La espada mellada de Edimburgo

Ha pasado ya mucho tiempo desde la primera vez que fui a Edimburgo y aún recuerdo la espada mellada. Durante mi estancia erasmus en Reino Unido, allá por los años 2004 y 2005, uno de los primeros viajes que realizamos fue precisamente a la capital escocesa. La excursión incluía una visita al castillo. Entonces ignoraba completamente que el Museo Nacional de la Guerra de Escocia se encontraba precisamente allí, así que me topé de lleno e inesperadamente con una estupenda colección de armas y objetos bélicos. La primera espada en la que me fijé atrajo enormemente mi atención. No por su tamaño, ni por su antigüedad, ni por su refinamiento. Hasta entonces, sólo había visto espadas de adorno o en películas, con hojas perfectamente lisas, esbeltas y brillantes. Ahora, por primera vez, me enfrentaba de cerca a una espada vieja, usada.

Mellada.

Por aquel entonces, ya había leído un buen puñado de novelas de fantasía épica, donde por lo general el tratamiento que había encontrado de las guerras era muy benévolo, más enfocado en las heroicidades que en las atrocidades, luchas ficticias que tenían más parecido con una competición deportiva que con un verdadero intercambio de muerte. Pero la espada mellada de Edimburgo era absolutamente real. Me estremecí al pensar que había combatido verdaderamente en una batalla, que probablemente hubiera matado a un ser humano, y que el soldado que la esgrimió también podría perfectamente haber muerto en combate. Su filo, en lugar de la esperada línea recta, se retorcía en irregularidades, como un renglón escrito a base de mellas y en el que se podría leer la historia de su forja, de sus batallas, de las personas que la empuñaron y a las que se enfrentó.

Aquella espada de Edimburgo, en definitiva, era un objeto singular precisamente gracias a las mellas que rubricaban su filo y la hacían única, distinta de cualquier otra espada, dueña de su propia historia.

A la hora de escribir nuestras propias ficciones, querremos que ciertos elementos sean también únicos, singulares. Para conseguirlo, una buena práctica es “mellarlos”, mostrar marcas que insinúen al lector una historia, un pasado que les haga únicos y diferentes. Así, conseguiremos objetos, lugares, criaturas o personajes más ricos y profundos, que hagan la ficción más inmersiva y activen la imaginación de nuestros lectores. La tarea de inventar un pasado para cada elemento que aparezca en nuestra novela requiere sin duda muchas horas de trabajo y esfuerzo, pero el  resultado será mucho más rico. Sobre todo, el lector no pensará que tiene delante sólo un texto más, igual que supe que aquella no era sólo una espada más cuando vi la espada mellada de Edimburgo.

Imagen: castillo de Edimburgo. Obtenida en Wikimedia Commons, original de Kim Traynor

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