Diluditeca: "El Conde Lucanor"

 

¿Cómo llegó a mis manos "El Conde Lucanor"? En junio de 2014 celebramos una de las asambleas anuales de Verbo Azul. Esto significa que nos congregamos en una terraza y tomamos, además de decisiones, café, cerveza, refrescos o cualquier otro brebaje social. Son reuniones muy cordiales y operativas, pero en definitiva somos amigos y los primeros momentos solemos dedicarlos a saludos y charlas informales. Juanjo, uno de los compañeros, apareció con una caja de libros que quería repartir. Coged los que queráis. Uno de ellos era ni más ni menos que "El Conde Lucanor" de Don Juan Manuel, edición de Cátedra, colección Letras Hispánicas, de bolsillo, cubierta negra y sobria, de los preferidos de los filólogos. Nada más verlo recordé mis años de colegio, este era uno de los libros que se estudiaban en Lengua, en la sección de literatura. Y haber tenido de pequeño a Ángel Guinda como profesor sin duda marca. Recuerdo aún perfectamente que el libro de Lengua del aquel curso en el colegio traía una adaptación del "Ejemplo del hombre hambriento". Para mí, El Conde Lucanor es mágico, y de repente necesité leerlo.

La realidad es que la trilogía de Príncipe de Nada y otros menesteres ocupaban mi tiempo lector, pero unos meses más tarde cogí por fin "El Conde Lucanor" y esta misma semana lo he terminado. La lectura de este libro inspiró, cuando lo abrí por primera vez, el post dedicado a los prólogos personalizados en Diludia y ahora, tras haber completado su lectura, toca el turno de incluirlo en la Diluditeca.

Tengo que reconocer que las primeras páginas han sido duras. No estoy habituado a leer obras del siglo XIV, con expresiones y vocabulario muy característicos. Pero precisamente este acercamiento al castellano antiguo ha sido tremendamente agradable. Por primera vez he visto, en una experiencia propia, toda una colección de evidencias del origen común de las lenguas romances. Tuve que apoyarme en las notas al pie de página para comprender muchas palabras, pero otras las entendí directamente por mi conocimiento de francés: asaz, ca, desuso, facer, matines y muchas otras. Las inmadurez de ciertos tiempos verbales, del uso de la be y la uve o de los apóstrofes me parecieron deliciosos, y he tomado conciencia del milagro de tener hoy un idioma español tan estable y rico, tan lleno de literatura y sobre todo de personas vivas que lo usamos a diario.

No podía evitar sentir cierto vértigo al leer los "exemplos": ¡cuántos millones de lectores de distintas épocas han enfrentado antes que yo estas líneas! Sin duda es uno de los pilares del canon literario español. Y sin embargo, a pesar de toda la importancia y la transcendencia de la obra, los cuentos que expone el consejero Patronio al Conde Lucanor son terriblemente entretenidos y vigentes. Algunos eran ya conocidos para mí, cuentos que alguna vez había escuchado sin tener la más remota idea de las fuentes; otros han sido textos totalmente nuevos para mí pero con fácil aplicación a problemas de hoy en día.

Me he podido asomar a otra época a la vez más sabia y más ingenua que la nuestra, más noble y más atroz. Una época en la que resultaba de enorme valor poner algo por escrito, previa a una revolución editorial que explotaría unas generaciones después, apenas siglo y medio más tarde. Y me he sentido triste, muy triste, porque no he encontrado en mi realidad de hoy en día dirigentes que sepan cuidar tanto su "onra" como su "facienda" y su "estado" de mejor forma que la planteada en el feudalismo de don Juan Manuel.

 

Imagen propia de Diludia, en la pose que he decidido adoptar como habitual para retratarme con libros, desde que hablé de "El hijo del héroe" de Loren Fernández

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