Peluqueros y taxistas

 

Una chica de un pueblo de Ciudad Real decide venir a vivir a Madrid. A su familia no le parece bien, pero ella sabe que en el pueblo sólo tiene dos opciones: seguir viviendo con sus padres o casarse. En la capital, sin embargo, le esperan otras opciones.

Un chófer tiene el encargo habitual de llevar a ciertos empresarios al estadio Santiago Bernabéu. Se dirigen a palcos privados en los que cerrarán algunos negocios. Además de ver un partido del Real Madrid en el estadio, serán agasajados con otros lujos, y también con prostitutas en un hotel de cinco estrellas. –Todos firman –piensa el chófer–, todos los que aceptan las prostitutas luego firman.

En las películas no impresionan, pero en la realidad uno se queda paralizado, sin saber que hacer, sin atreverse a tocarla ni siquiera. Una pistola. Ahí, olvidada quizá. ¿De quién sería?¿Por qué aquél objeto se había cruzado en mi camino?

Debería haber estudiado. Sus padres, tras interminables años de sacrificios, podían permitirse pagarle los estudios. Pero sin embargo él lo dejó todo por venir a España.

Felisa regentaba un bar en Madrid, sede de una de las principales peñas atléticas que de vez en cuando recibía la visita de un jugador. De joven, mucho antes de que aparecieran las primeras canas, trabajó en un hotel haciendo camas y limpiando habitaciones. Un buen hotel, sí, cerca de Las Ventas y en el que se solían alojar los toreros más famosos. ¿Que me quede con unos? Los futbolistas de hoy. Sin ninguna duda. Los jugadores siempre tienen un detalle para los peñistas, y también para los que estamos detrás de la barra. Los toreros de entonces ni siquiera te miraban a la cara.

Una vez llevé a la Duquesa de Alba. Sí, sí, ahí mismo, donde está sentado usted ahora. Oh, sí, hablamos. Una señora muy amable y muy generosa. Mucho mejor de lo que puede parecer en televisión, de verdad.

¿No conoces el fútbol gaélico? Es un deporte muy interesante, aquí tiene más afición incluso que el fútbol. Todos los años se organiza una competición entre Irlanda y Australia a dos partidos, uno de fútbol gaélico y otro de rugby. Sí, se parecen bastante. El taxista pasó a detallarme las reglas de aquel deporte. Estaba en Dublín, cuna de grandes escritores, a los que incluso tiene dedicado un museo. Y, de nuevo, me encuentro con que el taxista me habla de fútbol… por lo menos esta vez es diferente.

Sí, es Saratoga, una de sus canciones antiguas, hace más de diez años que fue single. En esta emisora, y a estas horas, pinchan canciones de todo tipo, no sólo las de moda. Sí, yo también he pasado muchas noches en el Excalibur o en el Hebe. ¡Qué tiempos! Iron Maiden viene de gira.

Supe que aquél no era mi sitio en el preciso instante en el que me pidieron opinión sobre el antes y el después de la cirugía estética de Belén Esteban. Como me daba absolutamente lo mismo, me limité a hacer coincidir mi recién adquirida opinión con la de la peluquera, en contra del punto de vista de la otra clienta. Me pareció mucho más sensato darle la razón a la persona que manejaba unas tijeras sobre mi cabeza. Podría haber sido peor, la revista estaba plagada de noticias de la Casa Real.

Paramos primero en su hotel y me despedí de él. Una pena, la conversación me había venido bien para no pensar en la endiablada velocidad de aquel taxi, en noche cerrada y por aquellas calles de Varsovia, tan desconocidas para mí. Por suerte, el resto del trayecto desde su hotel hasta el mío consistía en un zigzagueante callejeo que impedía ir rápido. Por fin llegamos. El taxista se bajó servicial y, cuando abrió el maletero, vi aquella maleta. Roja como la mía, pequeña como la mía, pero que no era la mía, y que podría contener un buen puñado de informes confidenciales.

 

Algunos de estos párrafos son fieles, otros son inventados, y otros tienen elementos reales e imaginados juntos. Están extraídas principalmente de taxis y peluquerías, una de ellas es de hoy mismo. Y es que taxistas y peluqueros son buenos interlocutores, conocen cientos de historias, incluso las suyas propias, y las comparten. Estas historias pueden moldearse, exagerarse, retorcerse y convertir en ficción. No necesariamente deben derivar en una novela o un cuento, algunas sí pueden hacerlo, otras sin embargo serán más apropiadas para crear un personaje o ambientar una escena. Todas son aprovechables y, si son flojas, prueba a introducir algún elemento agresivo o fantástico: una pistola, cocaína, una enfermedad o un muerto, sexo, un cocodrilo, un hechizo, un dragón o un superpoder.

Si eres escritor, aprovecha esos minutos en los que no se puede hacer mucho más que hablar para escuchar con el detector de ficciones activo. Si eres peluquero o taxista, por favor, sigue contándonos tus anécdotas, tu vida o tus opiniones. Quién sabe, pueden acabar formando parte de una novela algún día.

 

Imágenes: (1) "Das letzte Taxi", tomada de flickr del usuario Emanuele, bajo licencia CC BY-SA 2.0 y (2) peluquería tomada de pixabay bajo licencia CC0 de dominio público 

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