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Arquetipos de mundos de ficción

 

 Imaginar es algo más o menos así

 

Te propongo un reto: vamos a imaginar mundos de ficción.

Primero, piensa en un mundo de fantasía medieval. Puedes coger un papel y anotar las características y elementos que se te ocurran: personajes, objetos, criaturas, acontecimientos, paisajes… lo que tú quieras. Dedícale unos minutos.

¿Qué has obtenido? Seguramente hayas apuntado cosas como magia o dragones o imaginado batallas épicas, armas legendarias, héroes o luchas entre el bien y el mal. Estoy convencido de que, si este ejercicio lo hacemos con cientos de personas, encontraremos muchas coincidencias en las respuestas porque compartimos un determinado corpus común de elementos relacionados con la fantasía medieval, fruto de nuestro propio conocimiento de la Historia que hemos aprendido desde el colegio, películas, libros y grandes referencias como las leyendas y adaptaciones del rey Arturo, El Señor de los Anillos, Canción de Hielo y Fuego u otras muchas. Podríamos decir que esta serie de factores comunes que crean la idea de fantasía medieval en la consciencia colectiva conforman un arquetipo.

Los arquetipos de mundos de ficción son muy útiles porque permiten que un lector entre en contexto con apenas unas frases. Si digo lo siguiente:

Dualidades alternativas

El bien y el mal son el motor de los cuentos de hadas, de la inmensa mayoría de los libros infantiles de todo tipo, e incluso de gran parte de la literatura en general. La fantasía épica ha explotado tradicionalmente la lucha entre el bien y el mal para generar el conflicto que mueva la trama de miles de novelas. Pero, aparte de la dualidad bien-mal, ¿qué otras dualidades podemos plantear como base de nuestras historias?

De nuevo recurro a “La historia interminable” de Michael Ende. Cuando lo leí de pequeño me impresionó mucho el personaje de la Emperatriz Infantil. Tenía un magnetismo irresistible con esa mezcla tan acertada de poder e ingenuidad, y uno leía con especial detenimiento sus diálogos porque estaba hablando nada menos que la mejor conocedora del mundo de Fantasía. Pero lo más perturbador de la Emperatriz Infantil era que quería y era querida por todas las criaturas de Fantasía sin excepción, las buenas y las malas. Esta característica, por un lado, contribuía a enmarcarla como un personaje aún más fascinante y, por otro, rompía (de una manera muy atractiva) los esquemas de los lectores. Al menos a mí me los rompió. ¿Cómo podía ser que la Emperatriz Infantil no tuviera un posicionamiento claramente bueno? ¿Cómo podía ser que a sus ojos todas las criaturas de Fantasía fueran igual de importantes? Esta ruptura de la dualidad bien-mal a la que estaba tan acostumbrado me impresionó.

Efectivamente, Ende y la Emperatriz Infantil acertaban de lleno en algo muy importante: para la fantasía y la ficción, los personajes malvados son tan importantes como los buenos. Desde su punto de vista, tiene todo el sentido quererlos por igual.