En la semipenumbra

(a l’avia)

Te miré una vez más; supongo que por costumbre, aunque esta vez algo me hizo prestar atención. Estabas… ¿dónde? Yo permanecía a tu lado, sentado en aquel sillón de piel de color verde oscuro; no sé si era su color original o si el uso le había dado ese tono de viejo, de deslucido. Casi se podía decir que de sucio, aunque cada mañana trataran cuidadosamente de sacarle brillo para dejarlo lo más lustroso posible. Había reclinado levemente el respaldo para aliviar en alguna medida la carga de mi dolorido cuello, pero aun así no era la postura más cómoda para sumergirse en la lectura de un entrañable libro que, a pesar de los años, conservaba su lozanía; aunque, a decir verdad, solo en su contenido, pues las tapas habían perdido el brillo y el color de otro tiempo y ahora no tenían sino un ligero parecido con lo que en su día fueron.

La luz indirecta y la semipenumbra de la estancia me empujaban hacia un mágico mundo de desdibujados objetos que se disfrazaban de fantasmagóricas figuras en medio de un escenario de sombras inmóviles que, sin embargo, a mí se me antojaban tránsfugas.

Desde que yo recuerdo, siempre me ha incomodado la media luz, ese tránsito hacia la oscuridad de las últimas horas de la tarde que se recrean borrando los colores de cada objeto hasta dejarlo reducido primero a un recorte de su entidad, como si quisieran por unos segundos mantenerlos grabados en el cerebro impregnando con ello el recuerdo y, después…: después la nada. Todos los objetos se funden en el alma impersonal de la oscuridad para dejar de ser ellos mismos, perdiendo su entidad: desaparecen, se difuminan en el negro, en la nada. O tal vez en el todo. Detrás de ese borrador de luces y colores, abriéndose paso al mismo ritmo, va creciendo en mí una indomable ansiedad que termina siempre con un súbito impulso que me lanza desde el sillón hasta la meta de mi salvación: el interruptor de la luz. Pasado un rato, ya no importa; puedo apagarla de nuevo. La oscuridad de la noche no delata figuras, ni seres, ni sombras luchando por permanecer.

Allí, sentado en el viejo (o no tan viejo) sillón, sin más alternativa a la semipenumbra que el ejercicio mental para contener mi ansiedad, el ambiente me iba conduciendo hacia un estado de duermevela contra el que emprendí una desigual batalla… Entonces fijé mi mirada en el libro que aún conservaba abierto en mis manos, apoyado sobre los muslos, y me percaté de que estaba realmente deteriorado. Lo cerré lentamente y lo alcé para examinarlo; percibí un extraño olor a antiguo, a tiempo pasado. Mi recuerdo me encontró subiendo las ajadas escaleras de madera verde pistacho que conducían al desván de mis abuelos, donde dormían en placentero silencio decenas de libros releídos por mi padre y por sus compañeros de clase y de juegos infantiles de posguerra. Sonreí y continué observando el libro. En su encuadernación de piel se apreciaban largas e irregulares grietas, atravesadas por algún surco. Se ramificaban como las zarzas, invadiendo tapas y lomo, arañando la suavidad de antaño sin piedad.

Abrí el libro. Dentro, entre las apergaminadas y amarillentas hojas se extendían letras y letras; algunas algo borrosas, otras casi ilegibles y, las menos, quizá por haber estado sometidas a  un exceso de humedad, mostraban borrones y garabatos de tinta corrida que parecían más bien tortuosos dibujos que palabras colmadas de inigualable sabiduría.     

Sin embargo, pensé, allí estaba todo. Inmutable a través del tiempo, indiferente al calor y a la humedad. Allí… Todo. La historia viva de un relato iniciado casi un siglo atrás. La historia inacabada de una vida capaz de perdurar a través del tiempo. Lo levanté despacio (no me avergüenza decir que con cariño) y leí un párrafo en silencio:

“Dicen que estoy al final del trayecto. ¿Al final? ¡Quién sabe dónde acaban los caminos! ¿Dónde? Quizá debería decir ‘cuándo’. Tal vez sea cuando el peldaño de las ilusiones está demasiado alto para intentar subirlo, cuando el siguiente tramo se antoja interminable, cuando no hay una fuente cerca para aplacar la sed del camino. Yo no sé dónde ni cuándo pondré mi pie en el suelo por última vez, pero de momento voy andando. Por si acaso, llevo una cantimplora llena de agua y un bocadillo de sueños e ilusiones. También un calzado de repuesto y un mapa actualizado de los senderos apacibles que las grandes urbes todavía no han descubierto y engullido. Camino cada día tratando de no equivocar el sendero, porque es fácil perderse y en medio de este bosque no hay muchas oportunidades de rectificar. Los peligros siempre acechan. Incluso en el sendero correcto se puede sufrir un traspiés.

No sé si el trayecto se acaba, pero procuro vivir hoy, paso a paso; quizá gozar de lo que fui ayer. Y, ¿por qué ocultarlo? deseo estar mañana. Pero si mañana no estuviera, me gustaría que una pequeña parte de mí anidara en algún diminuto rincón de otro ser. (¿Ser inmortal?) Tal vez alguna de mis huellas sirva de indicador en las encrucijadas; quizá con ello evite algún tropiezo. Pero, de eso, hablaremos mañana. De momento hay camino, y yo sigo en el trayecto.”

 

Cerré el libro y acaricié las tapas instintivamente. El cuero enjuto y agrietado marcaba con más intensidad los surcos. A pesar de estar seco, se diría que tenía una frialdad húmeda. Divisé pequeñas manchas más oscuras. Lo había leído tantas veces y había aprendido tanto en él que me dolía su deterioro. Sentía que estaba perdiendo algo importante en mi vida y lo aferré fuerte entre mis manos, como temiendo que desapareciera en ese mismo momento.

El dolor de la presión de mis propios dedos me despertó. Al abrir los ojos me percaté de que seguía en la semipenumbra de la habitación del hospital donde mi abuela yacía en la cama. Miré mis manos. Entre mis dedos, pude ver los surcos, las grietas y las manchas del dorso de su mano disipándose poco a poco sobre su fría y húmeda piel. Estiré sus dedos con suavidad y di la vuelta a la mano: en la apergaminada y amarillenta palma se desdibujaban poco a poco las líneas de la vida. En esas líneas, pensé, estaba escrito todo, día tras día; era el sendero, la ruta por la que transcurre la vida. De repente, tuve un pálpito; lentamente, volví mi rostro –desencajado- hacia el suyo: mi abuela, expiraba… 

Fin del trayecto.

 

"Cuento del mes" correspondiente a febrero de 2015 de la autora invitada Encarna Martínez Oliveras.

Finalista I Certamen de relatos breves de Ciguñuela 2005. Publicado por el Ayuntamiento.

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Imagen de Joseto Romero

Un paralelismo de los más acertado, un libro con una vida. De alguna manera, uno hace un pacto con cada libro que lee, sabe que el texto le aportará algo y eso, en mayor o menor medida, le convierte a uno en una persona distinta. Algunos libros tan sólo nos cambiarán algún detalle, nos darán un nuevo punto de vista, nos descubrirán algunas cosas que no sabíamos, etc. Otros irán más allá y nos influirán verdaderamente en la vida. Igual ocurre con las personas que conocemos.

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