Soneto premiado

— ¡Mira que eres terca! ¡Tan terca que no conocí a nadie más terca que tú!

­­—Ya me alegro. Cuanto más hablas más convencida estoy.

­­—Vamos a ver... ¿te has parado a pensar lo que supone ir hasta allí?

­­—Claro, hombre, claro. Por eso te lo digo, para que me lleves.

­­—Hay que bajar al pueblo, coger el autobús hasta Zamora, el Talgo de Madrid, que vaya horarios, o el que sale a las cuatro de la mañana o el de las seis y pico de la tarde que llega casi a las once a la capital... Y después de pasarse una noche en danza, porque sea cual sea, queda por medio una noche. Y después coja usted el AVE y plántese en Sevilla...

­­—Eso es lo que os he contado yo a vosotros, no le des la vuelta en mi contra. Y por eso quiero  que me llevéis en coche.

­­—Vale. Imagínate ya en Sevilla, en el teatro ese, que Dios confunda. ¿Cómo vas a subir a por el maldito premio? Si es que eres una inconsciente...

­­— ¡Ay, Cipriano! A tus años y todavía maldices... no has aprendido nada...

­­—No te salgas por la tangente, a ver, dime qué haces cuando oigas llamar: “Felisa Sánchez Majuelo,  Accésit de poesía”.

­­—Aplaudir, hombre, aplaudir. Grabarme esas palabras que seguramente serán más elegantes y calurosas que las tuyas, y aplaudir. Aunque tal vez, sólo tal vez, pero tal vez... hayan instalado una rampita de esas que están de moda para los minusválidos. Hay mucha gente en silla de ruedas, aunque no lo parezca. Por eso de vez en cuando se levanta tormenta... bueno una polvaredilla, con eso de las barreras arquitectónicas...

­­—Pero... ¿tú la oyes? Si parece la ministra de... de...

­­—... y entonces tú me empujas un poco, que no va a pasarte nada, que mucho más te empujé yo a ti... y ya está.

­­—Nada, que no se le pone nada por delante. ¿Tú sabes lo que supone conducir de aquí a Sevilla? Y yo... al fin y al cabo eso es lo de menos. ¿Tú te ves en condiciones de semejante viaje?

­­—Ya me paso el día en esta silla, ya ves, así que me da lo mismo ir sentada en coche. Y ahora que Pelusa me trajo esta tan ligera... y plegable, no te olvides que se queda en nada y se mete en el maletero como una pluma. Pero no, no estoy en condiciones, eso es lo triste, que cuando dejaron de valerme las piernas perdí la independencia y eso es terrible. Si yo pudiera, no creas que te molestaría. Pero el cuerpo aguanta mientras aguanta y ahora dependo de ti... que no creas que no me apena. No la silla, yo me adapto a todo, sino tú. Lo de la pena, digo.

­­—No te pongas en ese plan, ahora resulta que soy el malo, que no me avengo a sacrificarme. Y no es eso, que a cualquiera que se le cuente, que te quieres ir a Sevilla...

­­—Claro, claro. Porque la gente se asusta del coraje, aunque ahora menos, y hay muchas personas que viajan con sus silla o sus muletas o lo que necesiten, y a los disminuidos físicos ¡ay que ver que rodeo más feo! ya no nos encierran de por vida en una casa.

­­— ¡Y no se apea del burro! Que no es sólo la silla, que eres frágil, que no estás para esos saraos... y encima, tiene narices, quieres recorrer medio mundo para que te den... un accésit... vamos... y las perras se las lleva el otro, el del primer premio...que tampoco es que sea una fortuna. O sea, que expones la vida y encima pagas.

­­—No me vengas con esas, Cipriano, que los gastos corren de mi cuenta y a Dios gracias, no me falta. Me has dado una idea, hombre, voy a poner un anuncio.

­­—Esta mujer ha perdido la cabeza. Serías capaz de irte con cualquiera, por esos mundos...

­­— ¡Qué punto de mira tan antiguo! A lo mejor es eso, que me ves sólo como a una mujer, con su sitio en casa. Mira, lo de la pata quebrada lo habéis conseguido, no puedo caminar. ¡Pero eso no me convierte en un mueble!

­­—Lo que yo digo, que no razona... y cualquiera le saca ahora esa tontería de la cabeza...

­­—Así que según tú, una mujer que va en silla es una inútil, no puede esperar nada...  ni siquiera  tiene derecho a oír cómo la aplauden... aunque encuentre quien lo haga... ¿por no caminar o por ser mujer?

­­—No es eso, madre. Tienes que comprender...

­­—Claro, tal vez sea eso. Que soy tu madre y lo he sido siempre. No, no chocheo, no es una tontería. Quiero decir que nunca me he rendido, que nunca me eché atrás, siempre alerta, siempre a pie de obra, siempre de guardia, sin desfallecer... que nunca me miré al espejo, me faltaba tiempo para mirar por vosotros, que nunca me tomé un respiro. De día y de noche ejercí de madre... y os he acostumbrado mal. Ahora no podéis entender que Felisa todavía existe. Pues ya ves, a pesar de la edad se sigue aprendiendo  ¡que me lo digan a mí! Y a ti te ha tocado hoy. Resulta que más allá del sacrificado ostracismo, Felisa existe. Todavía. Y en Sevilla  lo saben.

­­—En Sevilla esperan reírse de ti, o es que no te has dado cuenta. Si tanto les hubiera gustado ese soneto tuyo, haberte dado el primer premio, por lo menos te pagaban el viaje con el cheque. Pero el primero se lo reservan y de los demás se ríen.

­­—Pero que estrecho de mente eres, Cipriano. Algo tuve que hacer muy mal para que me salieras así. Cambiemos de tema, no quiero ni acordarme de tu padre.

­­—De sobra sabes que tengo razón. Hacerte ir al fin del mundo a por esa miseria de premio...

­­—Mira, hijo, si no hubiera segundo, no habría primero ¿comprendes? Todos los participantes son importantes, todos imprescindibles, porque aunque sólo gane uno y otro sea el accésit, sin todos ellos no habría concurso. Y no te pongas así, la próxima vez me darán a mí el primero.

­­— ¡¿La próxima vez?!  Esto pasa de castaño oscuro, madre.

­­—Y que sepas que nadie me obliga a ir. Si yo quiero les mando un correo disculpándome y me envían el diploma por carta.

­­—Toda la culpa la tuvo Julieta. Esa cría no pone más los pies en esta casa, como que me llamo Cipriano. A quién se le ocurre enseñarle a su bisabuela el ordenador...

­­—Pero que requeteantiguo eres, hijo... dices “enseñarle el ordenador” como se decía antes “enseñar la doctrina”... Ya que eres tan económico, no veas lo que me ahorro de papel, sobres y sellos... podrías ver la parte buena...

­­—Pero claro, su madre no quiere más que correr, y metiendo aquí a la cría, por lo menos la tiene recogida.

­­—No te metas con  Pelusa. Hace más de lo que puede. Es lo único bueno que hicisteis, tú y la sosa de tu mujer, darme esa nieta. Y no os la merecéis.

­­—Bien te engatusa sí, ella y la cría. Que si la silla nueva, que si el mando a distancia, que si el teléfono ese... a ver, para qué va a necesitar mi madre un móvil, a estas alturas... pues se empeñó, y una factura más... Y el colmo, que te hayan metido en el vicio ese, que es la perdición de la vida...

­­— ¡Cipriano! ¿Qué te estás inventando?

­­—El internet ese, que no trae más que vicios y delincuencia, que bien lo dice la tele. Pero ha cambiado tanto la vida... si esto hubiera pasado antes, la iglesia lo habría prohibido. A nuestros años, ya... y no digamos los tuyos... meterte en ese... en ese...

­­—Este pobre hijo mío... Cipriano, hijo... hablas como si... como si ya...

­­—Mira, madre, cada época tiene lo suyo y hay que conformarse.

­­—Mi tiempo es éste, Cipriano. Todavía estoy viva y mi tiempo es  hoy. Lo que no veo es el tuyo. Y lo que más triste me pone es que siempre fuiste así...

          Cipriano pasea sus setenta años por la cocina como un mono viejo en su jaula. Se atusa la barbilla, el resto de pelo cano que le estorba detrás de las orejas. Mira a Felisa como a un problema irresoluble y desesperado, buscando respuestas peregrinas, desproporcionadas y acordes con su lógica arraigada. Piensa en la muerte como solución, siempre lo ha hecho, desde el más irracional pragmatismo: “total, para lo que hace ya aquí, que se muera hoy y se acabó el problema”. Necesita a alguien de su cuerda para que le dé la razón y recuperar el sosiego de la monotonía consabida y habitual porque se conforma con el aburrimiento. Sólo con pensar lo que dirá su mujer cuando le cuente todo el desatino de esta tarde... la acritud de su mujer, el malestar gástrico que le producen los discursos de su mujer y la culpabilidad que inexorablemente siempre recae sobre su poco espíritu  son los únicos reductos de vida que le quedan.

­­—Suena el timbre, Cipriano.

­­—Ya lo he oído. Es Julieta. ¡Qué formas de llamar! Va a fundirlo. Menuda loca, esta cría.

­­— ¡Abre, abuelo, que es para hoy!

­­—Un poco de respeto, criatura.

­­— ¡Tata! ¿A que no sabes, tata?

­­— ¿A que no sabes tú, mi nena?

­­—Qué.

­­—Primero tú. 

­­—Tú, tata. Quiero que lo mío sea más sorpresa.

­­—Bueno. Me han premiado el soneto.

­­— ¿Aquel que...? ¿Cuando te enseñé a adjuntar documentos a un emilio era para eso?

­­—Para eso. Y les ha gustado, nenita. La entrega de premios es dentro de tres semanas.

­­— ¿Dónde? ¿Vas a ir? ¿En qué lugar has quedado? ¡Es...! ¡Qué guapo, tata!

­­—Bueno, la verdad, no creo que valga la pena...

­­— ¡Qué dices! Si a mí me dieran un premio por algo, iba volando... aunque fuese a Cracovia.

­­— ¿Para qué?

— ¿Cómo que para qué? Es superchachi, tata, es genial...es... te reconocen lo que vales... y es que vales mucho... cómo que para qué...

­­—Hombre, agrada que alguien valore noventa y tres años de sufrimiento en catorce versos...

­­—Si era un poema de amor...

—Pues eso... Sería bonito aplaudir desde abajo. Dicen que leerán el poema.

          Felisa sonríe desde lejos, desde el centro de su gran capacidad de adaptación a los malos vientos y a la calma chicha. Desde la satisfacción de su proeza y desde la renuncia a la efímera gloria. Tal vez, sólo tal vez, pero tal vez, la mezcla de decepción y alegría den como fruto otro soneto. Mira con pena la figura vencida de Cipriano y lo encuentra tan viejo que le cuesta reconocerlo como hijo. Mira a Julieta, y sonríe al descubrir que biznieta rima con pizpireta  y que ambos vocablos tienen una sonoridad muy apetecible. La muchacha bailotea frente a ella haciendo de unas llaves sonajero.

­­—Ahora yo, tata. ¡He aprobado el práctico! ¡Ya tengo carnet de conducir! ¡Mi madre me ha dejado el coche!

          Pasa por la calle un aparato estereofónico con cuatro ruedas y un peligroso sordo al volante que inunda oportunamente el ambiente con las palmas de la Salve Rociera... Oé... oé... oé, oé, oé... oé, oé, oé, oé, oé, oé oé... oé, oé, oéééé...

­­—Oye, tata, ¿qué ropa se lleva a esos actos? Vaqueros, no ¿verdad?

 

"Cuento del mes" correspondiente a abril de 2015 de la autora invitada Eva Barro.

Primer Premio en el Certamen de Relato Corto sobre la Mujer de San Miguel de Abona ( Tenerife) -  Marzo 2011

Para saber más sobre la autora, puedes visitar su página web o su perfil en Verbo Azul.

 

Comentarios

Imagen de Joseto Romero

Pon a tus personajes en marcha, directamente, no gastes palabras en un narrador sobreexplicativo. Este cuento es un ejemplo de lo poderoso que resulta el diálogo, lo eficaz que resulta, cuando se utiliza bien, para presentar los personajes al lector.

Una buena historia armada a partir de un hecho singular colocado entre lo cotidiano. Ya tenemos un perfil de esta familia, de Felisa, Cipriano y Julieta, y sabemos cómo han reaccionado al premio literario de la bisabuela. Si os han gustado los personajes y tenéis una manía casi enfermiza de imaginar cosas alternativas, aprovechemos y metamos elementos aún más arriesgados aún en la vida cotidiana de Felisa, Cipriano y Julieta. ¿Qué harían si llegan unos extraterrestres? ¿O si viene a su pueblo el casting de Master Chef? ¿O si el árbol de la plaza del pueblo cobra vida y empieza a contar historias a los vecinos? ¿O si piden refugio en su casa unos rebeldes perseguidos por los servicios secretos americanos?

En este cuento aparecen un ordenador e internet, muy de fondo, pero en sentido positivo. No es, ni mucho menos, lo más improtante de este texto, pero hay tanto uso de internet como elemento negativo en la ficción que esta excepción me ha parecido todo un soplo de aire fresco.

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