El móvil

 

            Allí estaba mi viejo hogar familiar, una casa pequeña de tejado puntiagudo. Me recordaba frente a ella, en el pequeño jardín, jugando a la cuerda con alguna amiga que llegaba hasta allí, un sitio algo apartado del pueblo, en el camino de la montaña. Conchi, mi amiga del alma, cantando mientras yo saltaba la cuerda de un pie y de otro pie, cantando a mi vez, las dos a coro, nuestras voces resonando en las paredes de la casa y el silencio de cada tarde. Ahora miro la casa y podría no reconocerla de vieja y acabada que está, la pintura descascarillada, algunas humedades en las paredes, las puertas rechinantes. Está el vacío y la oscuridad que pude resolver al cabo de unos días, cuando volví a contratar la electricidad. Los años que se agolpan sobre mí, tan mayor como estoy ya, aún me muevo bien, apenas he cumplido los sesenta, nunca creí que volvería aquí para vivir como cuando era pequeña, quién me lo diría hace unos años. Entonces estaba bien casada, mi único hijo trabajando como ahora en Francia, un buen empleo, ganando mucho dinero y a la espera de casarse con su novia asturiana, ahora esperan mucho para casarse, yo también esperé para tenerlo, pasaba de los treinta, en aquella época no era acostumbrado, ahora sí.

            Mi marido era más mayor que yo, casi diez años. Venía de enterrar a una tía suya en una ciudad alejada y, a la vuelta, se debió dormir, eso me dijeron, que se durmió al volante. Era una recta larga, no había peligro, las tres de la tarde, muy mala hora para ir por esas carreteras castellanas interminables. No se observaba tampoco frenazo, simplemente el coche se fue desviando hasta dar con ese árbol y arrancarlo de cuajo. Vino mi hijo, pasamos por allí, aún se veía el árbol arrancado, sus entrañas desgajadas, como las mías. Miré aquel árbol roto y le vi despidiéndose  el día antes de su muerte, no quise acompañarle, me encontraba algo enferma y él prefirió ir sólo, un par de días, me dijo, y no sabemos cuánto duran dos días, a veces son dos años, en ocasiones todo el resto de la vida. Ni siquiera me dejó mi hijo verle, tenía la cara destrozada, contra el cristal seguramente. Se me fueron con él años e ilusiones de una vejez feliz. Y entonces no me quedó nada, una pensión de viudedad que me alcanzaba porque yo gasto poco, y un montón de fotos con las que recordar el tiempo que había pasado, soñar el que podría haber venido, el que daba casi por seguro y sin embargo se me fue. 

            Mi hijo vino varias veces y yo le sonreía, le preguntaba por su trabajo y él me miraba, me repasaba las cuentas que yo no quería seguir, hacía pagos que había abandonado, me proponía salir por aquí y por allá. Siempre fue un buen hijo pero tiene su vida, claro, teniendo que cumplir en un montón de sitios, su trabajo que le requiere, su novia a la que visita. Yo le dije que no viniera tanto pero me miraba con aire preocupado y no decía nada. Luego me comentó si no estaría más a gusto en esta casa, la vieja casa de mis padres y le dije que no, pero luego lo pensé y rectifiqué. Me entraron ganas de volver a verla, le dije que si no me encontraba a gusto volvería a la ciudad y él me contestó que bueno. Pero luego me acompañó y se quedó en el coche mientras yo avanzaba por el sendero abandonado, pisando las hojas muertas y podridas que lo inundaban al compás del viento. Miré esas paredes que me habían cobijado, dentro de las cuales fui pequeña y el mundo pudo ser divertido, y era alegre tener amigas y soñar con chicos y poblar mi imaginación de ensueños de futuro, amores apasionados, vestidos suntuosos y elegantes, que me admiraban, que me consideraban irresistible, que me querían, que habría un hombre, uno sólo, que me haría viajar hasta las estrellas a fuerza de amarme. Y llegó, pero no pudo quedarse tanto como yo hubiese querido.

            Miré los sillones cubiertos de sábanas, aquél donde se sentaba mi padre a leer el periódico y escuchar la radio, aquellas radios de galena tan antiguas de después de la guerra, aquella otra que compró tan grande, lo que suspiraba por un transistor en el que escuchar los partidos de fútbol de los domingos. Miré la mesa de comedor también cubierta, mi silla, las de mis padres, ahora vacías y quietas, como parado se había quedado mi corazón. Me senté en mi silla y lloré largo rato, me deshice en lágrimas mientras mi hijo me observaba desde el umbral sin decir palabra, lloré todo lo que no lo había hecho en la muerte de mi marido, me vi pequeña, tan mayor y tan sola, mis padres a los que perdí hace tanto, ahora mi marido, mi hijo, con la preocupación y la impaciencia en los ojos, pensando en irse, con la cabeza en sus cosas.

            Me ayudó a instalarme y se fue. Me dejó un móvil y un montón de números en eso que llaman la memoria, yo quería un teléfono fijo como los de siempre pero él me contestó que tardaría y que aprendiera a usar este móvil, que le llamara todas las veces que hiciera falta. Le pregunté cuál era el teléfono de Conchi y él preguntó, en realidad pregunté por ella en la droguería donde tantas veces nos habíamos encontrado haciendo recados para nuestras madres. Allí me dijeron, tras hacer memoria, que la Conchi estaba casada y que se fue muy lejos y que tuvo varios hijos pero que ya no volvía por el pueblo. Me preguntaron, se compadecieron, rememoraron a aquella niña que les venía a comprar cuando ellos eran jóvenes. En realidad, fue el dueño y su mujer los que lo hicieron pero tuvieron que venir de la trastienda, eran sus hijos los que llevaban a duras penas el negocio.

            Cuando el mío se fue haciendo promesas de volver en breve y poner a pintores y carpinteros a trabajar le dije que no tuviera prisa, que yo me valía bien en aquella casa, aunque estuviera tan cochambrosa que hasta alguna ventana no cerraba del todo y se colaba el viento por las noches, ululando. Pero no me daba miedo y, en cambio, me hacía compañía, a fin de cuentas un televisor que me trajo casi no se veía porque no había antena.

            Luego empezó a sonar el móvil. Al principio no recordaba bien cómo había que hacer y frustré varias respuestas pero luego sí. A veces era mi hijo, que me preguntaba cómo andaba, pero luego fueron mis padres los que llamaban. Mi padre me decía que le contara cómo me había ido la vida, si mi marido me había tratado bien, qué dinero me había quedado, por qué volvía después de tanto tiempo. Yo le decía a él y a mi madre, que otras veces llamaba ella, que mi marido siempre me quiso, que me trataba muy bien, que el matrimonio siempre cansa un poco pero que nunca me faltó de nada. Luego preguntaron que qué pensaba hacer, si quería seguir viviendo en la casa y yo contesté que sí, que me alegraba de hablar con ellos, saber qué tal estaban después de tanto tiempo, oír su voz, me recordaban las cenas familiares, mi padre hablando de los campos que cultivaba, mi madre que preguntaba, siempre haciendo punto a la escasa luz de una lámpara. Me preguntaba mi padre si había acabado los deberes y me reía de él, le dije que los había acabado hacía mucho, que todos mis deberes estaban terminados, mi vida ya en una pendiente sin retorno, que había sido feliz, todo lo que uno puede serlo, pero que no levantaba cabeza desde la muerte de mi marido, que no conseguía tener ilusión ni ganas de vivir. Y por qué regresaste, me decía, quizá querías acabar el círculo, terminar donde empezaste. Tal vez, le respondí, ésa sería una buena razón, hacer balance, contemplarme de niña jugando, de joven estudiando y paseando con las amigas, esa joven que escribía en su diario sobre el chico que había visto pasar a bordo de una moto, la que salió a estudiar y el estudio llevó al trabajo y el trabajo a un marido, una casa y un hijo tardío. Contemplar ahora a aquella señora que devolvía el espejo, mujer con cada dolor marcando su cara llena de pequeñas arrugas, mujer que sonríe de forma cansada y se sienta en el sillón de su padre a ver lo que él veía, aquella chica morena de calcetines largos que hacía sus deberes, la mujer que levantaba la vista del punto para mirarme, para mirarle, y sonreír de agrado porque nada parecía capaz de trastornar a la pequeña familia. Y el viento que soplaba pero que entonces no se atrevía a entrar como ahora por las rendijas. Sí, es una buena razón para volver y no irse nunca más.

            Cuando mi hijo volvió no oí el timbre porque dormitaba en el sillón, una agradable lasitud me vencía. Levanté la vista y le vi, demudado, mamá, mamá, se puso a gemir y yo le miré, sonriente, mi hijo, mi buen hijo que viene a hacerme compañía, mamá, mamá, seguía diciendo mientras se acercaba y me ponía la mano en la frente y caía de rodillas y yo pensaba, no te preocupes, hijo, tienes toda la vida por delante, ojala la disfrutes, que seas feliz con esa chica, que trabajes mucho, que no te acuerdes de mí más que con un recuerdo agradable, tu madre, que te sonríe y te mira con amor, y él, mamá, mamá, y yo no sabía qué decirle más para que se levantara. Hasta que lo hizo y cogió su móvil y yo quería decirle que el bueno era el otro, el que me había dejado, que por ahí podría escuchar a sus abuelos, hace tanto tiempo desaparecidos, pero él no me hacía caso porque tenía otro móvil distinto y llamaba nervioso y me miraba y yo cerré los ojos, tan cansada estaba.

 

"Cuento del mes" correspondiente a mayo de 2015 del autor invitado Carlos Maza Gómez.

Del libro "El rosal y otros cuentos"

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