos. Mente chica, viendo el árbol pero no el bosque. Ahora estaba claro: Infinito no era solo una palabra, era un nombre propio, el de la primera criatura del universo, el de la última, la que estaría antes y después, la que siempre existiría. Aquella niña no era un ser de entremundos sino la única entidad, que sepamos, que está en todos los mundos al mismo tiempo.

¿Cómo era posible que un hombre del mundo hubiera visto, casi como si fuera obvio, algo que yo no había podido ni imaginar? ¿Y cómo había sido capaz de aguantar su mirada?

–Te contaré un secreto –rió ella de pronto–. No estoy sola aquí. ¿Quieres ver lo que yo veo?

El hombre agitó la cabeza un instante, intentando no parecer un maldito borracho, y al cabo asintió con la cabeza. Entonces ella besó su frente y él me miró, sin sorpresa. Y había algo… familiar en él, como verse en un espejo distorsionado, apabullante al tiempo que imposible apartar la mirada.

–Amadeo –dijo, de pronto sin un ápice de alcohol en el cuerpo, y me tendió la mano.

Sobrecogido, sin saber cómo reaccionar, dejé que mis sombras se retiraran un poco y estreché su mano, aunque no tenía ningún nombre que darle; nunca antes había necesitado tener uno.

 

Desde aquel día Amadeo jamás se separó de ella, y yo nunca me separé de él. Una extraña compañía que, a la postre, me ha traído hasta aquí, ante estas hojas, pues lo que voy a contar ahora, lo que voy a confesar, traerá sin duda el caos a los mundos elevados.

 

A lo largo de los años, mientras guardaba a Amadeo para que él la guardara a ella, vi cosas que quitarían el hipo. Criaturas de entremundos cruzando sobre nuestras ciudades, invisibles al ojo de casi todos los hombres del mundo, ocultas incluso a los elevados más versados en la materia. He visto eclipses entre mundos que solo se apreciaban en un punto concreto del espacio, pasadizos que permiten a los hombres del mundo cruzar hacia mundos elevados e incluso cascadas de notierra, cosas que apenas soy capaz de entender y que solo he logrado percibir gracias al mucho tiempo que he pasado observando a Amadeo y a Infinito, movimientos sutiles del éter.

Todo eso me enseñó ella, pero en ese tiempo, tras todos los momentos que pasamos juntos, solo una verdad ha subyacido a todas las demás: aquel hombre del mundo, Amadeo, era yo.

–Eso es imposible –me diréis.

Os equivocáis. Toda la observación de los años que viví con ellos me llevó a desarrollar mis capacidades perceptivas mucho más allá de lo imaginable, puliéndose, ampliándose hasta lograr entender que, tal y como había sentido al conocer a Amadeo, yo era él tanto como él era yo, dos partes de una misma cosa. Y al igual que ocurre entre nosotros dos también he visto en mis viajes pares exactos entre hombres del mundo y elevados de todas las ramas.

Eso es lo que Infinito quería que aprendiera. Todo lo que he hecho, todos los años de esfuerzo, el sacrificio… todo era idea suya, ahora lo sé, era su forma de hacerme comprender, de regalarme la verdad sobre todos nosotros para que pudiera transmitirla: La segregación de los hombres del mundo, el desprecio que sentimos hacia ellos, hacia sus evidentes carencias, es una invención que nos corrompe, que nos impide desarrollarnos plenamente, pues sus carencias no son tales cuando las comparamos a las nuestras.

Mis palabras desatarán el caos, pero he de entregároslas, pues ella me arrastró a este conocimiento por un motivo que, ahora que al fin lo entiendo, me resulta aterrador: Si no aprendemos esta lección tardaremos muy poco en dejar de hacerle compañía.

 

"Cuento del mes" correspondiente a junio de 2014 del autor invitado Raúl Yebra.

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Imagen de Joseto Romero

Mirar al infinito provoca mareos. Desde luego. Una de las cosas que me impresionó de este cuento es que, para mí, esta afirmación no es una mera metáfora: yo he sentido verdaderos mareos, de los físicos, al pensar en el infinito. De niño, me encantaba programar. Creaba mis propios juegos de ordenador. Eran los años ochenta y trabajaba con un Amstrad CPC-464. Seguro que muchos, los que tengáis más de 30 años, recordais este tipo de ordenadores. Nadie me enseñó a programar sistemáticamente hasta que entré en la Universidad, así que aprendí con el manual que venía con el ordenador y, sobre todo, experimentando. En ocasiones asignaba números a variables para diferentes cosas (valores concretos, número de ciclos de un bucle, etc), probaba algo y observaba el resultado. Inmediatamente, procuraba imaginar qué pasaría si utilizaba otro valor, porque la imaginación es más rápida que programar el nuevo valor. Bien, pues en ocasiones procuraba imaginar cosas radicalmente distintas (¿qué ocurre si donde hay un número 7 pongo 7.000?), tan distintas que resultaba inimaginable, era una especie de infinito, y venía el mareo. No era nada grave, duraba un instante y ni siquiera resultaba desagradabe, pero era un mareo real y físico. La verdad, ignoro completamente si es algo normal o no, pero me ocurría, y no he vuelto a pensar en ello hsata que leí este cuento. Por eso he podido sentir con toda la fuerza la mirada de Infinito.

Este cuento es muy potente. Esboza un Universo de Ficción con miles de posibilidades, abre nuevos misterios. Crea un mundo del que me encantaría saber más y  leer nuevas historias.

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