Náufragos

 

     El mundo no ha cambiado.

     En el nuevo amanecer la oscuridad se vio obligada, una vez más, a replegarse ante el avance inexorable del alba. Tímidos rayos crepusculares fueron tiñendo de púrpura toda una pléyade de nubecillas desperdigadas de manera irregular por el cielo, apagando una a una la miríada de estrellas que, durante unas horas, habían iluminado la noche como faros ardientes.

     Abajo, el oleaje del océano acunaba lenta, casi amorosamente, los fragmentados restos de las naves destruidas en el feroz combate acaecido la jornada anterior. Mástiles con restos de aparejos se mezclaban aquí y allá con trozos de velas calcinadas, y numerosos cuerpos flotaban boca abajo, añadiendo una nota lúgubre a la hermosa alborada carmesí.

      Entre las ruinas de la batalla, un hombre dio señales de vida. Tumbado en una plancha de madera, desprendida con toda seguridad de alguna de las naves hundidas, se mantenía de forma precaria sobre ella, enredado en un par de gruesos cabos. Había permanecido allí, inadvertido e inconsciente, durante toda la noche. El guerrero hizo un esfuerzo por abrir los ojos, aturdido aún por el golpe recibido durante el combate. Se llevó una mano a la dolorida cabeza y, en un movimiento casi reflejo, se mojó la cara para terminar de espabilarse. Por desgracia para él, funcionó. Alzó la mirada y contempló el desolado panorama que lo rodeaba. En lontananza, la silueta de una nave parecía despedirse de él mientras se perdía en el horizonte en llamas.

     Bayren blasfemó, consciente de su desesperada situación: se hallaba sin agua potable ni víveres, a merced del mar y del implacable sol. O de algo peor. La batalla habría espantado a cualquier barco pesquero o mercante cuya ruta pasara por allí. Se encontraba solo y nadie iba a acudir en su auxilio. Sonrió con sarcasmo al pensar que jamás hubiera imaginado que su muerte estaría marcada por la soledad y el agua. Él, que siempre había vivido rodeado de gente y fuego.

     Un desdichado náufrago, eso es lo que sería en sus últimas horas de vida. O quizá lo llevaba siendo mucho tiempo, sin llegar a ser consciente de ello. Esa idea cruzó fugaz por su cabeza, provocándole una incómoda sensación que le hizo rebelarse contra ella y rechazarla con desdén. «No es cierto», se defendió. «He vivido como he querido, he gobernado mi vida y no me he dejado dirigir por nada ni por nadie». Pero aquella indisciplinada vocecilla zarandeaba su conciencia, tozuda. Si todo eso era cierto, ¿cómo es que había acabado en tan inhóspito lugar? ¿Por qué su vida estaba condenada a extinguirse como la llama de una vela?  

     —¡Dioses! —escupió más que pronunció mientras se ponía de rodillas sobre la tabla, cuidando de guardar el equilibrio—. Jugáis con el destino de los hombres, exigís obediencia y sacrificios, ritos y compromisos. Luchamos para proteger vuestros templos, pero… ¿a cambio de qué? ¿Qué hacéis cuando en verdad se os necesita? —el guerrero dejó escapar su rabia al comprender que se veía abocado a una muerte cierta, y la dirigió contra aquello que siempre le habían inculcado. Asistía con sorpresa y dolor al derrumbamiento de sus más firmes creencias, y no podía hacer nada por salvarlas a ellas, ni a sí mismo.

     —¿¡Dónde estáis!? —gritó con todas sus fuerzas mirando alrededor, desesperado.

     Lágrimas de amargura brotaron de sus ojos, nublándole la visión e impidiéndole reparar en la figura alada que, como si hubiera sido convocada por los hados, apareció entre las purpúreas nubes con rumbo a los restos desgarrados de las, hasta hacía poco, orgullosas naves. El guerrero, tras enjugarse las lágrimas con las deterioradas mangas de su camisa, palideció al descubrir en el cielo la ominosa presencia. De un modo instintivo se encogió sobre la tabla y permaneció muy quieto, conteniendo incluso la respiración mientras aferraba con fuerza el sencillo amuleto que colgaba de su cuello. Acertó a musitar una torpe plegaria que apenas logró reconfortarlo. Poco después escuchó el siniestro aleteo con el que la arpía frenaba su descenso, y que acababa con las escasas esperanzas que Bayren había puesto en su invocación para que pasara de largo. Se acordó de su reciente blasfemia contra los dioses, y sintió cómo su pecho se inflamaba con un ardiente sentimiento de vergüenza.

      El silencio solo se veía perturbado por el tenue murmullo del mar en calma y el impetuoso batir de alas de la hermosa saqueadora que, haciendo honor a su nombre*, iba y venía aquí y allá, entrando y saliendo del campo visual de Bayren; dedicada por entero a su execrable tarea con los cuerpos sin vida de marinos y soldados. En cierto momento, el guerrero pudo observarla con más detenimiento. Era alta, casi de su misma estatura, y de una extraña y genuina belleza no exenta de magnetismo. El pelo, no muy corto y de un color marrón oscuro, con abundantes mechones rojizos, se proyectaba hacia arriba, y el delgado torso desnudo mostraba unos senos perfectos que, en una mujer de verdad, hubieran despertado sus más primarios instintos. Los hombros asemejaban humanos pero, en lugar de brazos, poseía dos largas y fuertes alas recubiertas de plumas, azuladas en su parte interna, y de un brillante y cálido tono anaranjado en el exterior. De este mismo color eran las que, de rodillas para abajo, cubrían la parte inferior de sus piernas, terminadas en poderosas garras. Con todo, lo que en realidad convenció a Bayren de la absoluta falta de humanidad de aquel ser fue la gelidez y malignidad que le transmitió cuando las miradas de ambos se encontraron.

     La arpía, erguida sobre un tablón, dejó caer al agua los restos de un infortunado marino, y de un salto se elevó en el aire, donde sus alas la acercaron a Bayren. Este reaccionó con rapidez, echó mano de la daga que aún llevaba en su cinturón y la sostuvo con firmeza entre él y el monstruo. La criatura frenó su embestida y quedó suspendida en el aire, desde donde mostró al guerrero sus afilados dientes al tiempo que le dedicaba una mirada carente de compasión. Un frío helador recorrió la columna vertebral del desalentado guerrero. Sabía, por las historias que contaban los viejos marinos, que aún no había llegado lo peor. Según decían, aquellas ladronas aladas poseían habilidades mágicas que no dudaban en emplear contra sus víctimas, llegando a rivalizar con los más poderosos magos del Templo de la Luna. Si lo que contaban era cierto, su daga y sus escasas fuerzas no serían rival contra aquella salteadora, pero tampoco tenía intención de rendirse.

     —¡Ven por mí si te atreves, bruja! —Bayren intentó una estrategia que le había dado buenos resultados en el pasado, consistente en provocar a su adversario hasta hacerle cometer algún error. Si aquel engendro le daba una oportunidad, le hundiría la daga en el corazón.

     La criatura ni siquiera se acercó. Por toda respuesta, se elevó un poco más y comenzó a entonar una canción en un lenguaje desconocido mientras lo miraba a los ojos. Bayren se llevó las manos a los oídos, pero las notas de la bella y triste declamación llegaban igual hasta él. El tiempo pareció alargarse, como si ya no transcurriera con la misma velocidad que antes, e incluso la luz de la mañana pareció menguar en intensidad. Al guerrero le costaba pensar con claridad, y se daba cuenta de que el cántico lo estaba controlando. Concentrarse en otra cosa que no fuera aquella embriagadora melodía se había vuelto, de repente, muy difícil. En un heroico gesto de desafío, alzó su daga una vez más, pero la hechicera no se inmutó, sabedora de la eficacia de su salmodia. Bayren cayó de rodillas, sus piernas ya no eran capaces de sostenerlo, si bien conservó el coraje suficiente para no soltar el arma.

     De pronto el mar, que había permanecido en calma hasta ese momento, empezó a agitarse, y el tablón sobre el que Bayren se sostenía fue zarandeado con violencia, obligando al guerrero a asir, casi sin darse cuenta, uno de los cabos que lo habían mantenido a salvo hasta entonces. La canción cesó y la arpía, con un gesto de preocupación en el rostro, dejó de prestar atención al humano. El tiempo y los colores recuperaron la normalidad para el guerrero que, confuso, parpadeó mientras se preguntaba qué ocurría. Una figura emergió del agua, captando de inmediato la atención de humano y arpía.

     Ambos contemplaron, uno con incredulidad, la otra con disgusto, la desnuda mitad superior de una hermosa mujer de cabello largo y oscuro que los observó a su vez desde la insondable profundidad de unos ojos tan azules como el mar que los rodeaba. Su mirada apenas se detuvo en el guerrero, pero sí se encaró con la criatura alada.

    —Estás muy lejos de casa, Alida —la recién llegada habló con voz suave y aterciopelada, aunque su expresión circunspecta dejaba bien claro el tono de reproche. La arpía le devolvió una mirada asesina, pero envolvió su respuesta en el mismo tono mesurado.

     —No es asunto tuyo ni de ninguna otra sirena hasta dónde me lleven los vientos, Laisha.

     —Quizá no —concedió la aludida. Luego añadió—: Pero sí  lo que hagas en nuestros dominios. Tus detestables saqueos no son bien vistos aquí —la sirena abrió los brazos para enmarcar el mar que la rodeaba.

     —¡No me iré sin mi presa! ¡Yo lo encontré y me pertenece! —Alida dejó a un lado toda muestra de cortesía, convencida de que la sirena había venido para robarle su botín.

   —No tienes derecho a él, Alida. Y lo sabes. —Laisha no se dejó arrastrar por la ira de su oponente. Por el contrario, parecía dueña absoluta de sus emociones. Bayren, por su parte, algo recuperado del hipnótico efecto del hechizo, observaba atónito el intercambio dialéctico entre ambas criaturas. Se preguntó en qué acabaría todo aquello.

    —¡Oblígame! —la arpía se lanzó en picado contra la sirena, pero mucho antes de que sus garras alcanzaran su objetivo, Laisha se hundió en el océano y emergió a varios metros de distancia. La arpía hizo un par de intentos más, también infructuosos, antes de darse por vencida. Al fin, impotente, se volvió hacia el humano y le lanzó una mirada de odio.

     —¡Tú ganas, bruja! ¡Pero no disfrutarás de tu victoria! —la criatura se abalanzó contra Bayren con sus garras por delante, pero este, lejos de amedrentarse, aprestó su arma para el combate. En el último momento, Alida giró en el aire y batió con fuerza sus alas para tomar altura, alejándose a gran velocidad mientras emitía un horripilante chillido de rabia que se perdió, arrastrado por el viento.

     Bayren no terminaba de creer lo que había visto. Lejos de alegrarse, se preguntó, ahora que la arpía se había ido y la sirena lo miraba con sus enigmáticos ojos, si no hubiera sido mejor haber sucumbido al hechizo de aquella maldita perra cantora. Quizá habría muerto, o así lo esperaba, sin dolor. En cambio ahora… Se sintió muy cansado y guardó la daga en el cinturón. Algo le decía que le sería de tanta utilidad como las garras a Alida. La sirena aún lo observaba. Entonces hizo ademán de sumergirse, pero Bayren la detuvo.

     —¡Espera! —el guerrero probó un gesto de súplica—. ¡Por favor!

     La sirena se detuvo, lo miró como si estuviera decidiendo algo, y luego nadó hasta situarse a pocos metros del náufrago.

     —¿Por qué me salvaste? —preguntó Bayren resistiéndose a morir sin, al menos, entender lo que había pasado.

     —No lo hice —respondió Laisha con un extraño fulgor en su mirada azul. Ante el estupor reflejado en el rostro del humano, añadió—: A veces las arpías se exceden en sus atribuciones. Me limité a instar a Alida a respetar la ley.

     —Pero, no lo entiendo —confesó el guerrero—. ¿Por qué no intentó…?

     —¿Atacarme? ¿Entonar su melodía contra mí? —interrumpió Laisha con un brillo salvaje en sus ojos. La confusión de Bayren no hizo más que aumentar—. Porque no se atrevió —desveló al fin la criatura marina. A continuación preguntó, burlona—. Dime ¿has escuchado alguna vez el canto de una sirena? —Bayren negó lentamente con la cabeza, cautivado por la deslumbrante mirada de su involuntaria salvadora—. Créeme, es mejor así —respondió Laisha, muy seria de repente. Pero en seguida se explicó—: Las arpías son seres cobardes por naturaleza, por eso Alida huyó sin pelear. Solo enseñan sus garras cuando llevan ventaja —concluyó Laisha con una sonrisa mientras imitaba las armas de la arpía con sus manos.

     El guerrero sonrió a su pesar. Luego, consciente de su situación, bajó la mirada como un condenado que ha visto cumplido su último deseo antes de ser conducido al cadalso. Laisha, adivinando lo que pensaba, lo consoló:

     —No te apenes, guerrero. Hoy no morirás   —dijo la sirena mirándolo con serenidad.

     —He ofendido a los dioses —confesó Bayren. Luego agregó—: Me han abandonado, y con razón.

     —Si eso fuera cierto, no habría podido llegar hasta aquí —contestó la sirena, cuyos ojos burlones refulgieron por un instante.

     —Pero tú dijiste…

     —Sé lo que dije —interrumpió Laisha—. Y también sé lo que dijiste tú. Mira al horizonte, a tu espalda.

     Bayren lo hizo y se quedó sin habla. En el horizonte había aparecido, lejana pero inconfundible, la silueta de una nave. Entonces, mientras irrefrenables lágrimas de alegría empezaban a resbalar por sus mejillas, escuchó tras él las reveladoras palabras de la sirena, justo antes de sumergirse.

     —¡Infortunados y ciegos humanos! Los dioses no quieren que matéis por ellos. Nunca quisieron.

 

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     *Arpía: en griego antiguo, “que vuela y saquea” (nota del autor)

 

"Cuento del mes" correspondiente a agosto de 2015 del autor invitado Helkion.
Puedes conocer más del autor y de su obra en este enlace.

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