2015

Aguatierra

 

Me llamo Irene y hace ya dos años que llegué aquí. Al principio no entendía nada; todo era parecido y todo era distinto.

Aún recuerdo aquel día en el que, al salir del trabajo, decidí dar un paseo por el bosquecillo que había a las afueras de mi pueblo. Caminaba distraída, pensando en el futuro, pensando en si encontraría el amor o, ¿por qué no?, si el amor me encontraría a mí.

Lo que encontré fue esa dichosa grieta en el suelo, escondida entre unos matojos y un grupo de grandes rocas de granito. De no ser porque me aparté del camino persiguiendo a una ardilla, como hacía cuando era una niña, no habría tropezado y rodado hasta debajo de aquel árbol. Al ponerme en pie, me golpeé la cabeza con una rama, caí de espaldas y, un segundo después, ya estaba en vuestro mundo.

«¿Está bien? ¿Puede oírnos?». Desperté con una suave caricia. Abrí los ojos y vi a dos hombres que me miraban preocupados.

Por lo visto aquí a ese deporte lo llaman «espeleología», en mi mundo lo llamamos andacuevas, pero el concepto es el mismo. Los dos hombres lo practicaban cuando me encontraron dentro de la gruta. En un principio pensaron que me había adentrado en ella, sola y sin el equipo necesario. Cuando les conté lo que me había ocurrido, pensaron que el golpe me había afectado a la razón.

Me montaron en su «coche» y me llevaron al «hospital». El idioma era prácticamente el mismo, pero desde el primer momento me di cuenta de que ya no estaba en casa. En mi mundo un «coche» es un mueveloz y un «hospital» es un sanadero. No entendía el porqué de esos nombres, me parecían raros y que no tenían ningún sentido.

Pero cuando me quedó claro que todo era distinto fue al entrar en ese «hospital».Nadie creía lo que les contaba, les rogué que me dejasen explicárselo a algún escuchador. Los escuchadores te creen primero y dudan después, y no al revés, como los adultos.

El móvil

 

            Allí estaba mi viejo hogar familiar, una casa pequeña de tejado puntiagudo. Me recordaba frente a ella, en el pequeño jardín, jugando a la cuerda con alguna amiga que llegaba hasta allí, un sitio algo apartado del pueblo, en el camino de la montaña. Conchi, mi amiga del alma, cantando mientras yo saltaba la cuerda de un pie y de otro pie, cantando a mi vez, las dos a coro, nuestras voces resonando en las paredes de la casa y el silencio de cada tarde. Ahora miro la casa y podría no reconocerla de vieja y acabada que está, la pintura descascarillada, algunas humedades en las paredes, las puertas rechinantes. Está el vacío y la oscuridad que pude resolver al cabo de unos días, cuando volví a contratar la electricidad. Los años que se agolpan sobre mí, tan mayor como estoy ya, aún me muevo bien, apenas he cumplido los sesenta, nunca creí que volvería aquí para vivir como cuando era pequeña, quién me lo diría hace unos años. Entonces estaba bien casada, mi único hijo trabajando como ahora en Francia, un buen empleo, ganando mucho dinero y a la espera de casarse con su novia asturiana, ahora esperan mucho para casarse, yo también esperé para tenerlo, pasaba de los treinta, en aquella época no era acostumbrado, ahora sí.

Carta de amor a George Orwell

A George Orwell

 

        Sentado en lo que parece es una sala de estar, sujetas, con una mano, una taza de café y con la otra, un cigarrillo. Tu mirada está algo perdida, tu pelo corto luce hacia arriba y tu bigote es algo vulgar, muy fino, al estilo de un generalísimo que tanta desgracia trajo a España. No podrías negarlo, conociste en persona sus estragos.

        Me introduzco en la fotografía que observo y me siento en la silla que se posiciona al otro lado de la mesa en la que apoyas tu brazo izquierdo. Te miro a los ojos. Me deleito en sus profundidades. Me vuelvo sepia.

        Me fijaría en cada uno de los detalles de tu cuerpo; tu boca estrecha, tus labios extrafinos, tu nariz un tanto puntiaguda, la forma ladeada en la que descansan tus hombros y tus piernas cruzadas, apreciando más allá. Hacia dentro, desde dentro...

        Te hablaría...

        Escucharía tus palabras, serenas y pausadas.

        Escucharía tus silencios, calmados y confiados.

        Encendiéndome un cigarrillo, te preguntaría si superaste, en algún momento de tu vida, sentirte al margen, aislado y menospreciado. Si ese sentir, es la razón fundamental y el motivo común de quienes aspiramos a pasearnos por el mundo como escritores.

        Te preguntaría si renunciaste a la condición de panfletista, a los principios y convicciones, principales sustentadores de la escritura, en favor de una vida económicamente segura.

        Observarías mis ojos grandes y redondos. Tal vez, te perdieras en su intensidad y seguramente, verbalizarías, mirándome fijamente, aquello de si quisieras vivir de la escritura, más te valdría casarte con el hijo de un editor. Reiríamos, comprendiendo sin necesidad de decir en viva voz, la ironía de esta afirmación; jamás nos asustó la pobreza.

Iniciación al haiku

Uno de mis propósitos literarios para 2015 es, tal cual,  “iniciación al haiku”. Y como creo que a escribir se aprende escribiendo más que leyendo sobre cómo escribir, me lancé a lo "learning by doing" a crear haikus desde el propio uno de enero. Leí en paralelo algunas generalidades en Wikipedia y en la web “El Rincón del Haiku”.

Un poquito más tarde, el 3 de febrero, compré “Aware”, con el subtítulo “Iniciación al haiku japonés”, del experto español Vicente Haya. La verdad es que de momento no he leído más que una parte de esta guía, pero cuanto más avanzo en su lectura más contento estoy. Contento es una forma de expresarlo: en realidad me está haciendo pasar toda una crisis. Mi visión del haiku hasta hace poco era muy simplista y enfocada casi exclusivamente en los aspectos formales, en esas 17 sílabas ordenadas en 5-7-5 que tanto juego me parece que ofrece. Pero no, un haiku no es a la poesía lo que un bonsái a un árbol. No es poesía breve, en pequeñito, micropoemas ni nada de eso. De hecho no estoy seguro de que el haiku sea literatura, por mucho que use la palabra como medio de transmisión de sensaciones. En general, estoy aprendiendo mucho con la lectura pausada de “Aware”, pero también estoy siendo testigo de cómo se desmorona mi concepto original de haiku.

En la semipenumbra

(a l’avia)

Te miré una vez más; supongo que por costumbre, aunque esta vez algo me hizo prestar atención. Estabas… ¿dónde? Yo permanecía a tu lado, sentado en aquel sillón de piel de color verde oscuro; no sé si era su color original o si el uso le había dado ese tono de viejo, de deslucido. Casi se podía decir que de sucio, aunque cada mañana trataran cuidadosamente de sacarle brillo para dejarlo lo más lustroso posible. Había reclinado levemente el respaldo para aliviar en alguna medida la carga de mi dolorido cuello, pero aun así no era la postura más cómoda para sumergirse en la lectura de un entrañable libro que, a pesar de los años, conservaba su lozanía; aunque, a decir verdad, solo en su contenido, pues las tapas habían perdido el brillo y el color de otro tiempo y ahora no tenían sino un ligero parecido con lo que en su día fueron.

La luz indirecta y la semipenumbra de la estancia me empujaban hacia un mágico mundo de desdibujados objetos que se disfrazaban de fantasmagóricas figuras en medio de un escenario de sombras inmóviles que, sin embargo, a mí se me antojaban tránsfugas.

Ratas

 

Imaginemos. Imaginemos un mundo Exterior, donde habitan los humanos, y un mundo Subterráneo, hogar de las ratas. Hay ratas grandes y ratas pequeñas, ratas gordas y ratas flacas, ratas listas y ratas tontas. Esta es la historia de Príncipe de las Ratas, un villano que quería reinar en Subterráneo, para pasar luego a la gran ofensiva: conquistar la tierra de los hombres que vivían en Exterior.

El Príncipe estaba aburrido. Hacía un par de noches que había salido a cazar cucarachas para aumentar sus rebaños. Era importante mantener las manadas bien surtidas, porque en época de lluvias, cuando no podían hacer incursiones a Exterior, los insectos constituían una fuente nutritiva muy importante. Y de paso, además de alimentarse, conseguían mantener el exceso de sabandijas a raya. Ninguna rata estaría muy contenta si los humanos bajaban a exterminar bichos, porque no discriminaban entre éstos y los roedores. Tamborileaba con la cola en el sillón que le habían construido con una fiambrera de plástico desechada, mientras pensaba en el maravilloso Exterior y sus posibilidades. Se abrió una rendija en la tela que cubría la entrada a sus aposentos, y escuchó un carraspeo educado.

—Mi Príncipe, tengo un mensaje para vos—. Una rata gordezuela, con un gorro extraño hecho con el dedo de un guante de goma, se retorcía las patitas con inquietud, mientras enroscaba el rabo detrás del cuerpo.

—Vaya, Rata Chamán, ya iba siendo hora que vinieras a traerme noticias de mi encargo. ¿Qué respuesta ha dado Gran Rata Madre?

—Pues…ehm….resulta que la respuesta es…que no hay respuesta. —Un pesado silencio cayó sobre la habitación. Rata Chamán se asustaba más a cada momento que pasaba sin una palabra de su Príncipe. Este se levantó sin levantar los ojos del suelo, y empezó a pasear por el recinto de un lado a otro. El único indicio de la furia que lo consumía eran los movimientos espasmódicos de sus bigotes, que no auguraban nada bueno.

Propósitos literarios 2015

 

He disfrutado de un año 2014 muy interesante en cuanto a literatura.

He escrito algunos cuentos, poquitos, sólo cinco, pero aprecio de verdad cada vez que llego a un punto y final, es un trabajo hecho y aunque se trate de textos cortos es importante finalizar cosas. Además, tengo dos cuentos más a punto de terminar, uno probablemente incluso lo haga aún dentro de 2015: mi intención es presentarlo a un concurso y el plazo de envío de relatos finaliza el 1 de enero.

He empezado a escribir una novela. En realidad, llevo desde 2013 perfilando algunos elementos e imaginando personajes y tramas, pero no ha sido hasta después del verano de 2014 cuando me he convencido a mí mismo de que la estaba escribiendo, de que no se trataba de un mero escenario imaginario de cartón piedra sobre el que fantasear. Es algo que avanza serio.

En cuanto a lectura, he estado algo más flojo, alrededor de un libro cada dos meses. Aunque reducir la lectura sólo a libros es un error: he leído unos cuantos buenos cuentos de foreros en los “Foros de Fantasía Épica”, textos de amigos de dentro y fuera de Verbo Azul e incluso algunas historias en Wattpad, así que el balance no es en realidad tan malo.

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