La zona de confort literaria

Nuestra zona de confort es el conjunto de comportamientos y actividades a las que estamos habituados. Por un lado nos hacen sentir seguros, pero por otro lado nos acomodan y lastran. También los escritores creamos nuestras zonas de confort literarias, y es posible que ocurra sin darnos cuenta. ¿Cómo saber si me pasa a mí? ¿Qué es esta zona de confort en literatura? ¿Puedo salir?

Hace tiempo me pasaron un enlace a un vídeo en YouTube que explicaba de una forma muy original el concepto de zona de confort. Lo comparto aquí y desde luego recomiendo verlo, incluso antes de seguir leyendo este artículo. 

En realidad, el vídeo habla de tres zonas psicológicas: confort, aprendizaje y pánico. La zona de confort incluye todas esas actividades rutinarias, agradables o no, que realizamos habitualmente y nos hacen sentir seguros porque las controlamos perfectamente: madrugar, trabajar, ver la tele... La zona de aprendizaje está formada por el conjunto de actividades que hacen que ampliemos nuestras miras: aprender idiomas, tratar con gente nueva, etc. Por último la zona de pánico es aquella donde reina lo desconocido y normalmente tememos aventurarnos en ella, pero también es donde pueden ocurrir cosas muy buenas o mágicas. Por ejemplo, emprender, cambiar de sector profesional o mudarse de ciudad pueden ser ejemplos de actividades que suelen caer en la zona de pánico.

El oficio de escritor está estrechamente ligado con lo creativo y lo mágico, pero no está exento en absoluto de la aparición de zonas de confort. Muchos escritores se encuentran cómodos cultivando ciertos géneros literarios, estilos o tamaños de obras, así como desarrollando su actividad en un determinado círculo cultural. Algunos practican sólo poesía. Otros sólo prosa. Otros se encasillan en una determinada temática. Yo mismo reconozco que me encuentro muy a gusto escribiendo cuentos breves, de menos de dos mil palabras y con algún elemento fantástico. Es el formato en el que tiendo a trabajar casi siempre que escribo, es mi particular zona de confort literaria. También me siento seguro y cómodo dentro de la asociación de escritores Verbo Azul.

He ido tomando conciencia de mi zona de confort literaria poco a poco. Los primeros pasos fueron tímidos, sólo me aventuré a la zona de aprendizaje pero no más allá. Después de escribir varios poemas que creía muy buenos pero que luego resultó que ni siquiera respetaban las normas básicas de métrica, o después de afrontar la lectura en voz alta de mis propios textos en los talleres de creación literaria de la Universidad Popular de Alcorcón, empecé a experimentar el pánico. Pánico a recibir críticas y a compartir obras literarias con los demás. Es cierto que entonces era aún casi un niño (¿quince años?) y que gracias a aquellas experiencias ya he incorporado las críticas y la exposición de textos a todo el mundo como cosas habituales. Mi zona de confort literaria es más amplia. También sentí vértigo con las primeras peticiones que recibí como escritor. Una obra de teatro para un grupo de niños. Un poema para un libro especial dedicado a la memoria de las víctimas del 11M. Un poema para publicar en una colección de marcapáginas con motivo de la feria del libro de Alcorcón. También toqué “terra incógnita” al incorporarme a Verbo Azul, nunca antes había pertenecido a una asociación literaria. Todas estas cosas las viví con más entusiasmo que pánico, las disfruté y las he ido incorporando a mis prácticas habituales.

Pero siempre, siempre, hay nuevos retos, nuevas actividades que viven en la zona de pánico y cuesta abordar.

El lanzamiento de la revista de cultura Astrolabium fue una experiencia absolutamente genial. Tras varios meses de trabajo ilusionante, empecé a encontrar limitaciones internas: falta de tiempo derivada de una exigencia mayor en la oficina, la concurrencia en paralelo de otro gran proyecto literario, además de nada menos que un embarazo (¡sería papi primerizo!) me hicieron comunicar a los compañeros que me desligaba de Astrolabium, al menos de la primera línea de actividad. Personas como Alberto Bellido y Javier Orrego, entre otros, llevaron a buen puerto aquel número cero o carta de presentación con un resultado absolutamente espectacular. Varias veces me he arrepentido de no haber hecho un esfuerzo extra, aunque supusiera un verdadero sacrificio, para haber continuado en la primera línea del proyecto. Mis excusas, que los compañeros aceptaron y entendieron perfectamente, ¿qué parte tenían de verdad y qué parte era fruto de mi propia autolimitación? Creo que me pudo el miedo a lo desconocido, no me atreví a caminar por la zona de pánico, aunque entonces aún no conocía el concepto de zona de confort y no tenía un mentor personal o literario a mi lado que me ayudara a derribar mis propias barreras.

Hoy mismo, y siendo absolutamente consciente del concepto de zona de confort, me encuentro bloqueado por una autolimitación. Tengo encima de la mesa el reto de escribir un cuento sobre un dibujo que me ha pasado una amiga. Lo tengo sin embargo aparcado desde hace semanas. ¿Por qué? Porque el dibujo es erótico (o yo lo he visto así) y me ha sacado de mi zona de confort literaria. No me siento cómodo incorporando el sexo en mi literatura. Es un tabú, una barrera, lo sé. Después de haber invadido una y otra vez la zona de pánico en literatura, me encuentro bloqueado con algo aparentemente simple. Levanto barreras con preguntas como ¿qué pensarán mi mujer o mis padres si escribo sobre sexo explícito en un cuento? Por otro lado, me gusta el reto y querría abordarlo pronto, bastante tiempo me han retenido ya las garras de la zona de confort. Además, la propuesta es de Aida, y ella respondió estupendamente cuando la invité escribir el cuento del mes de julio de 2014 en Diludia, ¡no puedo bajar los brazos!

El oficio de escritor es, en ocasiones, muy solitario y tiene mucho de psicología. Creo que es útil aplicar los conceptos de zona de confort, de aprendizaje y de pánico a nuestra propia actividad literaria. Tras las experiencias en primera persona que he contado para vosotros en este artículo, y pensando en otras muchas que he vivido, me atrevo a dar algunas recomendaciones sobre cómo puedes salir de tu zona de confort literaria.

  • Escribe. Escribe mucho y todos los días. Seguro que tú mismo has encontrado mil excusas para no escribir, eso es un síntoma clarísimo de pereza y de estar acomodado. Falta de inspiración. Falta de tiempo. ¿Para qué? Si no me van a plublicar… ¡Pamplinas!
  • Aprende. En mi opinión lo mejor es un curso de creación literaria presencial, pero también se aprende leyendo, en foros de escritores, en cursos no presenciales o simplemente hablando de literatura en el café. Quizá no te hayas aventurado a escribir teatro porque nunca te han enseñado a hacerlo. Quizá no te hayas lanzado a escribir una novela porque no sabes abordar un texto tan largo y complejo. Necesitas herramientas para desenvolverte en la zona de pánico: ve a buscarlas, fórmate.
  • Socializa tu literatura. Dile a la gente que eres escritor. Busca grupos en tu barrio. Únete a comunidades en internet. Crea tu propio círculo de lectores, críticos y cómplices. Ellos son los más apropiados para ponerte a prueba. Te propondrán escribir textos o montar una revista literaria, te pedirán que les leas y les critiques y harán lo mismo contigo, te animarán a presentarte a tal o cual concurso. En definitiva, tirarán de ti cuando estés acomodado en el sillón mullidito de tu zona de confort.
  • No digas que no. Acepta los retos que se te planteen y esfuérzate por cumplirlos. Escucha las propuestas. Y, por supuesto, no te olvides de la parte divertida: propón tú cosas nuevas a los demás, desarrolla tus propias ideas; la zona de pánico no está ahí sólo para que te empujen hacia ella, es mucho mejor lanzarse uno mismo.

 

Vídeo de YouTube. Imagen propia, mi ejemplar de la versión en papel de Astrolabium sentado en el sofá del salón, como metáfora de estar en zona de confort.

Comentarios

Imagen de Pablo

Interesante vídeo. ¡Gracias por compartir!

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