La niña de cabellos dorados

 

La niña de cabellos dorados miraba hacia el mar desde la orilla. Llevaba un bañador blanco y su piel estaba ligeramente tostada. La madre la observaba  sentada desde la toalla y en ese momento pensó que lo había conseguido; que había triunfado en la vida. Mucho más de lo que esperaba cuando era más joven.

Editora jefe en un prestigioso periódico, propietaria  de un dúplex precioso que era la envidia de sus amigos, mujer de un hombre que siempre estaba de excelente humor y que disponía de una red de contactos y amigos selecta. Pero lo mejor sin duda , era que la vida le había otorgado la suerte de ser la madre de aquel tesoro que a pocos metros correteaba  y bailaba  las olas en la orilla.

Durante el embarazo tenía pesadillas. Soñaba con fetos malformados y monstruosos y por el día le quedaba siempre una sensación de incertidumbre y mal presagio.  Fue una mala época de lloros reprimidos en el baño de la redacción, sonrisas fingidas, y muchas ojeras y tensión. Pero cuando Silvia nació,  todo mejoró. Poco a poco el bebé dio muestras de dulzura y belleza. Era como un melocotón maduro, siempre dulce. La curvatura de sus grandes ojos azules, la sonrisa pícara y su prematura inteligencia atraían y maravillaban a propios y extraños. Allá donde estuviera, había besos, caricias y abrazos para ella.

Ya tenía cinco años y en el colegio era una niña querida por sus compañeros y profesores. La verdad es que con Silvia, la tarea de ser madre era algo muy fácil. No tenía nada que ver con las historias terroríficas que a veces le contaban sus amigas y las otras madres del colegio.

Silvia era obediente y muy raras veces se desvelaba por las noches aunque últimamente sí que  había tenido algún terror nocturno. Serían los nervios de final de curso unido al cambio de residencia por vacaciones.

En ese momento le entró el impulso de acariciar su pelo sedoso y dar un beso a su ángel y se levantó de la toalla para dirigirse hacia ella. Silvia había encontrado una concha gigante y con ello dibujaba algo en la arena parcialmente húmeda.

“¡Cariño! ¿Qué haces aquí solita?”. La niña miró hacia arriba y sonrío. “¡Hola mamá! Estoy dibujando en la arena.” La madre miró con cierta expresión de extrañeza el dibujo y le pregunto que qué había dibujado. “Somos papá y yo jugando cuando tú te vas por las tardes…” La madre movió y giró la cabeza varias veces para intentar vislumbrar el verdadero sentido del dibujo y de pronto se quedó inmóvil y rígida presa de un ataque de pánico. “¿Te gusta, mamá?”… No podía contestar, solo había terror en su mirada. Su mente era “El grito” de Eduard Munch. El corazón de desató y una alarma se activó en su organismo. Sus rodillas fallaron y se desplomó en el suelo. Abrazó fuertemente a su niña y mientras una lágrima de profundo dolor afloraba por su mejilla, le dijo “Mucho, cariño, me gusta mucho”…

 

"Cuento del mes" correspondiente a julio de 2014 de la autora invitada Aida Millán.

Comentarios

Imagen de Joseto Romero

Este cuento es un zarpazo. ¡Qué final! Equilibrado, transmite toda la conmoción sin necesidad de mostrarnos expresamente el dibujo de la arena.

Da un juego tremendo. Sé otro final, uno que la autora tuvo en la punta del lápiz, uno que me contó como posible. La madre simplemente borra el dibujo y decide ignorar lo que ha visto. Dos opciones que abren dos debates. Uno sobre el propio cuento, el papel de la madre, las consecuencias, qué pasa después, el dilema de qué camino tomar en la vida, el cómodo o el correcto. Y otro debate en lo literario, ¿qué final es más adecuado?¿cuál es más sorpresivo?¿cuál gustará más a los lectores?

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