agosto

Náufragos

 

     El mundo no ha cambiado.

     En el nuevo amanecer la oscuridad se vio obligada, una vez más, a replegarse ante el avance inexorable del alba. Tímidos rayos crepusculares fueron tiñendo de púrpura toda una pléyade de nubecillas desperdigadas de manera irregular por el cielo, apagando una a una la miríada de estrellas que, durante unas horas, habían iluminado la noche como faros ardientes.

     Abajo, el oleaje del océano acunaba lenta, casi amorosamente, los fragmentados restos de las naves destruidas en el feroz combate acaecido la jornada anterior. Mástiles con restos de aparejos se mezclaban aquí y allá con trozos de velas calcinadas, y numerosos cuerpos flotaban boca abajo, añadiendo una nota lúgubre a la hermosa alborada carmesí.

      Entre las ruinas de la batalla, un hombre dio señales de vida. Tumbado en una plancha de madera, desprendida con toda seguridad de alguna de las naves hundidas, se mantenía de forma precaria sobre ella, enredado en un par de gruesos cabos. Había permanecido allí, inadvertido e inconsciente, durante toda la noche. El guerrero hizo un esfuerzo por abrir los ojos, aturdido aún por el golpe recibido durante el combate. Se llevó una mano a la dolorida cabeza y, en un movimiento casi reflejo, se mojó la cara para terminar de espabilarse. Por desgracia para él, funcionó. Alzó la mirada y contempló el desolado panorama que lo rodeaba. En lontananza, la silueta de una nave parecía despedirse de él mientras se perdía en el horizonte en llamas.

Juegos

Les gustaba jugar a las palabras. Cada noche, mientras su madre recogía los restos de la cena, Juan y Carmen retomaban el juego donde lo habían dejado el día anterior. Mesa, silla, albaricoque... cualquier cosa desataba su imaginación y desencadenaba una historia. Las más de las veces era Juan el que se ocupaba de darle forma, pero a veces Carmen se sentaba en el columpio del fondo, muy seria en su papel de hermana mayor, y entonces podía pasar cualquier cosa, un ogro devorado por criaturas minúsculas o un bosque lleno de naranjas azules.

El verano estaba siendo suave, nada de agujeros de sol al fondo del estanque, nada de paredes de lagartijas. Después de cenar, los niños se miraron nerviosos ensayando una sonrisa cómplice.

- ¿Ahora? - dijo Juan señalando el jardín.

- Ahora. - contestó Carmen - Mundo.

Y no hizo falta más.

 

"Cuento del mes" correspondiente a agosto de 2014 de la autora invitada Ana Garrido.