Personajes inteligentes

Ya he comentado alguna vez que en 2014 leí la trilogía “Príncipe de nada”, de R. Scott Bakker. Es una obra colosal, con todos los ingredientes para convertirse en una saga de referencia en estos buenos tiempos que corren hoy en día para la literatura fantástica.

Una de las características que más me llamó la atención de la obra fue lo creíbles que resultan sus personajes inteligentes. Hay varios que destacan por ello, aunque cada uno es inteligente a su manera, como Anasûrimbor Kellhus, Cnaiür Urs Skiötha, Ikurei Conphas, Ikurei Xerius II o Drusas Achamian. Otros más conocidos en la literatura y la ficción pueden ser el clásico Sherlock Holmes o el enano de “Juego de Tronos” Tyrion Lannister, el vulcano señor Spock, Albus Dumbledore de la saga de Harry Potter o el doctor Langdon de “El código da Vinci”, y me dejo muchísimos más. Los más listos abundan en la ficción, desde luego, y lograr que sean tan creíbles y que lleguen a la profundidad que consigue “Príncipe de nada” será muy positivo para nuestras obras.

Me parece que crear personajes inteligentes es particularmente complicado. Y eso me preocupa, porque preveo necesitar personajes verdaderamente listos en alguna de mis próximas obras. En primer lugar, cualquiera de los ejemplos mencionados (Holmes, Langdon, etc) es más inteligente que yo mismo; o lo serían si fueran reales. No veo ningún obstáculo especial en crear personajes de ficción que superen al escritor en fuerza, belleza u otro tipo de habilidades físicas. Pero las habilidades intelectuales suelen requerir un tratamiento más profundo: como autores, debemos ponerles en movimiento, pero también debemos crear sus diálogos y colarnos en sus pensamientos. ¿Cómo hacer un diálogo y elaborar los pensamientos de un personaje inteligente si nosotros mismos no somos tan brillantes?

Esta preocupación, y el deseo de ser capaz de crear personajes tan ricos como los de “Príncipe de nada”, me llevaron a investigar sobre mi propia experiencia lectora y obtener algunas claves y fórmulas para generar personajes inteligentes. Sin más, las comparto con vosotros como primera aproximación al tema y agradeceré cualquier comentario o ampliación que mejore esta miniguía. Antes de nada, un apunte: lo principal es transmitir al lector que el personaje es inteligente. Y no hace falta que brille constantemente, con unas pinceladas es suficiente para que el lector entienda que está delante de una mente privilegiada.

  1. La fuerza bruta de la omnisciencia: contarlo directamente. Si nuestro narrador dice “Juan era inteligente”, ¡tachán! Magia, acabamos de crear un personaje inteligente con tres palabras. El lector obtiene esa información, sí, pero sin embargo no es una conclusión que él mismo haya sacado. Por lo tanto, este recurso es desaconsejable en general y creo que únicamente aplica en casos muy particulares: para personajes secundarios que sólo van a aparecer en un par de escenas, o para textos breves que sigan los códigos de los cuentos de hadas donde sí se suele caracterizar de sopetón a los protagonistas. Aún así, siempre se le puede dar un poco más de color y usar fórmulas como “Juan era el más listo de su clase”, etc.
  2. La fuerza, no tan bruta, de lo que dicen: que lo cuente otro personaje. Si en vez de un narrador omnisciente es otro personaje el que opina de nuestro protagonista inteligente, el lector recibe la información igualmente, pero con un grado más de sutiliza y sofisticación que en el caso anterior. Dos amigos pueden estar hablando y comentar el uno al otro “Cuidado con Juan, es muy inteligente” o “Deberías hablar con Juan, es el más inteligente”. En “Morirás en Chafarinas” de Fernando Lalana, el protagonista habla con uno de sus superiores (estamos en un ambiente militar) sobre Cidraque, quizás el personaje más interesante de la novela, y alaba su extrema inteligencia. Por supuesto, hay muchos otros recursos para subrayar y demostrar esta característica, pero esta es una contribución más.
  3. Inteligencia presupuesta. Si decimos que el rey hizo llamar al sabio, que al muchacho le asignaron un preceptor, que la policía contaba con su mejor inspector para este caso, o que el científico que inventó la máquina del tiempo había desaparecido, nuestro lector llegará a la conclusión inmediata de que el sabio, el preceptor, el inspector o el científico son inteligentes. No han hecho nada aún como personajes, aparte de existir, de aparecer en la narración, y sin embargo el lector ya les presupone con altas capacidades intelectuales por su condición. ¡Fenomenal! Empezamos con buen pie, pero si el personaje que hemos presentado así continúa apareciendo en nuestra ficción, habrá que hacerle hablar, pensar y actuar de manera inteligente, con lo que no hemos resuelto todavía el reto, con este truco sólo encarrilamos un poco las cosas. Además, únicamente es válido para personajes obvios, podrían dar mas juego un inspector de policía  más bien torpe pero que resuelve todo de casualidad (el Inspector Gadget).
  4. Rodea tu personaje de elementos que denoten inteligencia. Supone un pequeño grado de sofisticación más que el del caso anterior. Aunque supongamos inteligente a un profesor por el mero hecho de serlo, siempre le podemos añadir algún detalle que redunde en esta idea: que use gafas, que su casa contenga grandes estanterías con libros (y si están en varios idiomas, mejor que mejor), etcétera. Cuidado con caer en arquetipos: viejo, larga barba blanca, gafas... ¡enhorabuena! Acabas de caer en un perfecto cliché.
  5. Mostrar la inteligencia: ponlo a jugar al ajedrez o a resolver un sudoku, o inventa un juego ficticio como el sitrang de “Canción de hielo y fuego” o el benjuka de la propia “Príncipe de nada”. Por ejemplo, en Blade Runner, Nexus 6 demuestra al espectador con un movimiento de ajedrez su inteligencia superior. ¡Ojo! Esta acción de Nexus 6 cumple una función muy determinada en la trama de Blade Runner, es bueno asegurarse de que nuestros personajes no hacen estas actividades porque sí, simplemente para que el lector se percate de sus habilidades, deben tener además su propio sentido en la ficción.
  6. Despliegue de conocimientos. Como autores de una obra, conocemos secretos que iremos desvelando en forma de pequeñas dosis al lector. Una manera apropiada de hacerlo es a través de un personaje, mediante diálogo. Por ejemplo, si en una expedición arqueológica el doctor conoce la historia de lo que pasó allí hace mil años, puede contarla perfectamente al resto de compañeros mientras toman un café. En fantasía y ciencia ficción esto funciona asombrosamente bien, porque además cubre la función esencial de desplegar ante el lector nuestro universo de ficción. ¿Quién no quiere que le cuenten una noche junto al fuego cuál es el origen de los espectros —y su probable punto débil— antes de ir a combatirlos?¿O que le narren la historia de la antigua ciudad maldita sobre cuyas ruinas están acampando y que además explica las pesadillas que todos han tenido?
  7. Resolución de enigmas. Como autores, conocemos la resolución de los enigmas: nosotros los diseñamos precisamente a partir de la solución, y dosificamos las pistas por la narración. El autor del Código Da Vinci conoce lo que contiene el críptex que los protagonistas se esfuerzan en descifrar, pero es tarea del inteligente Robert Langdon abrirlo. Lo mismo ocurre para descubrir al asesino: el autor sabe desde el inicio de la novela quién es el culpable, entrega las pistas minuciosamente para que el lector haga sus propias teorías y para que el protagonista ate cabos y resuelva el caso (preferiblemente, de una forma que el lector no había imaginado).
  8. Decisiones brillantes: el recurso de la sorpresa. Es un recurso similar al anterior, pero que se da no cuando el protagonista resuelve un misterio, sino cuando toma una decisión. La sorpresa debe consistir en la decisión especialmente acertada del protagonista y que el lector no esperaba. ¿Cómo hacerlo? Una vez planteado el problema, nosotros como escritores definimos 3 soluciones pero presentamos el texto de manera que parezca que sólo hay dos, ninguna buena del todo para el protagonista. Entonces, el personaje inteligente de repente se descuelga con la tercera, que el lector no imaginaba pero que encaja como un guante en la trama. ¡Genial! Acabamos de dar una muestra indudable de inteligencia de nuestro personaje.
  9. Diálogos brillantes. Ironía, humor, audacia, rapidez de respuesta o buena memoria son signos de inteligencia que pueden lucir nuestros personajes en los diálogos. Pero donde más destaca la inteligencia es en duelos dialécticos, al negociar o argumentar frente a un rival. Sí, es muy difícil conseguir diálogos brillantes, requiere mucho trabajo y puede ser útil tener algunos conceptos básicos de negociación (quién me diría que esto que aprendí en un Máster de negocios aplicaría a literatura), como los intereses, las opciones y la legitimidad de cada parte, el mejor acuerdo posible, etcétera.

Estos puntos pueden ser el embrión de una guía práctica para la creación de personajes inteligentes. Como decía al principio, no están extraídos de mi experiencia como autor, sino como lector y espectador. De verdad funciona leer con ojos de escritor, coleccionar ejemplos de cómo en un libro, película o serie se ha resulto cierto aspecto, y analizarlos, sacar factor común para descubrir las técnicas que mejor funcionan.

¿Cómo crearíais vosotros personajes inteligentes?

 

Imágenes: (1) Ajedrez, uno de los iconos más representativos de la inteligencia. Tomada de Pixabay, bajo licencia CC0 de dominio público. (2) Pensador de Rodin, tomada de Flickr del autor Japanexperterna.se, bajo licencia CC BY-SA 2.0 (3) Trilogía "Príncipe de nada", fotografía propia.

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