Las tejedoras de Olivenza

 

Todo sucedía con aparente simplicidad porque un tenue y casi invisible hilo de plata le acompañaba… casi como si fuera un misterio, un poderoso imán. El hilo que sabe tejer la tela y que luego llegará a las manos para regalarnos su esperanza. El hilo de las tejedoras de Olivenza y que se resume en esta frase: la pasión era su motor.

Es el hilo que hace que los cambios sucedan, que nos hace adjurar del miedo. Hay quienes mueven imperios usando el dinero de otros y que se sientan orgullosos en sus tribunas, en sus oráculos vacíos: es tan fácil mover la maquinaria del poder así. Pero… ¿y cuándo los cambios tienen que ver con los más débiles?... pues todo pasa de manera distinta. Es construir un montón de sueños sabiendo que sobre ti penderá todos los días una misma pregunta: ¿Y ahora quién me sigue?

Tiendo a pensar que sin el arrojo de Olivenza todo aquel sueño habría sido baldío. Quiero pensar que las tejedoras de Olivenza no habrían existido nunca. Habrían continuado encerradas en sus casas. En la oscuridad de sus covachas, en la miseria del que no sabe qué habrá de comer al día siguiente. Vestidas de negro, viudas o huérfanas. Quiero agradecer con estas líneas la historia que me contaste, Olivenza, de camino en cualquier pueblo entre Badajoz y Évora. Allí estaba vuestra pequeña tienda que a mí me pareció un paraíso sobrenatural de colores. Porque hace que la miseria de aquellos pueblos desolados tengan una palabra común de esperanza y de valor.

Olivenza es tan baja y tiene una sonrisa tan seductora que te preguntarías si es niña todavía, sino fuera porque viste como una mujer adulta y que luce manos de anciana, manos firmes, gastadas por el esfuerzo permanente. Tuvo padres, dice, pero se le murieron no sabía cuándo. Tiene tres hijos, un marido alcohólico que se marchó y le dejo por toda fortuna la soledad de su miseria. Es una mujer-coraje con el destino en sus manos. Sola para detener la solana extremeña. Sabía leer y escribir porque aprendió también a fuerza de palos, como casi todo en su vida. En un mundo de emprendedores Olivenza parecería una iletrada, pues no podría apenas deletrear este vocablo, ni sabría palabras en inglés, ni sabría remotamente situar Harvard ni Stanford. Ahora sé qué necesitamos mirarnos en su espejo porque muchas veces nos comportamos siendo un mal trasunto de su ejemplo, todo guiñapos, somos oquedades que se limitan a repetir las palabras escuchadas y mal aprendidas.

Recuerdo que me detuve en mi viaje porque me llamó la atención aquel letrero aparentemente sin sentido en la tienda de la asociación, una pequeña casita que se deslindaba junto a un área de servicio: “Se teje por encargo.”. A mi imaginación vino el cuadro de Velázquez, “Las Hilanderas”, resultaba sorprendente que tal oficio perdurase, aunque al entrar la impresión fue bien distinta: una única habitación, de techo alto, limpia, aseada pero vacía salvo por dos sillas de madera. Al fondo un mostrador con varias vitrinas donde los tesoros se guardaban: mantelerías, pañuelos, abanicos, mandiles, decenas de bordados y trabajos de preciosísimo detalle…

Y esperando mi llegada, Olivenza.

¿Se venden? —le pregunté ensimismada por la belleza de todas aquellas prendas.

—¿Son bonitas, verdad? —e hizo un silencio— ¿Quiere mirarlas mejor, hija?

Olivenza sabía muy bien cómo engatusar a los clientes. Me dijo que cada una de sus tejeduras representa toda la historia de la vida de su artesana. Y comprendí que no se vendían, más bien era un privilegio poseerlas.

Estuvimos charlando toda la tarde, pues no tenía prisa alguna. Me resultaba extraño imaginar qué alguien entrara habitualmente a curiosear en aquel lugar. Ella dijo que tenía razón, que poca gente se salía de la autovía, y que por eso fundamentalmente vendían sus labores fuera. Ahora se pasaban mucho tiempo al teléfono y algunas chicas iban y venían a Madrid o a las ferias, inclusive a las internacionales. Que sus trabajos estaban muy valorados. Esta tienda era únicamente el punto de encuentro de las mujeres de las comarca. Detrás quedaba el telar de la asociación de tejedoras. Quiso contarme su historia, quería envenenar mi corazón para que nunca les olvidara. No me pude resistir a escucharla.

—Hubo un tiempo en el que no teníamos nada. Los hijos de estos pueblos iban al campo y morían en ellos, vivíamos todos muy mal. Cada día nos levantábamos a segar, y por la noche, cansados, los hombres solo pensaban en irse. Nos decíamos, ¡nos comerá la miseria! Las pocas chicas jóvenes del pueblo nos juntábamos aquí, que en su momento fueron unas eras abandonadas y nos relajábamos. Yo ya estaba encienta de mi último hijo, y sabía que mi marido ya no me pegaría más: le había echado hoz en mano cuando quiso pegarme. Éramos por entonces cinco mujeres, casi cinco hermanas y las cinco aún seguimos en esto. Yo soy la mayor de ellas…

Olivenza siguió contando: todo comenzó cuando apareció un día, llena de rabia y cansada. No le quedaba nada para comer, tenía la despensa agotada y había decidido vender su último tesoro, el ajuar de la boda, porque pronto necesitaría dinero para su nuevo bebé. Lloraba amargamente, aquellas telas a las que tanto amor y tiempo había dedicado no le servirían de nada, puesto que el que vendría habría de necesitarlo todo. Ya no le importaba, aunque lo peor era que no sería suficiente para conseguir darle buen sustento. Y debería emigrar quién sabe dónde, buscando mejor fortuna.

Conmovidas, marcharon sus amigas y al rato regresaron: todas ellas trajeron sus labores, recopilaron los ajuares, sus mantones, sus corpiños, sus bolillos, tejeduras. Se lo ofrecieron, que lo vendiera en Badajoz, le decían. Que tampoco ellas lo querían. Aquella tierra envenenada no podría separarlas jamás ni acabar con su amiga. Olivenza miró y las besó, una por una. Olivenza siempre había sido así de dulce y de agradecida. Pero aquel beso fue sobremanera especial pues simbolizó una unión, que ella había recibido lo más valioso de ellas y que les respondería costará lo que costará. No les fallaría.

Al día siguiente la llevaron en carro hasta el apeadero y se marchó a la capital, a Badajoz, con una abultada maleta: era todo el tesoro, las telas y trabajos que poseían…

Llegó, y la preñez hizo que pronto llamara la atención en la Feria. Todo el mundo se acercaba y muchos quedaron maravillados con la exquisitez y preciosismo de las prendas. Todos querían comprar pero las ofertas eran extremadamente bajas adrede, puesto que pensaban que Olivenza tendría prisa para deshacerse de ellas. Y ella tenía, sí, y mucha, pero bien aconsejada por la amigas, soportó estoicamente con la mayor de sus sonrisas, enseñando sin tregua sus tesoros a todos los que se interesaban, hasta dar con el cliente propicio, a la sazón una mujer rica. En realidad era la esposa de un gran terrateniente, una de las personas más influyentes del lugar. Se le acercó y le cuchicheo preguntando por todas aquellas labores. Las quería para sí, puesto que tenía pensada regalar a sus compromisos. Y no supo por qué ni de dónde, entonces se le ocurrió la gran idea que se la espetó allí mismo. Dijo que mucho le gustaría cumplir sus deseos, pero que aquellas prendas no eran suyas, y no tenía orden para su venta, sino tan solo para su muestra. Que eran la labor de un taller de mujeres dedicado en exclusiva a tejer tan delicadas labores y que invitaba a todas las amigas de la terrateniente y a otras muchos a visitarla para así escoger y comprar las que ellas gustaran. Y que tenía otras muchas más. La mujer, indignada, pues no estaba acostumbrada a desaires triplicó la oferta inmediatamente. Olivenza gesticuló desconsolada pero supo finalmente convencer a aquella mujer evitando su ira.

—¿Entonces no vendiste ninguna?

—Ninguna, hija. Y mucho que me costó resistirme. Volví a empaquetarlas y con mi maleta regresé. Eso sí, a esas alturas todos en Badajoz, y te diría que hasta en Lisboa, sabían de nuestro taller y que en fecha señalada, el primer domingo tras el Corpus, haríamos una subasta con todas ellas. Y que si las querían, deberían acudir al pueblo… y pujar.

Cuando regresó, sus amigas primeramente se desilusionaron al verla con la mercancía, pues no comprendían porqué no había aceptado cualquiera de aquellas generosas ofertas. Pero en la mente de Olivenza el plan era cristalino y no paró de defenderlo explicando sus ventajas. En un solo día obtendrían mucho más y podrían después dedicar su esfuerzo a seguir preparando nuevas prendas. Había nacido así su pequeña asociación de tejedoras, las tejedoras de Olivenza, como luego dieron en llamarle por agradecimiento. Sus amigas finalmente habían confiado en ella y juntas movilizaron a todo el pueblo. Convencieron no sin gran esfuerzo al cura para que se habilitara el voladizo de la ermita: a su agradable sombra se pensó realizar una misa de campaña en honor de la Virgen para después servirse limonada y mostrar las tejeduras a sus invitados.

Pronto llegó el día. Las mujeres habían trabajado ferozmente y disponían de nuevos y hermosos trabajos. Olivenza pensó que en Lisboa las mujeres gustarían de colores briosos e instó a sus amigas a ser arriesgadas. Sin quererlo, había nacido el particular estilo de las tejedoras de Olivenza, su marca personal, que desde entonces y por muchos años distinguiría a toda señorita que se preciase entre Sevilla y Oporto.
Olivenza entonces se detuvo.

—¿Y cuántos vinieron? —le insté para que continuara con su historia.

—Muchos, hija, pero lo importante fue que desde entonces hubo más días. Y que nuestras tejeduras vendidas así trajeron la prosperidad a los pueblos de toda la comarca. Y porque lo más hermoso de la historia aún permanece en el entramado de los hilos…

Y volvía su rostro para mostrar detrás de las vitrinas todas las telas exhibidas.

Creo que la historia de Olivenza y sus tejedoras es infinita. Historias de madres que pasan a sus hijas, de los campos de la Extremadura, de los trigales agostados, de la belleza y de los sueños de todas ellas. Olivenza tuvo la valentía de mostrarlas y ser su altavoz, tuvo el coraje de convencer a sus amigas y supo guiar con su esfuerzo una comunidad. Puso por delante lo único que ella tenía: su honradez y su ingenio.

Otros tienen banderas pero yo desde entonces guardo una pañoleta de aquellas tejedoras. Cuando hace sol me la pongo y me cubro mi pelo con ella. El orgullo de sus vidas relumbra en mi corazón.

 

Nota del autor: Los personajes del relato son todos ficticios, inspirados en muchas vidas de las mujeres de la frontera hispanoportuguesa y en general de toda la península, emprendedoras y esforzadas trabajadoras en sus negocios, que sacaron adelante sus hilados en el s. XX.

 

 

"Cuento del mes" correspondiente a diciembre de 2014 del autor invitado Félix Hernández de Rojas.  Premio "Se buscan protagonistas" 2014

Te sugerimos visitar el blog del autor: El Otero de la Lechuza

 

Comentarios

Imagen de Joseto Romero

Me encanta este cuento porque no habla sólo de esfuerzo abnegado, también de riesgo y toma de decisiones. Olivenza existe realmente, sin duda, en distintos pueblos y épocas.

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