De niños y trenes

 

El camino que uno sigue en la vida raramente cambia

y más raramente aún lo hace de manera brusca.

Y la forma de su sendero particular era ya visible desde el principio.

No es país para viejos, Cormac McCarthy

 

            Recordaba a Santi anclado en su silla de ruedas, la mirada fija en el lugar que antaño ocupara su pierna derecha, ajeno a todo lo que no fuera su dolor. No siempre había sido así, claro, pero con el paso del tiempo los recuerdos tienden a simplificarse, a convertirse en una simple fotografía mal enfocada que no nos deja más remedio que fabular para comprender qué fue lo que pudo ocurrir. 

            Habían pasado tantos años desde la última vez que había visto el rostro de Santi, que evocar de nuevo todos aquellos momentos me provocó una inesperada sensación de vértigo. Me senté en un banco frente al bar que frecuentaba –uno de los pocos consuelos que nos queda a los solitarios, hombres que dejaron atrás los cincuenta y no saben de mujer ni hijos y, en ocasiones, ni de amigos– y cerré el periódico. Las nubes enfoscaban el cielo, amenazando lluvia, la misma lluvia gris y triste que nos había acompañado el día que Santi perdió la pierna.

            Tendríamos ocho, quizá diez años; hasta detalles como los de la edad me resulta difícil precisar. Éramos un pequeño grupo de chavales que correteaba por el pueblo y disfrutaba con las travesuras típicas de la edad. El nuestro era un pueblo pequeño, diminuto para los tiempos que corren, perdido entre viñedos y tierras de baldío en el norte de Soria. Pocos éramos los niños que quedábamos, nosotros cuatro y otros tres más, adolescentes distantes con los que nuestro trato se limitaba a las consabidas burlas y posteriores humillaciones. Nuestras diversiones eran pocas: ver a los mayores sudar y gritar en el frontón, recorrer las calles a la carrera o jugar al balón en una estrecha franja de tierra junto a las bodegas. Había una que amábamos por encima de todas las demás: bajar al tren.

            Junto al pueblo se levantaba (o, como nos dijo una vez el alcalde, crecía y se agarraba al suelo estéril como una mala hierba) la estación, una edificación olvidada y cochambrosa con un apeadero que hacía más de diez años que nadie frecuentaba. Por allí circulaban brillantes monstruos segmentados, de metal sucio y plástico descolorido, pitando y ronroneando para alertar a los despistados o, como recitaba mi abuela, para espantar a las gallinas. Sólo los trenes de mercancías quebraban el silencio de la estación abandonada; los de pasajeros se internaban en tierras más fértiles, al menos en el aspecto económico. Rasgaban el paisaje dos vías marchitas, surcos trazados en una tierra de la que ya no brotaría nada. Junto a ellas, el retoño de un coloso había olvidado uno de los vagones de su tren de juguete. Aquel vagón cubierto de herrumbre (alimento para plantas trepadoras e insectos voraces), que llevaba impreso en un lateral el número cuarenta y dos garabateado torpemente con pintura blanca, se había convertido en nuestro santuario privado y lugar preferido de reunión.

            Acostumbrábamos a bajar al tren al salir del colegio, en aquellas horas que precedían al anochecer, cuando nuestros padres nos reclamaban a gritos como si, desde la distancia, sus voces tuvieran más fuerza que su presencia. Bajábamos los cuatro, amigos inseparables, pues nadie más había allí. Luis, Alejandro, Santi y yo, los cuatro mosqueteros, como decía el señor González, nuestro profesor de Historia. Los cuatro amigos, inseparables, que cuando abandonaron el pueblo, cada uno protagonista de su propia vida, no volvieron a verse nunca. 

            Pero allí, en el vagón, cuando nuestra edad representaba una vacuna para los prejuicios, todo era diferente. Hablábamos de nuestros padres, de nuestras vidas, de nuestros sueños. De la vida tal y como la entendíamos. Pero sobre todo imaginábamos, creábamos historias –ah, Santi siempre fue el fabulador, el cuentacuentos– y nos evadíamos de una realidad que, muchas veces, nos entristecía, o simplemente nos aburría. Entrar en aquel vagón era viajar en una máquina del tiempo, recorrer las sendas de otras vidas que nos inspiraban relatos mágicos, maravillosos.

            Hasta el accidente, claro.

            Después vinieron hombres de Soria y visitaron la estación y dijeron que aquello era peligroso -insalubre fue la primera palabra que pronunciaron; tuve que preguntarle a nuestro profesor qué significaba-, que había que cerrarlo, o demolerlo, pero sobre todo evitar que los niños vagaran por allí. Clausuraron el acceso a la estación y se llevaron el vagón. Con él se llevaron los sueños de cuatro niños, y no sería aventurado decir que aquel día nuestras vidas cambiaron de rumbo, aunque después el tiempo nos colocara a cada uno en nuestro sitio.

            El accidente ocurrió una tarde de miércoles, una tarde de nubes grises, de pájaros negros escondidos entre las ramas de los árboles, de silencio. Así bajamos al tren, en silencio, con nuestras mochilas a la espalda, llenas de libros. Cada uno de nosotros ocupaba su mente con sus propios pensamientos, la tristeza del gris de la tarde interpretada como un mal presagio. No creo que ninguno anticipara lo que había de ocurrir -no me permitiré nunca pensarlo- y, sin embargo, todos sabíamos lo que debíamos responder cuando los mayores nos preguntaron lo ocurrido. Todos, incluso Santi, aunque él lo supiera más tarde.

            Llevábamos varios días practicando un nuevo juego, una de esas diversiones que vista a través de los ojos de un adulto pierde su carácter intrépido y se convierte en una baladronada temeraria, en un absurdo reto impropio de unos niños bien educados. Nos encerrábamos en nuestro vagón y, en silencio, esperábamos. Habíamos sustituido nuestras charlas y nuestras bromas por una espera tensa, y buena culpa de ello la tenía Santi. En nuestro nuevo juego cada día participaba uno de nosotros, pero invariablemente Santi se negaba a hacerlo. Argüía miedos y castigos como absurdas excusas. Los demás nos encogíamos de hombros y, tras una rápida deliberación para encontrar otro voluntario, le dejábamos atrás, en el vagón, y salíamos a las vías.

            Aquel día iba a ser distinto. Lo habíamos hablado entre nosotros, Santi tendría que participar, quisiera o no. En el pueblo formábamos una pandilla, y en una pandilla todos debían asumir sus responsabilidades. Santi caminaba delante, sonriente, ajeno a las maquinaciones que tramaban aquéllos a los que consideraba sus amigos. Después de lo ocurrido nuestra relación no se perdió, cosa que hubiera sido comprensible, pero un poso de amargura y, quizá, de odio, se asentó en el espíritu del grupo, lo que hizo que poco a poco dejáramos de vernos, hasta perder por completo el contacto.

            La relación con Santi fue distinta, claro.

            En cualquier caso, aquella tarde Santi bajaba a la estación silbando y, tras él, nosotros planeábamos nuestra broma, nuestro error. Si por un solo segundo hubiéramos sido conscientes de lo que podía ocurrir, de la magnitud del hecho que acaecería, nos hubiéramos detenido a mitad de camino y habríamos vuelto a nuestras casas. Al menos eso es lo que quiero creer.

            Lo que necesito creer.

            Santi entró en la estación y se deslizó como una sombra del atardecer por el suelo asfaltado hasta la entrada de nuestro vagón. Se volvió una vez para mirarnos, y su rostro -una sonrisa, ojos muy abiertos, el pelo enmarañado en su frente- es el que viene a mi mente siempre que pienso en cómo era él antes del accidente. No hablaré demasiado de cómo transcurrieron las conversaciones y los juegos en el interior del vagón, pues si algo se nos antojaba por vez primera prescindible era precisamente nuestra estancia entre aquellas cuatro paredes de herrumbre y moho.

            Cuando nuestros relojes, sincronizados con el viejo reloj de la plaza del pueblo, marcaron la hora, supimos que había llegado el momento de actuar. De sobra conocida la puntualidad del tren de mercancías procedente de Madrid, andábamos escasos de tiempo. Agarramos entre los tres a un Santi sorprendido en principio, indignado después (hasta el punto de lanzarnos patadas y puñetazos), sometido y abatido cuando vio que su lucha, desigual y condenada al fracaso, estaba sentenciada desde hacía días. Lo arrastramos al exterior entre gritos y lágrimas.

            Pensamos que si no terminábamos pronto alguien podría oírle -y así fue, como luego dijo a la policía la mujer mayor que llevaba la panadería del pueblo, pero aquello no alteró lo que debía suceder-, por lo que uno de nosotros, no diré si yo u otro pues es un recuerdo que quiero olvidar, le cubrió la boca con la mano y esperamos.

            Esperamos.

            Esperamos durante un minuto, no más, y fue el minuto más largo de nuestras vidas, pues siempre lo recordaremos cuando, tras hablar con otras personas, miremos atrás y pretendamos ser dignos y sin mácula, cuando vayamos a la iglesia y mancillemos la confesión con nuestro silencio.

            El tren surgió tras la curva como estaba previsto. Después todo fue precipitado, confuso. ¿Qué pretendíamos hacer? Incluso ahora, cuando lo revivo con el ánimo de perdonarme, se me antojan confusas nuestras pretensiones. Sí, queríamos cruzar las vías delante del tren, como habíamos hecho otras veces. Sí, queríamos hacerlo llevando con nosotros a Santi. Y, sin embargo, cuando tropezó y cayó al suelo y se le enganchó el zapato en la vía, no nos detuvimos. Llegamos al otro lado de nuestro Rubicón y nos volvimos y le miramos mientras imploraba nuestra ayuda, y no hicimos nada.

            Nada.

            Nada.

            Yo tenía el rostro cubierto por completo de sangre, sangre de Santi, cuando aquella mujer vestida con el uniforme de la policía me tomó del brazo y me condujo al coche para interrogarme. Nos separaron, nos hicieron preguntas difíciles de responder.

            Sin embargo, todos respondimos lo mismo.

            Ahora, tras tantos años, sé que lo que hicimos fue terrible. Pero éramos sólo unos niños, no se nos podía acusar de nada. La maldad es algo inherente al hombre, y se manifiesta con más fuerza a edades tempranas.

            Santi gritaba como un animal atrapado en un cepo -al fin y al cabo, había perdido una pierna-, pero a pesar de todo nos escuchó, y cuando los agentes de policía le preguntaron (varios días después, en una habitación blanca de hospital) por lo ocurrido, corroboró nuestra versión.

            Tantos recuerdos tristes, tanto dolor. Todo había vuelto a mi cabeza –a esa cabeza de viejo, que justifica sus olvidos y falsea lo malo del pasado para seguir viviendo– tras leer el periódico que descansaba junto a mí, en el banco. Volví a cogerlo entre mis manos y lo abrí de nuevo por la sección de sucesos. Acostumbraba a leerla, así como las esquelas, costumbre de viejo que ve cómo la muerte le pasa el brazo por la espalda, sobre los hombros, y le sonríe con camaradería no correspondida. Sin embargo, hoy era distinto. Allí estaba Santi, su rostro desdibujado en una maraña de puntos grises. Más viejo, más serio, pero sin duda era él. La foto era de archivo, pues tras el accidente que relataba el periódico pocas fotos podrían sacarle. Había muerto, como todos antes o después, aunque pocos sabían que lo que había muerto en ese momento era su cuerpo. Nosotros, sus amigos, matamos su alma mucho tiempo atrás.

            En el periódico hablaban del accidente con palabras medidas, en un tono aséptico que me enfermaba. Cifras, distancias, años. Hacía mucho tiempo que no había ocurrido una desgracia así, como si el hecho de que hubieran transcurrido quince años desde el último suavizara la magnitud de la tragedia actual. No, para un viejo como yo, que vive de la nostalgia y sabe de la cercanía de la muerte, las palabras narraban un cuento de hadas, algo tan ajeno a la realidad que me perturbaba.

            Un tren de pasajeros había descarrilado. Un tren de provincias, viejo y descuidado, un tren que Santi había escogido para clamar su venganza, cerrando el círculo que las ruedas metálicas de aquel viejo tren de mercancías habían trazado con mano temblorosa en su cuerpo. Santi, que tras años de reclusión y estudio y esfuerzo sin medida había logrado su sueño, ser maquinista de tren. Santi, que sonreía y disimulaba cuando los altos dignatarios que menospreciaban su minusvalía elogiaban su logro. Ese mismo hombre que había urdido un plan absurdo para redimir su relación pecaminosa con las vías, ese mismo hombre que había consagrado su vida a un solo instante: descarrilar un tren.

 

"Cuento del mes" correspondiente a diciembre de 2015 del autor invitado Santiago Eximeno.  Premio Certamen Cultural CREA de Relato, 2008.

Puedes conocer más sobre el autor y su obra en su web: www.eximeno.com

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