Iniciación al haiku (2)

 

Había una vez en el bosque de Caù una niña llamada Kotusei que cada mañana al salir el sol iba a buscar las Vancoras para la comida. Pero una mañana, más temprano de lo habitual, se encontró con la vieja Wonara, que le dijo: “¿A qué hora canta la abubilla?” La niña se quedó paralizada de miedo y no respondió. Y la Wonara la hizo pedacitos y se la comió.

El texto anterior es extraño. Se trata de un cuento tradicional de Gabón. Lo he extraído del libro “Cómo contar un cuento e inventarse cientos” de Paola Santagostino, que he comentado varias veces en Diludia. Paola dedica uno de los apartados de su libro a explicar qué cuentos no deben contarse a un niño. Uno de los tipos a evitar son los cuentos que resultan demasiado lejanos para el niño, los que vienen de una cultura totalmente diferente, porque no los entenderá y su imaginación lo interpretará a saber de qué manera. Este ejemplo seguro que es totalmente claro para un niño de Gabón, pero para un occidental no es comprensible en absoluto.

Una de las realidades contra las que me he estrellado durante mi iniciación al haiku ha sido precisamente la de enfrentarme a una cultura tan diferente como la japonesa. No son pocos los haikus que requieren un cierto conocimiento de la cultura, la tradición o naturaleza del país oriental para entenderlos. Por suerte, mi libro guía en este viaje, “Aware” de Vicente Haya, recopila un buen número de haikus seleccionados y comentados, incluyendo cuando es necesario las indicaciones sobre la cultura japonesa suficientes como para disfrutar el poema. Por ejemplo:

 

Un solo lazo de papel votivo

en una rama seca

movida por el viento

 

Este haiku de Tsuji Mitshuhiro es comentado con detalle en “Aware” en su capítulo (o lección) número 19. Leído de primeras, no me dijo demasiado, igual que no me dicen nada conceptos como la Wonara o si hay que madrugar más o menos para buscar las Vancoras. Pero cuando Vicente Haya me explicó a continuación qué es el papel votivo, qué significa, para qué y cómo se usa, entonces no sólo entendí el haiku, sino que lo disfruté y lo aprecié de verdad. 

Desde luego, hay otros muchos haikus que no necesitan nada más de lo que sabe cualquiera ya de niño para entenderlo plenamente, como este de Kataoka Yumiko incluido también en “Aware” en su primera lección:

 

Las hormigas

suben por una hoja de hierba...

y en seguida bajan

 

Mi iniciación al haiku ha sido muy fructífera en lo que respecta a lo aprendido, pero también me ha llevado a abandonar el proyecto que comencé con el año 2015. Consistía en crear cada semana un nuevo haiku basado en una fotografía. Seguí ademante con aquello durante 12 semanas, con la ayuda de Aida Millán y Javier Vendrell que me proporcionaban las fotografías correspondientes. La idea inicial era componer 52 haikus sobre 52 imágenes, uno por cada semana del año 2015.

Pero el proyecto que ya comenté en Diludia (aquí) así planteado no tenía ni pies ni cabeza.

Un haiku inspirado en una imagen no es que esté prohibido, pero no es precisamente una base habitual. Un haiku por semana es una pauta que nada tiene que ver con la filosofía que hay detrás de la composición de este tipo de poemas. Pero quizá lo más estridente de todo era el hecho de explorar una fotografía en busca de una inspiración para el haiku semanal. Para un cuento u otro tipo de creación la metodología quizá sí resulte atractiva, pero un haiku no se crea de esta manera. Surge de un asombro y el poeta o, mejor, el haijin, no busca este asombro conscientemente. El proceso tiene que ver más con permanecer atento y abierto, sensible para captar esos momentos de asombro de los que la  naturaleza está plagada, pero desde luego un haiku no es algo que pueda acecharse o que pueda ser cazado, forzado o ni siquiera buscado.

Por eso lo dejé en la semana 12. Fue un buen ejercicio para aprender a componer en el formato de 17 sílaboas, 5-7-5, desde luego, pero haikus no eran. Por otro lado, sí que creo haber compuesto ya fuera de este reto varios haikus realmente sinceros y provocados por un “aware” o momento de asombro real.

Y aquí llega el segundo topetazo con la realidad.

Me da la sensación de que tengo la sensibilidad de un iceberg. ¿Cuatro o cinco verdaderos haikus en un año? Sí, parece que en vez de ojos para captar la realidad llevo puestos rayos láser que se enfocan en una única cosa cada vez y dejo pasar el resto de la realidad sin prestarle la más mínima atención. Es difícil fascinarse por algo como el camino que siguen las hormigas si uno no se fija en que hay hormigas en el suelo del parque.

Este 2015 he descubierto un género, el haiku, fascinante y quizá no del todo clasificable como poesía. Me conformo con eso, y con escribir uno de vez en cuando, aunque necesite un Titanic que se me estrelle en mi cara de iceberg para tener un “aware”.

 

Imágenes: (1) monte Fuji, (2) iceberg, tomadas de Pixabay bajo licencia CC0 de dominio público

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