Carta de amor a George Orwell

A George Orwell

 

        Sentado en lo que parece es una sala de estar, sujetas, con una mano, una taza de café y con la otra, un cigarrillo. Tu mirada está algo perdida, tu pelo corto luce hacia arriba y tu bigote es algo vulgar, muy fino, al estilo de un generalísimo que tanta desgracia trajo a España. No podrías negarlo, conociste en persona sus estragos.

        Me introduzco en la fotografía que observo y me siento en la silla que se posiciona al otro lado de la mesa en la que apoyas tu brazo izquierdo. Te miro a los ojos. Me deleito en sus profundidades. Me vuelvo sepia.

        Me fijaría en cada uno de los detalles de tu cuerpo; tu boca estrecha, tus labios extrafinos, tu nariz un tanto puntiaguda, la forma ladeada en la que descansan tus hombros y tus piernas cruzadas, apreciando más allá. Hacia dentro, desde dentro...

        Te hablaría...

        Escucharía tus palabras, serenas y pausadas.

        Escucharía tus silencios, calmados y confiados.

        Encendiéndome un cigarrillo, te preguntaría si superaste, en algún momento de tu vida, sentirte al margen, aislado y menospreciado. Si ese sentir, es la razón fundamental y el motivo común de quienes aspiramos a pasearnos por el mundo como escritores.

        Te preguntaría si renunciaste a la condición de panfletista, a los principios y convicciones, principales sustentadores de la escritura, en favor de una vida económicamente segura.

        Observarías mis ojos grandes y redondos. Tal vez, te perdieras en su intensidad y seguramente, verbalizarías, mirándome fijamente, aquello de si quisieras vivir de la escritura, más te valdría casarte con el hijo de un editor. Reiríamos, comprendiendo sin necesidad de decir en viva voz, la ironía de esta afirmación; jamás nos asustó la pobreza.

        Te preguntaría si han variado los motivos por los que escribes. Qué hacer cuando consideras que eres una persona cobarde, pero como escritor te sientes en la obligación de ser valiente.

        Acabado ya el cigarrillo, memorizando cada uno de tus gestos, volvería a sonreír, lúcida por tenerte enfrente de mí y callada por las ansias de escuchar una voz que hilvanaría experiencia y aprendizaje. Me sentiría tan...yo. Esa sensación cuando te percibes en el interior del pecho, como si del estallido de una burbuja de luz se tratara.

        Te preguntaría cómo afrontaste los momentos de soledad absoluta; el estado de sentir más horroroso que cualquier alma pueda experimentar, a veces, insoportable, otras, excepcionalmente majestuosa. Cuál fue el grado de desnudez textual que alcanzaste en cada una de tus obras y qué ocurrió en ti después de 1984.

        Quizás aquel impulso demoníaco de alzar la voz pudo contigo...

        Quizás cediste a las presiones de la locura...

        Quizás te abandonaste sin ser consciente de que no pertenecías a la realidad...

        Te imagino escribiendo Días de Birmania, Homenaje a Cataluña, Rebelión en la granja, La Hija del Reverendo, 1984... Mirando más allá del paisaje que muestra tu ventana, desdibujando en tu mente el color real de la pared en la que se apoya tu escritorio; corroídas tus manos largas y delicadas por una necesidad imperativa de aplacar el autoritarismo y la injusticia.

        Te preguntaría si un beso en la mejilla sería excesivo...

        Un acompañar cariñoso en la ficción políticamente reivindicativa que yo te asigno.

        Por egoísmo agudo, entusiasmo estético, impulso histórico, propósito político.

        Por ti, por mí, por un cigarrillo a medias y, una sala de estar, a medias.

 

"Cuento del mes" correspondiente a marzo de 2015 de la autora invitada Josune Murgoitio.

Publicado en el número cero de la revista de cultura astrolabium de diciembre de 2012.

Te sugerimos visitar el blog de la periodista y escritora Josune Murgoitio en www.bravereaders.es

Comentarios

Imagen de Joseto Romero

Leí "Rebelión en la Granja" cuando era niño, en EGB. Tan niño que, más que el trasfondo de la novela, me interesaba el hecho de que los personajes fueran animales. Y, aún así, supe que estaba leyendo algo que iba mucho más allá y que yo mismo me estaba haciendo, muy despacito, adulto, que empezaba a poder elegir hacer una lectura diferente de aquel libro. Ojalá la vigencia de su obra fuera exclusivamente literaria. Creo que muchos tenemos razones para escribir una carta de amor a George Orwell.

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