X-Men, Metallica y el vals de Orion


Este fin de semana fui al cine a ver X Men: Apocalipsis. Uno siempre espera ver imágenes y bandas sonoras espectaculares en este tipo de películas. Pero esta fue incluso más allá y me sorprendió con una escena en la que atronaba The four horsemen de la banda americana Metallica. La canción no estaba en la película simplemente por temas mediáticos o comerciales, sino que cumplía una función en la ficción: reforzaba los mensajes evidentes de la película con menciones expresas a los cuatro jinetes del apocalipsis, la idea de matar a todo el mundo (típico de superhéroes, desde luego) y la ambientación ochentera -la canción es del álbum Kill'em All, de 1983-.

Casualidad o no, hacía tiempo que me rondaba hablar de Metallica en Diludia. No tanto de la banda en general o del binomio heavy-literatura (que también tiene su aquél), sino por algo muy concreto y particular.

Coincidió que estaba trabajando en un brevísimo cuento sobre un planteamiento o metodología que me propuso Juan Miguel Lorite. Un cuento de menos de diez líneas para un ejercicio literario, un experimento entre amigos escritores. La escena más potente que me vino a la mente para dar vida al cuento fue una pareja de novios bailando un vals… después de muertos. No sé si esta idea surgió como consecuencia de escuchar la canción o si la idea surgió primero pero se redondeó al escucharla. Pero el resultado, en cualquier caso, fue que música y creación literaria funcionaron bien juntas. ¿Qué canción era esta? Orion, también de Metallica, de su álbum Master of Puppets. Se trata de un tema instrumental que, en el minuto 3:58, entra en un momento de calma que rompe con la pauta general y, durante cosa de dos minutos, guitarras, bajo y batería entonan algo así como un vals heavy. La portada de un cementerio de Master of Puppets quizá hacía evidente el resto: el vals para mis enamorados más allá de la muerte no sería un vals al uso, uno clásico, de orquesta. No. Tendría que ser el de Metallica, más oscuro, marginal, con ese punto enigmático y esa discordancia de una melodía que parece no cuadrar con los instrumentos que la interpretan pero que queda misteriosamente bello. Creo que aquel día y los siguientes escuché Orion más de veinte veces. Sí, me obsesiono con la música hasta saturarla cuando ocurre algo así, y que una canción sintonice tan bien con una ficción en pleno proceso de creación es sin duda una casualidad que merece la pena explotar.

Todos tenemos nuestra propia biblioteca de canciones, grupos y melodías atadas a distintos recuerdos y sensaciones personales, algunas de forma muy profunda. Los escritores, además, imaginamos sin parar escenas, unas se plasmarán en obras y otras se morirán y serán descartadas antes de salir de nuestro conectoma. Una escena sin fuerza difícilmente se traducirá en un texto. Por eso, ligar una canción o un fragmento a una escena nos puede valer para inyectarle pasión. Desde luego, no será necesario que la música aparezca ni se mencione en la escena definitiva, yo sólo mencioné la palabra "vals" pero no indiqué nada más, cada lector que se imagine el suyo. El mío estaba claro, un vals entonado por guitarras eléctricas y bailado por personajes que bien pudieran haber sido mezcla de universos Tim Burton con Sin City, o Mathias Malzieu con La ley de la calle. Y para eso los violines no pegaban.

Con todo esto no quiero decir que me esté parando a pensar en una banda sonora para cada escena que escriba, ni pretendo elevar el ejemplo a categoría de consejo para escritores o mucho menos a técnica de escritura. Simplemente a veces ocurre, y entonces uno disfruta de verdad escribiendo.

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