Ratas

 

Imaginemos. Imaginemos un mundo Exterior, donde habitan los humanos, y un mundo Subterráneo, hogar de las ratas. Hay ratas grandes y ratas pequeñas, ratas gordas y ratas flacas, ratas listas y ratas tontas. Esta es la historia de Príncipe de las Ratas, un villano que quería reinar en Subterráneo, para pasar luego a la gran ofensiva: conquistar la tierra de los hombres que vivían en Exterior.

El Príncipe estaba aburrido. Hacía un par de noches que había salido a cazar cucarachas para aumentar sus rebaños. Era importante mantener las manadas bien surtidas, porque en época de lluvias, cuando no podían hacer incursiones a Exterior, los insectos constituían una fuente nutritiva muy importante. Y de paso, además de alimentarse, conseguían mantener el exceso de sabandijas a raya. Ninguna rata estaría muy contenta si los humanos bajaban a exterminar bichos, porque no discriminaban entre éstos y los roedores. Tamborileaba con la cola en el sillón que le habían construido con una fiambrera de plástico desechada, mientras pensaba en el maravilloso Exterior y sus posibilidades. Se abrió una rendija en la tela que cubría la entrada a sus aposentos, y escuchó un carraspeo educado.

—Mi Príncipe, tengo un mensaje para vos—. Una rata gordezuela, con un gorro extraño hecho con el dedo de un guante de goma, se retorcía las patitas con inquietud, mientras enroscaba el rabo detrás del cuerpo.

—Vaya, Rata Chamán, ya iba siendo hora que vinieras a traerme noticias de mi encargo. ¿Qué respuesta ha dado Gran Rata Madre?

—Pues…ehm….resulta que la respuesta es…que no hay respuesta. —Un pesado silencio cayó sobre la habitación. Rata Chamán se asustaba más a cada momento que pasaba sin una palabra de su Príncipe. Este se levantó sin levantar los ojos del suelo, y empezó a pasear por el recinto de un lado a otro. El único indicio de la furia que lo consumía eran los movimientos espasmódicos de sus bigotes, que no auguraban nada bueno.

—No hay respuesta. Ya. No hay respuesta. ¡¿QUÉ QUIERES DECIR CON QUE NO HAY RESPUESTA?! —gritó, con los ojos refulgiendo de ira mal contenida. Rata Chamán se encogió hasta parecer un ratoncillo ante el estallido de su superior.

—L…Lo s…siento, Majestad. He hecho todo lo que me pedisteis: sacrifiqué moscas a Gran Madre, le expliqué lo que deseabais, adulé, susurré promesas. Pero ella no me contestó, y al poco me exigió que os dijera que no había respuesta. No pude hacer más.

La pobre rata temblaba incontroladamente. Conocía demasiado bien la maldad que anidaba en el corazón de su Príncipe, había sufrido las consecuencias de sus arrebatos en carne propia: de hecho, las cicatrices seguían doliéndole cuando arreciaba la humedad. Chascó los incisivos, abrumado por el terror que lo embargaba, mientras rogaba al Dios de las Ratas que, sólo por esta vez, no le hiciera demasiado daño.

Arriba y abajo, arriba y abajo, Príncipe de las Ratas dirigía afortunadamente su furia hacia Gran Rata Madre. “Me está desafiando, la maldita está socavando mi autoridad. No quiere que sea yo quien lidere la guerra entre nuestra raza y los moradores del Exterior” pensaba contrariado, “porque sabe que podría ganar, y entonces sería más respetado que ella”. Rata Chamán empezó a relajarse cuando constató que, de momento, no habría castigo físico. Pero las noticias que había transmitido traerían, casi seguro, repercusiones desagradables para él y para otras muchas ratas. Su Alteza no era precisamente comedido a la hora de depurar responsabilidades, aunque fuera solo por desahogarse y no tuviera nada que ver con la realidad.

—Así que esa engreída está resuelta a no darme su visto bueno para la invasión. Bien, no lo necesito. Soy lo suficientemente inteligente y decidido como para poder llevar la empresa a cabo sin su beneplácito. Rata Chamán, quiero que prepares una reunión para dentro de dos horas con Capital General, Teniente General y Coronel. Mientras tanto no quiero que nadie me moleste. Puedes retirarte.

El Príncipe le despidió con un gesto, dándole la espalda. Rata Chamán salió de la habitación haciendo reverencias: no había que girarse en ningún momento, si no quería encontrarse con un mordisco o un arañazo repentino en el lomo. Cuando estuvo fuera de la cortina, respiró aliviado, y con un estremecimiento de bigotes fue a cumplir con las órdenes de Su Alteza.

Una vez confirmó que se había quedado solo, Príncipe se acercó al rincón más oscuro de su cuarto y, tocando por orden ciertos puntos sólo visibles si se sabía dónde buscar, penetró en un pasadizo secreto que se adentraba más y más en las profundidades. Agarrando con la boca un pequeño monedero de cuentas que le servía de maleta, arrancó a corretear, mientras la puerta oculta se cerraba a su espalda. La visibilidad era escasa, pero las ratas veían perfectamente en la oscuridad. Aún así, podía escuchar susurros y movimientos que le erizaban el pelo desde la cola a la cabeza. Por si acaso, se deslizaba por el suelo sin apenas hacer ruido con las patas, utilizando su largo y pelado rabo para equilibrarse en las zonas resbaladizas por la humedad. El aire se volvió enrarecido, denso, casi se podía masticar. Era respirable, pero Príncipe prefería no pensar exactamente qué era lo que estaba inhalando. Izquierda, izquierda, derecha, izquierda, derecha….sabía de memoria todas las vueltas que tenía que dar hasta llegar a su destino, pero con todo prefería ir recordándolo interiormente. Sabía que los túneles eran traicioneros, y un error podría conducirle a vagar sin fin por conductos sin apenas ventilación hasta morir de hambre y sed.

Tras unos interminables minutos, llegó hasta la caverna que estaba buscando. Era una celda pequeña, húmeda y oscura, donde el aire se estancaba y era respirado una y mil veces. La cámara solo tenía un habitante: una rata flaca, descarnada y vieja. Su sucio pelaje estaba moteado de canas y peladuras, producidas por la edad o por peleas de tiempo atrás, nadie lo sabía. Estaba tuerto de un ojo, resultado de una terrible lucha con Michi, el Gato Asesino, según se comentaba entre susurros en las zonas comunitarias. El hocico del animal mostraba varias cicatrices de garras y dientes, pero sus bigotes eran tan tiesos como en su juventud, y ahora vibraban con desprecio al advertir quién se acercaba.

—Vaya, hijo, te has dignado a venir a ver a tu padre —dijo con cinismo Rey de las Ratas, mientras veía como la otra rata dejaba el monedero junto a la puerta. No sabía a qué tortura física o psicológica lo sometería esta vez. La última había sido describirle de qué manera había descuartizado a su hermana y dado de comer sus restos al rebaño de cucarachas. Amusgó las orejas: no iba a darle la satisfacción de pensar que lo temía. De hecho, ya le daba un poco igual; suponía que no le quedaba mucho tiempo, independientemente de si su hijo se decidía o no a rematarlo.

—Buenas tardes, padre. Veo que te encuentras bien de salud.

—Déjate de cortesías. ¿Has venido a poner fin a mi vida? ¿A torturarme otra vez con tus cerillas? Tal vez has decidido soltarme después de todas éstas semanas…ah no, sería imposible, porque entonces tendrías que admitir que no estaba viajando, sino que me habías tenido encerrado, ¿no es cierto, mi querido hijo?

—No me vengas con monsergas, padre. Estás acabado. Pronto comenzaré mi invasión de Exterior para apoderarme de lo que me pertenece por derecho. Las ratas debemos dominar el mundo entero, subterráneo o no, porque para eso hemos nacido; para eso he nacido —puntualizó Príncipe—. Ya no me sirves de nada, sólo tengo que pensar en cómo deshacerme de ti.

Un escalofrío de miedo recorrió la columna vertebral de Rey de las Ratas. “Al fin y al cabo, sí que me importa vivir o morir” pensó con tristeza. Sabía que el plan de su hijo era absolutamente descabellado. No había estado en Exterior más que una o dos veces, a diferencia de Rey, que llevaba haciendo incursiones desde que apenas levantaba unos centímetros del suelo. Muchas ratas morirían, y los humanos bajarían a Subterráneo para exterminar lo que considerarían una plaga.

—¿Estás seguro de lo que vas a hacer? No conoces a los humanos como yo. Tienen armas y trampas como la Cazadora del Queso, adiestran animales para acabar con nosotros, utilizan gases extraños que nos asfixian, y polvos que nos hacen sangrar y escupir nuestras vísceras. Cuando un humano nos produce la muerte, no es de forma placentera ni rápida. Vas a enviar a miles, a cientos de miles de ratas a morir allá arriba, no puedes…

—¡No me digas lo que puedo o no puedo hacer, estúpido viejo! —exclamó furioso Príncipe, escupiendo baba entre sus incisivos. Hizo serpentear su cola hasta soltarle un latigazo a Rey en el morro, lo que le dejó una fina línea de sangre. Otra cicatriz para su colección—. No lo entiendes, ¿verdad? Hagas lo que hagas, digas lo que digas, hoy será tu fin, aquí y ahora porque, entérate bien, ya no me sirves de nada. Te había estado guardando por si Gran Madre Rata ponía alguna condición que te incluyera, pero se ha limitado a callar, y así desautorizarme.

—¿Has consultado a Gran Madre Rata? ¿Y de veras esperabas que te diera su bendición? Vaya, no pensé que hubiera criado un hijo tan estúpido, casi me da vergüenza morir a tus manos. Gran Madre nunca, ¿oyes?, nunca pondría los deseos de nadie por encima de la comunidad, ni siquiera los suyos propios.

—¿Vas a darme un sermón? ¿En tus circunstancias? Te explicaré algo: no me importa lo que ese repugnante nudo de colas piense o diga. Los tiempos han cambiado, y ya no tenemos por qué obedecer ningún mandato que provenga de esa vieja —el desprecio en la voz de la rata era abrumador.

—Estás ciego, Príncipe. Si las ratas hemos llegado a algo, si tenemos una sociedad normalizada, ha sido porque Gran Rata Madre unió nuestras mentes con la suya, familias e individuos; nos mostró cómo organizarnos, cómo cuidar de los nuestros. Conoces el pasado: las madres devoraban a sus hijos, los machos adultos repentinamente exterminaban a los más jóvenes en pogromos que no tenían ningún sentido. Hasta que Gran Rata puso límites. Hasta que nos enseñó a pensar. Hasta que formó clanes y nos ayudó a colaborar entre nosotros para asegurar la supervivencia. Entonces se retiró para dejarnos vivir nuestras vidas y tomar decisiones por voluntad propia.

—Casi haces que parezca maravilloso. Casi. Pero hay algo que Gran Rata olvidó: que, en un principio, todo el mundo era nuestro.

—¡Eso son estupideces! —exclamó el Rey enfadado—. No hay evidencias de que jamás viviéramos en Exterior, tenemos la vista adaptada a la oscuridad, nuestras colas nos equilibran en los túneles, el pelo que nos cubre se impermeabiliza para no morir de frío. Hablas de desvaríos de ratas visionarias que piensan que somos superiores.

—Estás equivocado, padre. El instinto nos lleva a buscar la luz, aunque ésta nos dañe los ojos. Las hembras se comen a sus crías porque es ley de vida, sólo el más fuerte debe sobrevivir. Los débiles no sirven para nada más que alimentar a sus hermanos: esa es la única contribución al bien común que son capaces de hacer.

—Excepto tú ¿verdad? —El silencio se adueñó de la habitación—. ¿Creías que me habías ocultado los verdaderos motivos para matar a tu hermana? La asesinaste porque era la mejor. No puedes soportar que haya alguien por encima de ti, así que mientras me cuentas tonterías sobre la supervivencia, las desechas de un plumazo asegurándote de que eres tú quien está en el escalón superior.

—¡Cállate! Ella no era superior a mí, sólo una hembra estúpida que preguntaba demasiado por su padre. De todos modos, lo cierto es que ya no tiene la menor importancia —respondió Príncipe, mientras de un salto se abalanzaba sobre el otro animal.

Un rato después, la rata salió de la celda, haciendo una pausa para acicalarse los bigotes y limpiarse el pelaje de sangre. Olía maravillosamente a libertad, a poder. Nunca se había sentido tan bien. Con un estremecimiento de placer recordó el gemido que escapó del hocico de su padre al clavarle un alfiler en los oídos, los espasmos de su cola cuando le mordió la nuca, y finalmente el último aliento que escapó con suavidad. Fue incluso mejor que arrancar los ojos de su hermana para dárselos a las cucarachas. “Al fin ha desaparecido el viejo, ya soy Rey por derecho propio. Tendré que mantener su muerte en secreto, y en poco tiempo me coronarán al ver que no vuelve de sus viajes. No puede haber un reino sin Rey”.

Cogió nuevamente el monedero con la boca para desandar el camino. Esta vez nada lo molestaba, ni los susurros, ni las corrientes de aire. Ni siquiera iba pensando en la dirección a seguir. Su mezquina mente estaba puesta en un futuro ideal, lleno de imágenes de guerra, sangre y rabia. Llegó a la puerta que sellaba los túneles, y pulsó los puntos escondidos que la abrirían. Traspasó la entrada y se aseguró de que quedara cerrada tras de sí, dejando la cartera dentro del túnel: ya no la iba a necesitar más. Aún tenía un rato antes de que aparecieran sus subordinados, que aprovechó recostándose en el sillón. Repasó todo lo ocurrido en la celda: algo que había dicho su padre sobre la mente de Gran Rata serpenteaba en el fondo de su cerebro, aunque no podía precisar qué era. Con un movimiento de sus orejas desechó esos pensamientos. Ahora que sentía que controlaba todo a su alrededor, nada podía salir mal. Se veía como el salvador de su raza, como el conquistador de todo el universo, como el impulsor de un orden nuevo.

—Su Alteza —la nariz y los bigotillos de Rata Chamán asomaron por la abertura de la cortina—, Capitán General, Teniente General y Coronel esperan a que los recibáis. ¿Queréis que pasen?

—Aún no, querido amigo, aún no. Aguarda todavía unos minutos —respondió Príncipe con indolencia. Estaba decidido a asentar su supremacía con la táctica más burda: hacer esperar a los que ya consideraba sus siervos. Mientras se regodearía en un tiempo que preveía brillante para él, claro. Una vez consolidara su poder, tendría que hacer algo con Gran Rata Madre. No podía permitir que cualquiera pensara que podía desafiarlo sin consecuencias, daba igual quien fuese. Una ejecución pública podría ser lo más útil, eso acallaría cualquier rebelión que se estuviera dando entre los líderes de los clanes.

Entraron las ratas. Había convocado a los jefes de las cuadrillas militares, que seguían una extraña estructura piramidal de independencia y colaboración paralelas. Uno de ellos podía tomar una decisión importante, pero era imposible llevarla a cabo sin la aprobación de los demás, ya que las ratas de menor graduación podían obedecer a cualquiera de los cabecillas, aunque no pertenecieran a su clan. De esa forma se aseguraba que todos trabajaran para conseguir logros comunes, dejando a un lado las ambiciones personales. Era así como lo había organizado Gran Rata Madre, y de ese modo habían conseguido prosperar como colectivo.

—Adelante, adelante. Os he llamado para discutir los detalles del plan para conquistar Exterior—. Las tres ratas le miraron con sus ojillos negros, sin decir nada ni dejar traslucir ninguna emoción: ningún temblor de bigotes, ninguna sacudida de orejas—. Qué, ¿no decís nada? —Silencio—. ¿Me estáis desafiando? ¿Por qué me miráis de esa forma? —acabó diciendo Príncipe, nervioso al ver que la reunión no iba como él la había imaginado. Los tres líderes militares se acercaron al Príncipe hasta rodearlo. De repente, dos de ellos le sujetaron las patas, mientras el tercero se colocaba delante.

—Príncipe, habéis sido acusado de asesinar a vuestra hermana y más recientemente a vuestro padre, así como de estar planeando una guerra que traerá el dolor y la desgracia a nuestra gente —dijo Capitán General, con voz comedida pero echando chispas por los ojos—. Por eso se os condena a muerte.

—¿QUÉ? —gritó el Príncipe— ¿Qué significa esta estupidez? Ah, ahora entiendo; Gran Rata Madre, esa vieja repelente y arrugada, esa colección de colas atadas, os ha convencido de que no merezco vivir, llenando vuestras cabezas con mentiras y embustes, ¿no es eso? No podéis creerla, es imposible que penséis que yo haría una atrocidad semejante, no…

—Hay algo que olvidáis, Alteza —le interrumpió duramente Capitán General—. Gran Rata Madre está conectada a todas nuestras mentes, es el alma de la raza, y todas las ratas estamos unidas a ella. A través de sus ojos hemos visto y sentido lo que hacíais a vuestro padre, las torturas a las que lo sometíais. Hemos escuchado vuestra conversación sobre el asesinato de vuestra hermana. Y por fin, la muerte del Rey.

—Bien, tú lo has dicho. La muerte del Rey. Eso significa que ahora, estáis sujetando al Rey. Más vale que me soltéis, y tal vez olvide lo que ha sucedido aquí —contestó Príncipe, intentando recuperar parte de su altivez perdida.

—Ya no sois Rey. Ya no sois nada. De hecho, ya no sois rata. Gran Rata Madre nos ha dado su permiso para actuar como consideremos oportuno, y a través suyo hemos hablado con todos los clanes para saber cómo proceder.

—Y ¿qué habéis decidido hacer? —preguntó Príncipe con voz temblorosa.

— Justicia—. Y con ésta sentencia, se lanzó a su garganta.

 

"Cuento del mes" correspondiente a enero de 2015 de la autora invitada Ludmila S. González Dalmau.

Te sugerimos visitar su blog: El relato sumergido

Comentarios

Imagen de Joseto Romero

Un cuento atractivo, original. ¿Qué se mueve debajo de las ciudades? Me gusta la estética, los elementos que reutilizan las ratas como una fiambrera o un guante de goma para, precisamente, parecerse a los humanos en vestimenta o mobiliario. Me gusta también imaginar cómo sería la invasión del Exterior Wink

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