Hipótesis literaria: novelas cada vez más trepidantes

A finales del siglo XV, prácticamente nadie había visto nunca un león en España.

Recuerdo una maravillosa visita guiada hace unos años a la catedral de Sigüenza, en Guadalajara. Recibí una interesante clase de Historia, arte y religión. Uno de los espacios donde más tiempo nos detuvimos fue ante el sepulcro de D. Martín Vázquez de Arce, “El Doncel”, y recuerdo perfectamente el comentario del león.
Por aquella época, a finales del siglo XV, se acostumbraba a colocar en las esculturas de los sepulcros la figura de un perro a los pies del homenajeado como símbolo de la fidelidad. En “El Doncel”, sin embargo, se representa un león. Más que el simbolismo, lo que me llamó la atención fue la explicación sobre su apariencia: en realidad aquel león era como un gato, con más pelo y algo más fiero desde luego, pero no un león como los que vemos en los documentales. El guía nos explicó que no era habitual en la época saber cómo era un león, y probablemente la única referencia que tuvo el escultor fue a través de descripciones. Así puede entenderse que un escultor tan habilidoso, capaz de definir tan bien los rasgos de “El Doncel”, cincelara un león tan poco realista.

Ya sabéis que yo todo lo llevo a la literatura. Si en la escultura del siglo XV representar un león era problemático, ¿lo sería también en un texto? ¡Más aún, quizá! Porque en la escultura el resultado es algo visible, el espectador lo contempla directamente y no necesita imaginarlo. Pero en literatura, cada lector es un escultor, cada lector tiene que visualizar su propio león con su imaginación. Por eso las descripciones en la literatura son tan importantes.

Y, sin embargo, hoy en día es más que suficiente con decir “león” para que el lector lo imagine perfectamente. En nuestra cultura, gracias a la televisión y otros medios como el Internet o el zoo, sabemos mucho de los leones: su aspecto físico, las diferencias entre machos y hembras, cómo acechan y cazan, y todo tipo de detalles. Un escritor de hoy en día sólo tiene que decir “león”, no necesita párrafos adicionales de descripción. Un escritor moderno puede poner directamente a su león en movimiento sin preámbulos, puede asignarle verbos sin necesidad de gastar adjetivos.

Otra influencia, esta vez más reciente, de lo audiovisual en la literatura es que las escenas son mas cortas, las acciones se suceden más deprisa.

Estas reflexiones me han llevado a plantear la siguiente hipótesis literaria: “desde la adopción de la televisión se ha creado una cultura audiovisual que ha influido enormemente en literatura. Uno de los efectos de la cultura audiovisual en literatura es el aumento progresivo de los verbos frente a los adjetivos”.

En definitiva, que las novelas y relatos de hoy en día se enfocan mucho más en poner en acción los elementos de ficción que en describirlos, comparado con la literatura de antes de la tele.

Estoy convencido de que Julio Verne o Robert Louis Stevenson necesitaban ciertas descripciones en sus novelas que hoy en día podríamos pasar por alto. También creo que sus lectores de la época agradecían las explicaciones: no había tele, descubrían la Luna, el Polo Sur o una isla secreta a la vez que los personajes y seguro que absorbían como esponjas cada detalle.

La relación adjetivos / verbos de un texto me parece una medida muy interesante. Además de estar convencido de que ha cambiado a lo largo de la historia de la literatura, creo que puede dar lugar a ciertos análisis útiles para lectores, escritores y editores.

Me gusta hablar de “trepidancia” de un texto como la relación verbos / adjetivos. Así, un escrito resulta más trepidante cuanto mayor sea esta relación. Sin embargo, para fragmentos de texto muy pequeños puede ocurrir que no encontremos ningún adjetivo y el cálculo se complique (no se puede dividir entre cero), por lo que a veces puede resultar más útil la relación inversa que podemos llamar por ejemplo “parsimonia”. En ecuaciones:

La trepidancia y la parsimonia pueden calcularse para una obra completa, pero también para un capítulo, escena o fragmento. Es de esperar que una misma obra tenga momentos más trepidantes y momentos más parsimoniosos. Las funciones de contar verbos, contar adjetivos y calcular la trepidancia y parsimonia de un escrito son absolutamente deseables para un procesador de textos ideal para escritores.

Para validar o descartar la hipótesis planteada sobre el aumento de la trepidancia en la literatura desde que la televisión llegó a nuestras casas, habría que seleccionar un número significativo de novelas y cuentos de distintas fechas, preferiblemente pertenecientes al “canon literario” occidental, contar sus verbos y adjetivos y hacer los cálculos. Tengo que reconocer que no me he puesto a trabajar en un experimento así. Lo que sí he hecho ha sido calcular la trepidancia y su medida inversa, la parsimonia, de uno de mis textos: “El príncipe poeta”. Se trata de un cuento infantil, escrito según un esquema clásico que responde a las funciones de Propp (en realidad, a un esquema más simplificado aún, según “Cómo escribir un cuento e inventarse cientos” de Paola Santagostino).

“El príncipe poeta” es un cuento muy sencillo, dividido en 17 párrafos de texto. La siguiente tabla indica el número de verbos y adjetivos de cada párrafo:

En total, hay 72 verbos y 15 adjetivos y unos valores globales de Trepidancia T = 72/15 = 4,80 y Parsimonia P = 15/72 = 0,21

Me temo que es la primera vez que alguien calcula estos parámetros en el mundo, y que por lo tanto no existe ninguna otra obra literaria con la que comparar la trepidancia de “El príncipe poeta” y determinar si se trata de un cuento trepidante o parsimonioso. Me aventuro a decir que, en general, los cuentos de hadas son trepidantes, ya que suelen enfocarse a la acción bastante directamente. También me atrevo a decir que con un valor de trepidancia por debajo de 1 el texto es parsimonioso y con un valor de trepidancia por encima de 2 el texto es trepidante. Con valores entre 1 y 2, sería un texto compensado.

El análisis por párrafos de “El prícipe poeta” es interesante: de forma muy clara, la segunda mitad del cuento es más trepidante que la primera. Esto indica que el cuento se acelera, que el planteamiento requiere algo más de adjetivación mientras que el desenlace requiere más acción. Tampoco es una sorpresa que la coletilla final del cuento, ese “vivieron felices y contentos para siempre”, sea la parte más parsimoniosa y menos trepidante de todo el texto. De hecho, yo visualizo este tipo de frases finales como una fotografía, mientras que el cuento suele ser un vídeo en movimiento.

Creo que este artículo es suficiente para plantear los conceptos de relación verbo - adjetivo, aunque seguro que pueden dar mucho más de sí. Me encantaría conocer los valores de trepidancia de Harry Potter, El Señor de los Anillos y Juego de Tronos, para compararlos, pero también de los cuentos de hadas clásicos y, en general, de todas las novelas que leo. Incluso me gustaría conocer estos valores antes de leer algo nuevo.

Y tú, ¿crees que trepidancia y parsimonia son indicadores de interés? ¿de qué obras te gustaría conocer el valor de trepidancia?

 

Imagen: Sepulcro del «doncel de Sigüenza» en la catedral de Sigüenza. Fotografía de Manuel Parada López de Corselas tomada de Wikipedia bajo licencia de dominio público. Puede verse el león a los pies del Doncel.

Comentarios

Imagen de Paco

Interesante hipótesis. Podría utilizarse también a lo mejor para clasificar distintos tipos de textos: una novela puede ser más o menos trepidante que un cuento o que un ensayo.

¡Saludos!

Imagen de Joseto Romero

Gracias, Paco,

La idea original es comparar novelas de distintas épocas, pero también pueden usarse las medidas de trepidancia y la parsimonia como propones, para comparar entre distintos géneros. Se me ocurre que incluso para comparar novelas de la misma época pero distinto estilo (¿son las novelas de fantasía más parsimoniosas que las románticas? ¿son las de terror más trepidantes que las juveniles?, etc)

Puede dar mucho juego, la verdad Smile

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