Hermanos de sangre

 

 

Hermanos de sangre

Fernando Lafuente

 

         De Óscar sólo me queda el recuerdo de su fulgurante mirada y la afectada cadencia de su caminar cuando se alejó por última vez. Nada más que eso.

         Aquella noche pudo ser diferente, sin duda; pero pasó lo que pasó... y fue culpa mía. No fui capaz de resistir; o tal vez, en el fondo, no quise. No lo sé. En su pugna con el tiempo, de las brumosas escenas del pasado únicamente han perdurado aquellos pasos, un par de fotografías y un pequeño dolor en el pecho; ése que me oprime cada vez que un ligero temblor en el cielo trae hasta mi casa la primera lluvia de abril.

         Apenas acierto a rememorar nuestros juegos de la infancia: la pelota rodando por el lecho verde y mullido del parque, con nosotros siempre detrás; los compañeros afanándose por ganarnos a las canicas cuando hacíamos pareja, en el colegio... No existía el mañana, y el futuro era tan sólo una compleja y distante abstracción.  No tenía sentido para ambos otra cosa que no fuera el jubiloso presente y su pleno disfrute. El ayer nos parecía igualmente extraño y difuso: indolentemente, nos dejábamos seducir por la certeza del «para siempre».

         Fue en aquel sucio cobertizo del jardín, protagonista silencioso de decenas de historias imaginarias; si en verdad existe algo indeleble en mi mente, ha de ser esa nítida imagen. Sucedió un frío fin de semana, a escondidas. En el secreto de nuestra inocencia, y a su abrigo, nos juramos con sangre nuestro particular pacto de eternidad.

         Durante largos y gozosos años, nada fue capaz de vulnerar el íntimo vínculo que, solemnemente, sellamos Óscar y yo aquel mágico día. Nuestra amistad, que no aspiraba a ser auténtico amor únicamente por la coincidencia de género, era completamente inquebrantable. La gente, ajena a nuestro compromiso, murmuraba al respecto que actuábamos con increíble sincronización, que casi éramos la misma persona. Era una comunión prácticamente perfecta.

         El destino no suele dispensar nunca concesiones tanto tiempo: debió de ser por eso que apareció ella. Su nombre era Paula; al menos eso fue lo que nos dijo. Desde el comienzo despertó la atracción en nosotros: nos impuso sus profundos ojos oscuros, nos subyugó con sus curvas de doncella fatal. Paula, sólo Paula; siempre Paula cuando la noche pretende negarnos desplegando su maligno telón, cuando sus tentáculos intentan estrangular mi figura, y la de Óscar, unidos para siempre y por siempre juntos. Paula; sí, Paula: pérfida criatura.

         La conocimos un viernes, en una de esas fiestas que organizaba el Instituto para financiar los viajes de estudios. Era la prima de alguien, no me acuerdo bien; qué importa: nada más empezar la velada, ya lucía voluptuosa su feminidad con la maestría y seguridad de quien se sabe admirada y sabe explotar su ventaja..

         En el colmo de las casualidades, Óscar y yo nos parecíamos incluso físicamente; quiero por ello atribuir al azar el que ella me escogiera a mí, y no a él, como su “víctima” aquella noche. Me cuesta reconocer que apenas me dio tiempo a pensar, y todavía menos a componer mi ensayada defensa. Febrilmente sucumbí, cándido y erubescente, a sus encantos y a sus sinuosos movimientos. Mordí ávido su cebo, sin remordimientos; todo resultaba demasiado sublime...

         No obstante, entre tal maraña de estímulos, sé perfectamente lo que me perdió. Sus labios, irresistibles. Sus labios, exultantes de rojo carmesí; el atrayente rojo de...

         Como si tuviera a su merced una fuerza invisible, me arrastró hacia los servicios con su magnética mirada, y yo me sorprendí a mí mismo siguiendo su estela como un corderito descarriado. Sin embargo, no pude evitar enfrentarme con los gélidos ojos de Óscar cuando pasamos a su lado y ella cerró tras de mí la puerta del baño.

         No se lo reproché nunca; ni siquiera ahora lo haría. Ella no era como nosotros, por supuesto, y yo no tenía derecho alguno a traicionar el juramento que habíamos prestado y que siempre habíamos observado pese a sus implicaciones. Pero la pasión, la obediencia que encadena dulcemente nuestros cuerpos al insaciable deseo, pudo más que nuestro declarado pacto. Entré con ella y la acaricié y la besé desenfrenadamente, como un animal en celo. La besé y la besé, perdiendo el control...

         ...hasta que, perdido del todo, hundí mis colmillos sobre su inocente cuello.

         Aquello fue el final. No podía ser de otra manera. Cuando salí de allí, no hubo tiempo para disculpas o explicaciones: los pasos vacilantes de Óscar le conducían ya fuera del lugar.

         De alguna forma, satisfecha la fogosidad, mi cabeza consiguió poco a poco pensar lúcidamente de nuevo. Supe en ese momento que todo había acabado, de modo definitivo; tan definitivo que tuve la convicción de que jamás volvería a verle.

         Ahora, en la soledad de mi cuarto, me asalta el instante del crucial trato una vez más, y ruego, sin demasiada esperanza ya, por que sea la última y su memoria no me torture toda la vida. Implacables, sus palabras insisten en resonar en mi interior: “Hermano, ambos hemos nacido con el terrible estigma del culto a la oscuridad y la sed de sangre. Los dos somos hijos de la noche. Pero jura, conmigo, que estaremos unidos por siempre y nuestra parte de humanos será lo suficientemente fuerte para vencer la tentación.”

         Y yo juré... Maldita sea. Yo juré.

 

Cuento del autor invitado Fernando Lafuente, extraído de su obra Micronomicón

El futuro próximo

El futuro es el marco temporal por excelencia de la ciencia ficción. No el único, desde luego, pero quizá sí el que más grados de libertad ofrece y donde mejor podemos dejar vía libre a la especulación.

El futuro, lejos de ser un concepto acotado, es tremendamente amplio y todo cabe. Si queremos incluir en nuestro pacto ficcional adelantos verdaderamente asombrosos como la colonización espacial, la terraformación o los viajes interestelares es muy probable que necesitemos ubicar la acción en un futuro muy lejano.

Pero hoy quiero fijarme en el futuro próximo, en el muy próximo. Ese en el que el mundo no ha cambiado mucho y en nuestro día a día no hay naves espaciales ni rayos láser, sino solamente un pequeño matiz de modernidad que va más allá de nuestra realidad actual.

En los últimos meses, he escrito algunos cuentos en esta línea. Por ejemplo, la historia de una persona que llega del trabajo y se pone a hablar con su casa, en la que tiene instalado un sistema de domótica inteligente capaz de entender y procesar el lenguaje natural; o un cuento en el que un chico bebe de un vaso que le informa con un display integrado en el propio vidrio de la cantidad de líquido que contiene, su temperatura y otros parámetros. Son cuentos que surgen con relativa sencillez (la idea, no tanto el texto definitivo). No hay más que leer cualquier noticia tecnológica y jugar a darle una vuelta adicional.

Juguemos, entonces.

Tomemos por ejemplo este artículo de ayer mismo (28 de octubre de 2016) titulado “Consiguen prótesis que transmiten sensación de tacto” del boletín de noticias de madri+d.

Lo primero es leer la noticia. Trata de un avance que permite a un amputado recuperar la sensación de tacto a través de la prótesis gracias a unos sensores y a unas conexiones (electrodos) con los nervios de la persona, y mejoran la calidad de vida gracias a que se puede distinguir el nivel de presión que está ejerciendo la prótesis. Es útil para caricias, apretones de manos o manipulación de objetos.

El segundo paso, es dejar volar la imginación, especular. Por ejemplo, ¿qué pasaría si, en lugar de con una prótesis adherida a un miembro amputado, puedo hacer lo mismo con una prótesis que se encuentra al otro lado del planeta? En realidad, la tecnología actual podría ya hacer algo así, los electrodos estarían igualmente pegados al miembro amputado, pero la prótesis podría estar lejos y enviar en remoto las señales a los electrodos de la persona. De ahí a imaginar una especie de “mano remota” no hay mucho. Y si esta mano la montamos sobre un dron y le añadimos una pequeña cámara de video, se convierte en algo muy versátil.

El tercer paso, es ya entrar en el terreno de la ficción. Este artilugio puede ser utilizado por ejemplo por un ladrón (el ladrón del dron sería un buen título), o puede dar lugar a nuevos juegos o deportes, o puede servir para que una pareja separada por la distancia pueda, además de hacer una vidoconferencia vía internet, acariciarse. A partir de aquí, podemos idear nuestro relato.
Este método ofrece muchas cosas interesantes. A mí me gusta introducir una única innovación de este tipo en un mundo que, por lo demás, es exactamente igual al actual. Así, es más fácil crear cercanía con el lector y conseguir que empatice con la historia; justo lo contrario que la ciencia ficción ultrafuturista, que utiliza precisamente el marco de “en un futuro muy lejano” para distanciarse, y debe encontrar la empatía con el lector por otros caminos.

Me gusta utilizar la ciencia ficción como un laboratorio absolutamente inocuo e inofensivo en el que probar ciertos avances tecnológicos. La literatura es una vía estupenda con la que adelantar innovaciones futuras, advertir sobre posibles problemas o dilemas morales que esta tecnología pueda traer, y también es una herramienta con la que ilusionar y animar a abordar problemas y retos que hoy por hoy no podemos resolver.

Sí, tengo toda una línea de pensamiento y de cuentos, algunos escritos, otros por venir, en esta temática del futuro muy próximo. Es un juguete delicioso.

Imágenes tomadas de pixabay bajo licencia CC0 de dominio público

La mano del muerto, dedicada

Mi nueva adquisición

Ayer asistí a la presentación del libro La mano del muerto, de Ramón López Rodríguez y publicado por The Black House Editorial. La actividad se enmarcaba en el ámbito de la Semana Gótica de Madrid que, por alguna razón sobrenatural, dura casi un mes y viene a desembocar prácticamente en el Día de Todos los Santos.

Mis amigos Jacobo Feijóo y María Victoria Stange acompañaron al autor en la mesa redonda. Yo, desde el público, había acudido junto a mi también amigo Raúl Yebra, con quien me vengo intercambiado textos desde que éramos adolescentes. Disfruto muchísimo este tipo de eventos, donde tengo la oportunidad de rodearme de compañeros de letras. Conocí ayer a un nuevo escritor, Ramón, de quien me llevé una magnífica impresión… y, por supuesto, su libro firmado. La mano del muerto es ahora un título más en mi biblioteca dedicada. Este año he tenido incorporaciones notables a esta particular colección de libros firmados, Mujeres de Juan José Alcolea, publicado por Lastura, y Andrea y los Masticadores de Eduardo Martínez-Abarca bajo el sello, también, de The Black House. Para mí, esta biblioteca dedicada empieza a ser ya un pequeño gran tesoro, un conjunto de libros singulares con un gran valor.

La organización de presentaciones como esta es todo un regalo. Recuerdo muy bien otras presentaciones como la de El hijo del héroe de Loren Fernández allá por 2004 en algún lugar de Madrid, o la de Las Leyes de la Verdad I de Javier García en la Librería Fábula de Alcorcón. Son un regalo porque conocer al autor, descubrir detalles sobre los procesos de escritura y de documentación, o sobre las motivaciones del autor, es genial; elementos todos que contribuyen a que la lectura futura se disfrute aún más. Sin duda, La mano del muerto tendrá una próxima entrada en la Diluditeca.

Esta entrada es de agradecimiento a las editoriales, autores, espacios culturales y librerías que, además de su actividad habitual, organizan presentaciones de libros, esos actos que, con más o menos público, son siempre mágicos.

Si quieres alimentar o empezar a construir tu propia biblioteca dedicada, ¿qué mejor manera que acudiendo a este tipo de presentaciones?

¿Es o no es genial un libro dedicado por el autor el mismo día que se presenta?

Desde lo alto de una montaña

 

Resulta difícil ser escritor cuando uno, en realidad, se gana la vida con otra cosa. Si esa otra cosa es un empleo por cuenta ajena y de vez en cuando presenta un pico de trabajo que se dispara incluso más allá de las 40 horas semanales de rigor, encontrar tiempo para escribir se complica. Si, además, uno tiene una familia estupenda a la que dedicarle cariño, el anhelado rato de creación literaria delante de un teclado o de una libreta se vuelve imposible.

¿Imposible?

Quizá no tanto. La conciliación de la vida real y la vida de ficción es muy dura, sin duda. Entiendo perfectamente a los compañeros escritores que se quejan de este problema y yo mismo he sufrido, sufro continuamente, la contradicción vital entre querer y poder. Pero en esta entrada no quería enfocarme en la dureza y en los aspectos negativos, sino en los positivos. Me gustaría destacar dos puntos. El primero, en cómo la actividad de escribir se hace inevitable y surge incluso aunque no queramos. Segundo, en cómo el hecho de escribir impacta positivamente en todo lo demás.

El primero tiene que ver con ser un escritor empedernido. Si uno es escritor empedernido, lo seguirá siendo incluso en las situaciones en las que escaseen el tiempo y la libertad. La situación ideal es poder dedicar plenamente a la escritura, cada día, al menos dos bloques de dos horas. Las tareas y obligaciones de nuestra realidad hacen que reduzcamos este tiempo, a veces ni siquiera es posible escribir a diario y relegamos la actividad a los fines de semana, y otras veces ni eso. Incluso en los casos extremos, sin embargo, podemos seguir pergeñando tramas, perfilando personajes, ideando sucesos, diálogos y escenarios tan solo imaginando y en paralelo a nuestra actividad cotidiana, mientras cocinamos, en el ratito antes de quedarnos dormidos, o en cualquier otro momento. Desde luego, esta actividad literaria rebelde no tendrá un efecto tan bueno como el trabajo metódico, pero es un alivio saber que existe. Nuestra realidad es rica y la experiencia propia es la mejor materia prima para escribir, tomar nota mental de los detalles es algo que siempre puede hacerse.

El segundo punto que quería destacar es cómo la escritura favorece todo. Hace unos días me encontraba verdaderamente acosado por tareas pendientes, tanto de trabajo como de la vida privada, y en un contexto muy poco favorable: falta de sueño, viajes, etc. Aún así, dediqué alrededor de una hora la tarde del viernes a escribir. Di forma de cuento a una idea que me venía rondando, y quedó bien. Un cuento breve es así de agradecido, si uno lo viene rumiando en su cabeza desde días atrás, es posible escribir un borrador en apenas una hora. El efecto que produce terminar una obra literaria es de lo más positivo. Aquella tarde y los dos o tres días siguientes me encontraba optimista, de buen humor, como en la cima de una montaña, y la muralla de tareas pesadas que me tocaba abordar parecía de repente más fácil de superar. La hora invertida en el cuento se tradujo en mejor disposición para abordar todo lo demás. Es probable que, sin aquella inyección de energía, no hubiera podido cumplir con todos los deberes que me esperaban. Así, resultó que la escritura, en lugar de una tarea más que compite por su trocito de tiempo en mi día frente a otras muchas obligaciones, se convirtió en una aliada que me ayudó a llegar a todo.

Teclear ese punto y final le coloca a uno, como escritor, en lo alto de un montaña. La sensación de satisfacción es total y se adquiere una perspectiva de las cosas mucho más positiva. Por eso los cuentos son tan adecuados en las épocas duras y de estrés. Permiten llegar a un punto y final invirtiendo tan solo una o dos horas, y luego todo se hace cuesta abajo.

Imagen: cumbre del Cervino (Suiza), tomada de Pixabay bajo licencia CC0 de dominio público

Laboratorio literario con árbol

Hojas por dentro y por fuera

 

Hace unos días pasé por casa de mis padres a recoger papeles que aún conservaba allí y que llevaban más de diez años amontonados en carpetas. Documentos y apuntes auxiliares de la carrera, borradores y pruebas de ediciones de Verbo Azul, revistas y periódicos obsoletos, kilos papel escrito o impreso ya inservible que encontró un mejor lugar abajo, en la calle, dentro del contenedor para reciclar. Pero también rescaté algunos tesoros, entre ellos mi laboratorio literario.

Se trata de un cuaderno que me regaló, allá por el 2003, mi amiga Esther. Lo hizo ella misma a mano, con cubiertas de cartulina plastificadas e interior en blanco. Esther sabía que yo lo llenaría con literatura, y lo convertí en mi laboratorio literario. En él redacté algunos borradores e ideas. Mis cuentos de El Molino (finalista en el Ateneo Cultural Primero de Mayo) o Gaspar y Belinda surgieron aquí, sobre las hojas en blanco que Esther ligó con una encuadernación de espiral para mí. También incluye otros embriones que me han sorprendido a mí mismo. Por ejemplo, acabo de descubrir que un cuento que redacté en 2012, y que creía original, en realidad viene de una idea que ya esbocé hasta un buen nivel de detalle en este cuaderno, en 2004. He redescubierto en sus hojas varias propuestas de historias que me encantaría retomar.

 

Toda una declaración de intenciones en la primera página

 

Aunque son todos maravillosos, quiero destacar una de estos embriones porque no solo desarrolla una idea, sino que además explica la motivación que la justifica. Copié directamente un texto de la Gramática de la Fantasía de Gianni Rodari.

“Si yo no fuese, como tantos, víctima de las convenciones, habría incluido aquellas canciones excrementicias en mis colecciones de retahílas. Creo que sólo después del 2000 tendremos autores con el valor suficiente para hacerlo”.

Gianni Rodari se refiere a los tabúes, reivindica el poder del caca, culo, pedo, pis como motor de ficciones divertidas y se lamenta de que, por pudor, no haya escritores (¿o excritores?) que lo exploten. Mi cuaderno de notas continuaba diciendo que “ya estamos en 2004” y era hora de que la literatura excrementicia dejara de ser tabú y se conviertiera en una herramienta más al servicio de la ficción. Después, exponía la idea del cuento, su conflicto, su desarrollo y su desenlace, también los personajes, personas de diferentes características… y un pedo. Sí, un pedo de protagonista. Quiero retomar este cuento porque no lo terminé pero me sigue pareciendo vigente al cien por cien.

El cuaderno que me regaló Esther también muestra cómo abordé algunos encargos o invitaciones literarias. Por ejemplo, la redacción de un prólogo para un cuadernillo de un compañero de Verbo Azul, la creación de un microcuento o la escritura, primero en borrador y luego en texto definitivo, de un poema homenaje a las víctimas del 11-M para un libro en el que me habían invitado a participar como escritor alcorconero.

Las dos caras del poema, a la izquierda el borrador, con sus tachones, sus enmiendas y sus ideas más o menos ordenadas. A la derecha, el texto definitivo. Tento que confesar que este salió bastante del tirón y que soy capaz de embadurnar mucha más superficie de papel antes de llegar a un texto que considere digno.

 

Este cuaderno tiene más cosas especiales. Por aquel entonces escuché a una famosa periodista de radio (¿o era un hombre?) contar que tenía la costumbre de pedir a cada personalidad que entrevistaba que le dibujara un árbol. Con el tiempo, había recopilado una interesantísima colección de dibujos de árboles de políticos, famosos, artistas, intelectuales, deportistas, etc. Debí de comentar la anécdota con Esther y con Marta, grandes amigas con quienes tuve la suerte de compartir aquella época, y como consecuencia las dos últimas páginas de este cuaderno tienen dibujos: el árbol de Esther y el de Marta.

Estoy convencido de que la inmensa mayoría de escritores utiliza cuadernos de notas. Este es especial. Dejé de usarlo cuando me fui de erasmus, unos nueve meses después de recibirlo como regalo y de bautizarlo como laboratorio literario. ¿Por qué no lo metería en la maleta? Ahora estoy encantado de haberlo recuperado. Todo el cariño que lleva dentro lo convierte en un objeto único, un recuerdo precioso y una motivación extra para crear buena literatura.

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