Aguatierra

 

Me llamo Irene y hace ya dos años que llegué aquí. Al principio no entendía nada; todo era parecido y todo era distinto.

Aún recuerdo aquel día en el que, al salir del trabajo, decidí dar un paseo por el bosquecillo que había a las afueras de mi pueblo. Caminaba distraída, pensando en el futuro, pensando en si encontraría el amor o, ¿por qué no?, si el amor me encontraría a mí.

Lo que encontré fue esa dichosa grieta en el suelo, escondida entre unos matojos y un grupo de grandes rocas de granito. De no ser porque me aparté del camino persiguiendo a una ardilla, como hacía cuando era una niña, no habría tropezado y rodado hasta debajo de aquel árbol. Al ponerme en pie, me golpeé la cabeza con una rama, caí de espaldas y, un segundo después, ya estaba en vuestro mundo.

«¿Está bien? ¿Puede oírnos?». Desperté con una suave caricia. Abrí los ojos y vi a dos hombres que me miraban preocupados.

Por lo visto aquí a ese deporte lo llaman «espeleología», en mi mundo lo llamamos andacuevas, pero el concepto es el mismo. Los dos hombres lo practicaban cuando me encontraron dentro de la gruta. En un principio pensaron que me había adentrado en ella, sola y sin el equipo necesario. Cuando les conté lo que me había ocurrido, pensaron que el golpe me había afectado a la razón.

Me montaron en su «coche» y me llevaron al «hospital». El idioma era prácticamente el mismo, pero desde el primer momento me di cuenta de que ya no estaba en casa. En mi mundo un «coche» es un mueveloz y un «hospital» es un sanadero. No entendía el porqué de esos nombres, me parecían raros y que no tenían ningún sentido.

Pero cuando me quedó claro que todo era distinto fue al entrar en ese «hospital».Nadie creía lo que les contaba, les rogué que me dejasen explicárselo a algún escuchador. Los escuchadores te creen primero y dudan después, y no al revés, como los adultos.

Adrián era el único que me prestaba atención. Fue él quien me acarició para despertarme en aquella cueva y quien permaneció a mi lado mientras me recuperaba en el sanade... en el «hospital». Al principio, como cualquier adulto, tenía dudas acerca de lo que yo le contaba. Sin embargo, a medida que me hacían más y más pruebas, y cuando quedó demostrado que yo no tenía ningún problema físico, empezó a creer.

Un tiempo después, me confesó que el amor que sintió hacia mí al verme por primera vez, y que fue creciendo a medida que me conocía más y más, ayudó a que aceptara mi fantástica historia. En cualquier caso, me escuchó.

Por supuesto volvimos al lugar en el que aparecí en este mundo, también al punto concreto donde debería estar la grieta, pero parece que es un camino de una sola dirección.

Leyendo los libros de vuestro mundo «Alicia en el país de las maravillas» y «Alicia a través del espejo», me di cuenta de que en esta versión del planeta Aguatierra, o «Tierra», como lo llamáis vosotros, también deben existir fisuras similares, pero seguro que tardaríamos varias vidas en encontrarlas, por lo que me convencí a mí misma que lo mejor iba a ser no desesperar intentando buscarlas.

Yo también me enamoré de Adrián. A pesar de que en mi mundo los niños tienen un lugar en las decisiones y en las conclusiones importantes que se toman, los adultos también son bastante incrédulos. Sin embargo Adrián me escuchaba sin prejuicios, con imaginación, y con los ojos, las orejas y la boca bien abiertos.

Tomaba notas acerca de todo, él es piensacreador—o «ingeniero»— y estas ideas le parecían geniales: «Los televisores se llaman cajavisores y no transmiten nada violento mientras haya niños despiertos. Tampoco programas con gritos, insultos o lenguaje vulgar. Además los adultos se van pronto a dormir para no estar enfadados durante el día. La jornada laboral es de seis horas y cada uno se las distribuye como quiere, incluso se permiten ciertos juegos durante el trabajo. ¡En las oficinas hay máquinas expendedoras de batidos, leche, helados, caramelos y yogures! Está permitido dormir siesta. Nadie trabaja un día de fiesta, tampoco si está de vacaciones o si es el día de su cumpleaños y, si tiene que trabajar, se le dan tres días libres...»

Él era muy feliz escuchándome y pronto nos fuimos a vivir juntos. Poco a poco fui contagiándome de su felicidad y fui dejando de echar de menos mi mundo. De hecho, Adrián quería que nuestra vida fuese lo más parecida posible a la vida en Aguatierra, pero a mí me costaba —y me costará— acostumbrarme a las guerras, a los enfados por culpa de la religión o a las peleas por culpa de una ideología o de un deporte. En el mundo del que vengo hay enfados, muchos menos, pero los hay. La diferencia es que rápidamente nos damos cuenta de que estar enfadados nos hace daño y nos hace sentir muy mal, y corremos a hacer las paces, ¿por qué no? ¿Por qué en este mundo nadie hace las paces?

Ya han pasado dos años, me parece mucho y poco tiempo a la vez. Adrián y yo vamos a tener una niña, y esperamos, con muchísima ilusión, el día en que podamos sentarnos a conversar con nuestra hija, de tú a tú, de persona a persona, de ser humano a ser humano. Quizá los hijos de mi hija, o sus nietos, consigan convencer a las personas de este mundo de la importancia de escuchar a los niños y, por supuesto, de que los seres humanos se presten más atención. Esperamos el día en el que este mundo, esta dimensión, dé sus primeros pasos hacia un futuro en el que los sentimientos y la intuición vayan de la mano de la razón.

Por suerte en vuestro planeta hay muchas personas como los habitantes de Aguatierra, para encontrarlas solo es necesario escuchar con el almamotor, solo eso, nada más. Seguro que haciendo este simple gesto os daréis cuenta de lo cerca que hay una persona así... mucho más cerca de lo que pensáis.

 

"Cuento del mes" correspondiente a junio de 2015 del autor invitado Alberto García Gómez.

Recomendamos visitar su web personal en este enlace, que incluye tienda online.

Añadir nuevo comentario