De niños y trenes

 

El camino que uno sigue en la vida raramente cambia

y más raramente aún lo hace de manera brusca.

Y la forma de su sendero particular era ya visible desde el principio.

No es país para viejos, Cormac McCarthy

 

            Recordaba a Santi anclado en su silla de ruedas, la mirada fija en el lugar que antaño ocupara su pierna derecha, ajeno a todo lo que no fuera su dolor. No siempre había sido así, claro, pero con el paso del tiempo los recuerdos tienden a simplificarse, a convertirse en una simple fotografía mal enfocada que no nos deja más remedio que fabular para comprender qué fue lo que pudo ocurrir. 

            Habían pasado tantos años desde la última vez que había visto el rostro de Santi, que evocar de nuevo todos aquellos momentos me provocó una inesperada sensación de vértigo. Me senté en un banco frente al bar que frecuentaba –uno de los pocos consuelos que nos queda a los solitarios, hombres que dejaron atrás los cincuenta y no saben de mujer ni hijos y, en ocasiones, ni de amigos– y cerré el periódico. Las nubes enfoscaban el cielo, amenazando lluvia, la misma lluvia gris y triste que nos había acompañado el día que Santi perdió la pierna.

            Tendríamos ocho, quizá diez años; hasta detalles como los de la edad me resulta difícil precisar. Éramos un pequeño grupo de chavales que correteaba por el pueblo y disfrutaba con las travesuras típicas de la edad. El nuestro era un pueblo pequeño, diminuto para los tiempos que corren, perdido entre viñedos y tierras de baldío en el norte de Soria. Pocos éramos los niños que quedábamos, nosotros cuatro y otros tres más, adolescentes distantes con los que nuestro trato se limitaba a las consabidas burlas y posteriores humillaciones. Nuestras diversiones eran pocas: ver a los mayores sudar y gritar en el frontón, recorrer las calles a la carrera o jugar al balón en una estrecha franja de tierra junto a las bodegas. Había una que amábamos por encima de todas las demás: bajar al tren.

            Junto al pueblo se levantaba (o, como nos dijo una vez el alcalde, crecía y se agarraba al suelo estéril como una mala hierba) la estación, una edificación olvidada y cochambrosa con un apeadero que hacía más de diez años que nadie frecuentaba. Por allí circulaban brillantes monstruos segmentados, de metal sucio y plástico descolorido, pitando y ronroneando para alertar a los despistados o, como recitaba mi abuela, para espantar a las gallinas. Sólo los trenes de mercancías quebraban el silencio de la estación abandonada; los de pasajeros se internaban en tierras más fértiles, al menos en el aspecto económico. Rasgaban el paisaje dos vías marchitas, surcos trazados en una tierra de la que ya no brotaría nada. Junto a ellas, el retoño de un coloso había olvidado uno de los vagones de su tren de juguete. Aquel vagón cubierto de herrumbre (alimento para plantas trepadoras e insectos voraces), que llevaba impreso en un lateral el número cuarenta y dos garabateado torpemente con pintura blanca, se había convertido en nuestro santuario privado y lugar preferido de reunión.

            Acostumbrábamos a bajar al tren al salir del colegio, en aquellas horas que precedían al anochecer, cuando nuestros padres nos reclamaban a gritos como si, desde la distancia, sus voces tuvieran más fuerza que su presencia. Bajábamos los cuatro, amigos inseparables, pues nadie más había allí. Luis, Alejandro, Santi y yo, los cuatro mosqueteros, como decía el señor González, nuestro profesor de Historia. Los cuatro amigos, inseparables, que cuando abandonaron el pueblo, cada uno protagonista de su propia vida, no volvieron a verse nunca. 

            Pero allí, en el vagón, cuando nuestra edad representaba una vacuna para los prejuicios, todo era diferente. Hablábamos de nuestros padres, de nuestras vidas, de nuestros sueños. De la vida tal y como la entendíamos. Pero sobre todo imaginábamos, creábamos historias –ah, Santi siempre fue el fabulador, el cuentacuentos– y nos evadíamos de una realidad que, muchas veces, nos entristecía, o simplemente nos aburría. Entrar en aquel vagón era viajar en una máquina del tiempo, recorrer las sendas de otras vidas que nos inspiraban relatos mágicos, maravillosos.

            Hasta el accidente, claro.

            Después vinieron hombres de Soria y visitaron la estación y dijeron que aquello era peligroso -insalubre fue la primera palabra que pronunciaron; tuve que preguntarle a nuestro profesor qué significaba-, que había que cerrarlo, o demolerlo, pero sobre todo evitar que los niños vagaran por allí. Clausuraron el acceso a la estación y se llevaron el vagón. Con él se llevaron los sueños de cuatro niños, y no sería aventurado decir que aquel día nuestras vidas cambiaron de rumbo, aunque después el tiempo nos colocara a cada uno en nuestro sitio.

            El accidente ocurrió una tarde de miércoles, una tarde de nubes grises, de pájaros negros escondidos entre las ramas de los árboles, de silencio. Así bajamos al tren, en silencio, con nuestras mochilas a la espalda, llenas de libros. Cada uno de nosotros ocupaba su mente con sus propios pensamientos, la tristeza del gris de la tarde interpretada como un mal presagio. No creo que ninguno anticipara lo que había de ocurrir -no me permitiré nunca pensarlo- y, sin embargo, todos sabíamos lo que debíamos responder cuando los mayores nos preguntaron lo ocurrido. Todos, incluso Santi, aunque él lo supiera más tarde.

            Llevábamos varios días practicando un nuevo juego, una de esas diversiones que vista a través de los ojos de un adulto pierde su carácter intrépido y se convierte en una baladronada temeraria, en un absurdo reto impropio de unos niños bien educados. Nos encerrábamos en nuestro vagón y, en silencio, esperábamos. Habíamos sustituido nuestras charlas y nuestras bromas por una espera tensa, y buena culpa de ello la tenía Santi. En nuestro nuevo juego cada día participaba uno de nosotros, pero invariablemente Santi se negaba a hacerlo. Argüía miedos y castigos como absurdas excusas. Los demás nos encogíamos de hombros y, tras una rápida deliberación para encontrar otro voluntario, le dejábamos atrás, en el vagón, y salíamos a las vías.

            Aquel día iba a ser distinto. Lo habíamos hablado entre nosotros, Santi tendría que participar, quisiera o no. En el pueblo formábamos una pandilla, y en una pandilla todos debían asumir sus responsabilidades. Santi caminaba delante, sonriente, ajeno a las maquinaciones que tramaban aquéllos a los que consideraba sus amigos. Después de lo ocurrido nuestra relación no se perdió, cosa que hubiera sido comprensible, pero un poso de amargura y, quizá, de odio, se asentó en el espíritu del grupo, lo que hizo que poco a poco dejáramos de vernos, hasta perder por completo el contacto.

            La relación con Santi fue distinta, claro.

            En cualquier caso, aquella tarde Santi bajaba a la estación silbando y, tras él, nosotros planeábamos nuestra broma, nuestro error. Si por un solo segundo hubiéramos sido conscientes de lo que podía ocurrir, de la magnitud del hecho que acaecería, nos hubiéramos detenido a mitad de camino y habríamos vuelto a nuestras casas. Al menos eso es lo que quiero creer.

            Lo que necesito creer.

            Santi entró en la estación y se deslizó como una sombra del atardecer por el suelo asfaltado hasta la entrada de nuestro vagón. Se volvió una vez para mirarnos, y su rostro -una sonrisa, ojos muy abiertos, el pelo enmarañado en su frente- es el que viene a mi mente siempre que pienso en cómo era él antes del accidente. No hablaré demasiado de cómo transcurrieron las conversaciones y los juegos en el interior del vagón, pues si algo se nos antojaba por vez primera prescindible era precisamente nuestra estancia entre aquellas cuatro paredes de herrumbre y moho.

            Cuando nuestros relojes, sincronizados con el viejo reloj de la plaza del pueblo, marcaron la hora, supimos que había llegado el momento de actuar. De sobra conocida la puntualidad del tren de mercancías procedente de Madrid, andábamos escasos de tiempo. Agarramos entre los tres a un Santi sorprendido en principio, indignado después (hasta el punto de lanzarnos patadas y puñetazos), sometido y abatido cuando vio que su lucha, desigual y condenada al fracaso, estaba sentenciada desde hacía días. Lo arrastramos al exterior entre gritos y lágrimas.

            Pensamos que si no terminábamos pronto alguien podría oírle -y así fue, como luego dijo a la policía la mujer mayor que llevaba la panadería del pueblo, pero aquello no alteró lo que debía suceder-, por lo que uno de nosotros, no diré si yo u otro pues es un recuerdo que quiero olvidar, le cubrió la boca con la mano y esperamos.

            Esperamos.

            Esperamos durante un minuto, no más, y fue el minuto más largo de nuestras vidas, pues siempre lo recordaremos cuando, tras hablar con otras personas, miremos atrás y pretendamos ser dignos y sin mácula, cuando vayamos a la iglesia y mancillemos la confesión con nuestro silencio.

            El tren surgió tras la curva como estaba previsto. Después todo fue precipitado, confuso. ¿Qué pretendíamos hacer? Incluso ahora, cuando lo revivo con el ánimo de perdonarme, se me antojan confusas nuestras pretensiones. Sí, queríamos cruzar las vías delante del tren, como habíamos hecho otras veces. Sí, queríamos hacerlo llevando con nosotros a Santi. Y, sin embargo, cuando tropezó y cayó al suelo y se le enganchó el zapato en la vía, no nos detuvimos. Llegamos al otro lado de nuestro Rubicón y nos volvimos y le miramos mientras imploraba nuestra ayuda, y no hicimos nada.

            Nada.

            Nada.

            Yo tenía el rostro cubierto por completo de sangre, sangre de Santi, cuando aquella mujer vestida con el uniforme de la policía me tomó del brazo y me condujo al coche para interrogarme. Nos separaron, nos hicieron preguntas difíciles de responder.

            Sin embargo, todos respondimos lo mismo.

            Ahora, tras tantos años, sé que lo que hicimos fue terrible. Pero éramos sólo unos niños, no se nos podía acusar de nada. La maldad es algo inherente al hombre, y se manifiesta con más fuerza a edades tempranas.

            Santi gritaba como un animal atrapado en un cepo -al fin y al cabo, había perdido una pierna-, pero a pesar de todo nos escuchó, y cuando los agentes de policía le preguntaron (varios días después, en una habitación blanca de hospital) por lo ocurrido, corroboró nuestra versión.

            Tantos recuerdos tristes, tanto dolor. Todo había vuelto a mi cabeza –a esa cabeza de viejo, que justifica sus olvidos y falsea lo malo del pasado para seguir viviendo– tras leer el periódico que descansaba junto a mí, en el banco. Volví a cogerlo entre mis manos y lo abrí de nuevo por la sección de sucesos. Acostumbraba a leerla, así como las esquelas, costumbre de viejo que ve cómo la muerte le pasa el brazo por la espalda, sobre los hombros, y le sonríe con camaradería no correspondida. Sin embargo, hoy era distinto. Allí estaba Santi, su rostro desdibujado en una maraña de puntos grises. Más viejo, más serio, pero sin duda era él. La foto era de archivo, pues tras el accidente que relataba el periódico pocas fotos podrían sacarle. Había muerto, como todos antes o después, aunque pocos sabían que lo que había muerto en ese momento era su cuerpo. Nosotros, sus amigos, matamos su alma mucho tiempo atrás.

            En el periódico hablaban del accidente con palabras medidas, en un tono aséptico que me enfermaba. Cifras, distancias, años. Hacía mucho tiempo que no había ocurrido una desgracia así, como si el hecho de que hubieran transcurrido quince años desde el último suavizara la magnitud de la tragedia actual. No, para un viejo como yo, que vive de la nostalgia y sabe de la cercanía de la muerte, las palabras narraban un cuento de hadas, algo tan ajeno a la realidad que me perturbaba.

            Un tren de pasajeros había descarrilado. Un tren de provincias, viejo y descuidado, un tren que Santi había escogido para clamar su venganza, cerrando el círculo que las ruedas metálicas de aquel viejo tren de mercancías habían trazado con mano temblorosa en su cuerpo. Santi, que tras años de reclusión y estudio y esfuerzo sin medida había logrado su sueño, ser maquinista de tren. Santi, que sonreía y disimulaba cuando los altos dignatarios que menospreciaban su minusvalía elogiaban su logro. Ese mismo hombre que había urdido un plan absurdo para redimir su relación pecaminosa con las vías, ese mismo hombre que había consagrado su vida a un solo instante: descarrilar un tren.

 

"Cuento del mes" correspondiente a diciembre de 2015 del autor invitado Santiago Eximeno.  Premio Certamen Cultural CREA de Relato, 2008.

Puedes conocer más sobre el autor y su obra en su web: www.eximeno.com

¿Cuántas hojas caen en otoño?

¿Cuántas hojas caen en otoño? Este año, exactamente veinte.

El pasado miércoles 25 de noviembre presentamos el número 20 de La Hoja Azul en Blanco, la revista literaria de Verbo Azul. Ya sabéis lo importante que es esta revista para mí, y un número tan redondo hace que sea aún más especial.

Celebramos el acto en el teatro del Centro Cultrual Viñagrande de Alcorcón, el mismo escenario en el que presentamos el anterior número, La Hoja 19, el pasado 15 de enero. Me senté exactamente en la misma butaca que entonces. No sé por qué esa extraña fidelidad a una butaca, pero me parecía el mejor sitio para disfrutar del recital, de los cuentos, poemas y canciones de mis amigos de Verbo Azul.

Aún no he leído ninguno de los textos de la revista, pero las lecturas en vivo que hicieron los compañeros todavía me resuenan. ¡Qué importante es la literatura en directo! Hoy en día tenemos al alcance multitud de recursos maravillosos en Internet. Hay infinidad de blogs que nos ofrecen reseñas y opiniones, que incluyen textos originales, y también podemos encontrar en YouTube cuentacuentos, poemas recitados, booktubers, booktrailers y miles de cosas más. Para los que, como yo, confinamos en Internet gran parte de nuestra actividad literaria, es genial tener en la red un ecosistema de letras tan amplio. Pero la magia del directo supera todo. Compartir palabras y voz en un lugar y en un instante, en exclusiva con las personas presentes, es especial; allí estábamos con poemas, cuentos y canciones, ajenos a todo lo demás por un momento, sin que importaran las noticias o el partido de fútbol que se jugaba mientras tanto y bullía en los televisores del mundo exterior al teatro. Y es que sustituir el contenido de masas por algo tan diferente y efímero como un recital es casi un acto de rebeldía.

Después nos fuimos a cenar. Cenar en grupo con escritores es también insustituíble y tiene algo de rebelde porque no se ajusta al concepto normal de cena: siempre hay algún verso más y las conversaciones son de verdad interesantes, abarcan un espectro amplio, desde los comentarios y bromas más simples a las reflexiones más profundas, como si fuera habar en alta definición y requiriera usar todo el cerebro, no sólo el trocito estrecho con el que solemos apañarnos en la mayoría de situaciones.

En definitiva, la literatura además de individual puede ser social, y además de social puede ser cercana y en vivo. ¡Debe serlo! Aunque a los hombres grises esto no les guste, aunque los horarios de los trabajos no faciliten la conciliación entre la vida laboral y literaria, sigue habiendo irreductibles galos: gestores culturales dispuestos a abrir un teatro a horas difíciles y poetas, narradores, cantantes, juglares y escuchantes que roban un poco de tiempo a la maquinaria para dedicarlo a las palabras.

De la revista, lo efímero del vivo y el directo de este miércoles ya ha pasado, pero quedan próximos actos de presentación para este número veinte de La Hoja Azul en Blanco y, sobre todo, me quedan las páginas pendientes de leer que seguro disfrutaré también mucho. Estoy deseando lanzarme a ello.

 

Fotografía propia. Uno de los ejemplares del número 20 de la Hoja Azul en Blanco, con la separata también interesantísima con las obras premiadas en el XXXVII Certamen Pluma de oro 2015

Diluditeca: "Cuentos pacientes"

“Cuentos pacientes” es un libro que recopila 23 textos breves de la autora Goizeder Lamariano. Como ocurre a menudo en esta Diluditeca, no se trata de un best seller, sino más bien de una publicación muy personal de una escritora que comienza. O que comenzaba allá por 2012, cuando “Cuentos pacientes” salió a la luz.

El libro ya me atrajo antes de leerlo. Aún siendo una publicación que queda fuera de los círculos comerciales, el trabajo de difusión de esta obra ha sido bueno. Supe de ella a través de una reseña en un blog, y esta no era más que un punto de entrada de los múltiples que Goizeder ha sabido abrir. Para ilustrar esto, lo mejor es visitar este enlace y ver que “Cuentos pacientes”, como mínimo, ha vivido cuatro presentaciones, 13 apariciones en prensa y 15 reseñas. Y digo como mínimo porque en Internet a veces la información se puede reproducir más allá de nuestro control, y porque este mismo artículo en la Diluditeca supone otra reseña más. Aunque, sin duda, la mejor herramienta de márketing es el propio blog de la autora, “Cuéntame la vida”, que en este preciso momento se va aproximando al millón de visitas y que es un trabajo altruista, sincero y de calidad, una multitud de reseñas que contribuyen a hacer más grande la literatura. Goizeder es, sin ninguna duda, una Wlogger. Y, para mí, la posibilidad de leer un libro de un Wlogger es tan atractiva como la de leer una obra cumbre.

Por todo esto, me encapriché del libro y, una vez que recibí un ejemplar firmado, abordé la lectura de “Cuentos pacientes”.

Un total de veintitrés cuentos. En realidad, de 22 + 1. Veintidós cuentos breves en ese formato de poquitas páginas que me encanta tanto para leer como para escribir, y un relato un poco más largo, “El profesor de español”. Los cuentos breves se agrupan en varios bloques: cuentos de la infancia, cuentos pacientes, cuentos eternos, cuentos queridos y cuentos apasionados.

El núcleo lo forman los cuentos pacientes y eternos, que hablan respectivamente de la enfermedad y de la muerte, compartiendo en muchos casos elementos comunes como el hospital o la familia. Diez cuentos para leer preferiblemente con cierto intervalo de separación. No deja de ser curioso que, en una ciudad como Madrid, y aunque probablemente todos nosotros hayamos tenido experiencias en hospitales como enfermos o como familiares, parece que enfermedad y muerte estén camuflados. Parece, sobre todo la muerte, ser algo que habita en películas y en la ficción, pero no en la realidad. Sin embargo, ¡qué presente está en un pueblo! Un pueblo en el que aún se oyen las campanas, o se comenta en casa durante la comida que se ha muerto alguien y se entiende que se acudirá a dar el pésame, al funeral o a ambas cosas, y se recuerda alguna anécdota del difunto. En los pueblos por eso hay de vez en cuando unos minutos de tristeza más o menos profunda según la cercanía del desaparecido. Las ciudades grandes, sin embargo, sólo parecen conceder lugar para la indiferencia total por muertos anónimos o muy lejanos en la televisión, o para el sufrimiento desgarrador si es alguien muy próximo. Para el resto de la gama de grises, de sentimientos intermedios, parece que no hay tiempo ni espacio. Por eso los cuentos de enfermedad y muerte de Goizeder son de agradecer. Su temática, que nos trae las historias de hospitales a lo cotidiano, se hace casi necesaria. Son, además, buenos textos, escritos con técnica y sensibilidad.

Los cuentos de la infancia, los queridos y los apasionados pueden leerse más seguidos. La calidad es tan buena como los cuentos pacientes y eternos, pero sus temáticas son mucho más digeribles, así que aquí podemos dejarnos vencer por la gula literaria y leerlos uno tras otro. De la inocencia de la niñez al sexo sin tapujos, el libro recorre todos los estados. Aunque los textos son independientes, el libro mantiene sin embargo un cierto tono común, una base, como si fueran una colección de experiencias ligadas entre sí, experiencias de una persona o de un coro de personas no tan distintas, contemporáneas, y con las que resulta muy sencillo identificarse. ¿Y por qué Goizeder ha decidido hablar primero de la niñez, luego de la enfermedad y la muerte, y por último del amor y del sexo? ¿Por qué no ha seguido una ordenación cronológica de niñez primero, amor y sexo después, y enfermedad y muerte al final? No lo sé. En realidad, uno es libre de leer los cuentos en el orden que prefiera. Veo muy buena opción seguir el orden que nos propone la autora, pero, de verdad, si llegas a tener este libro en tus manos, siéntete libre de viajar por él en cualquier dirección.

Finalmente, quiero dedicar un último comentario a esa sección extraña de “cuentos de Alemania” que, en realidad, contiene un único texto, “El profesor de español”. Es un relato diferente a todos los demás. Primero, por la longitud: es bastante más largo que cualquiera de los cuentos que le acompañan. Segundo, porque abarca un marco temporal más amplio que el resto de cuentos. Quizá pueda clasificarse como “cuento de la infancia” porque buena parte del relato sucede en la niñez de la protagonista, pero, como característica diferencial, también incluye unas últimas escenas con la protagonista adulta. Por eso es distinto. También porque el resto de cuentos son eso, cuentos, de forma clara, por el manejo de la información o la forma de presentar los personajes. Pero “El profesor de español” tiene materia prima como para, quizá, haber desarrollado una novela. Esta protagonista, Josefina, sobre todo de niña, tiene un estupendo mundo interior que genera una empatía tremenda, y se mueve en un mundo exterior también muy atractivo, el de unos emigrantes españoles que se mudan en familia a Alemania.

Invité a Goizeder a enviarme un “cuento del mes” para Diludia. Lleva por título “Noticias” y lo podéis leer en este enlace. Sirva de muestra de lo que nos ofrece la autora, Goizeder, esta Wlogger de la que espero recibir precisamente noticias de nuevas publicaciones más temprano que tarde.

Fotografía con mi ejemplar de "Cuentos pacientes" en mi pose descarada habitual.

Si te interesa adquirir este libro, puedes hacerlo a través de mi enlace de afiliado a la tienda de Amazon que incluyo a continuación: 

Mi París

Durante el curso 2006/2007 fui lector de español en la École Normale Supérieure de París a través de una beca de la Universidad. Pasé unos meses maravillosos en aquella ciudad. La recorrí de arriba a abajo, de día y de noche. París me recibió con los brazos abiertos y aquel año fue para mí muy interesante también en lo que se refiere a literatura. Pero de eso hablaré en otra ocasión. Hoy quiero recopilar algunas fotografías del París que me acogió agradecimiento a sus gentes y como muestra de apoyo tras los ataques que ha sufrido esta ciudad.

 

 

 

 

 

 

 

 

Tags: 

Regreso a U-Phi

 

Eugenio observaba detenidamente “Las Meninas”. En realidad, había recorrido todo el Museo del Prado, demorándose delante de cada cuadro, estudiando las pinturas profundamente, memorizando hasta el más mínimo detalle, pincelada a pincelada. Como por arte de magia, “Las Meninas”, que habitualmente se encontraba rodeado de gente, se había quedado sin ningún espectador. Eugenio había aprovechado ese excepcional momento de intimidad con la pintura de Velázquez para beberse con la vista cada centímetro del lienzo.

–Muchos Aspirantes se detienen ante este cuadro.

Eugenio se encontraba tan inmerso en su análisis que se sobresaltó al escuchar la voz. Ni siquiera se había percatado de la llegada de la mujer que le había hablado. Tardó unos instantes en darse cuenta de las implicaciones de que le llamara Aspirante. En ese momento, su corazón humano se aceleró y notó un sudor frío.

–No debes preocuparte. Soy de los tuyos. En este mundo uso el nombre de Eva.

Eugenio observó los ojos de la mujer. Su profundidad atravesaba varias dimensiones, algunas incluso desconocidas para él.

–Entonces también tú eres Aspirante.

–Lo soy. Puedo ayudarte, si tú quieres. Salgamos a la calle a pasear.- Eva le dio la espalada sin esperar respuesta y se dirigió hacia la salida del museo. Eugenio se había tranquilizado, pero le invadía una sensación extraña. Su análisis de “Las Meninas” había sido interrumpido bruscamente y se sentía como arrancado de un profundo sueño. Debería retomarlo y finalizarlo, era una de las obras más bellas de aquel mundo. O quizá debería seguir a Eva.

 - o -

 Alcanzó a Eva justo en la salida del museo.

–Finalmente has venido.– La mujer sonreía. Sus ojos expresaban su agradable sorpresa. Una de las dimensiones desconocidas destacaba en las profundidades de su pupila. Si Eugenio se hubiera detenido a terminar de asimilar “Las Meninas”, con toda seguridad ya no habría alcanzado a Eva, se habría diluido y transcendido hacia algún lugar imposible de alcanzar.

–Sí, he venido –dijo él, ya caminando a su lado–, pero tendré que volver al museo a completar la tarea. Debo recopilar toda la belleza posible para regresar a nuestro mundo y reclamar un lugar en U-Phi.

–Veo que tienes mucha prisa por alcanzar la perfección y convertirte en un Utóphilo. ¿No te gusta ser un Aspirante?

–Un Aspirante es un estado transitorio, angustioso, inacabado e imperfecto. Recorrer mundos y dimensiones en forma de Intelecto, cada vez adoptando una física diferente, es agotador. Sí, me gustaría poder volver a U-Phi cuanto antes, y como sabes sólo hay sitio para aquellos que regresan con suficiente belleza asimilada en su Intelecto. -Razonó Eugenio.

–Bien, entonces déjame que te diga que estás buscando en la dirección equivocada. –añadió la mujer.– Desde luego los cuadros son verdaderas obras maestras, pero por sí solos no dejan de ser vehículos inertes. Si quieres de verdad llevar a U-Phi un buen bagaje de belleza que te asegure la ascensión a Utóphilo, ¿por qué no observas a las personas?

–¿Las personas?

–Sí. Indaga qué sienten cuando ven esos cuadros. Identifica y asimila las fuerzas que les mueven, la amistad, el amor. Mírales a los ojos como me miras a mí, descubrirás también nuevas dimensiones.

–Pero los humanos son seres simples, demasiado ligados a lo físico. –Argumentó el Aspirante.

–Eso es lo que creen en U-Phi, lo que nos enseñaron a todos. Por eso descubrir la verdadera naturaleza humana sería una aportación maravillosa, suficiente para ascender a Utóphilo.

Eugenio se detuvo.

–Dime, Eva –intervino el Aspirante– Si tienes el conocimiento, ¿por qué entonces no has regresado tú a U-Phi?

–Porque hay un riesgo, Eugenio. Cuanto más conozcas a las personas, la complejidad de sus pensamientos, su manera de vivir y de sentir, más querrás quedarte con ellos. Ya lo ves, quizá yo nunca regrese a U-Phi.

 

Cuento del mes correspondiente a 2015, de Joseto Romero

Páginas