conciliación

Desde lo alto de una montaña

 

Resulta difícil ser escritor cuando uno, en realidad, se gana la vida con otra cosa. Si esa otra cosa es un empleo por cuenta ajena y de vez en cuando presenta un pico de trabajo que se dispara incluso más allá de las 40 horas semanales de rigor, encontrar tiempo para escribir se complica. Si, además, uno tiene una familia estupenda a la que dedicarle cariño, el anhelado rato de creación literaria delante de un teclado o de una libreta se vuelve imposible.

¿Imposible?

Quizá no tanto. La conciliación de la vida real y la vida de ficción es muy dura, sin duda. Entiendo perfectamente a los compañeros escritores que se quejan de este problema y yo mismo he sufrido, sufro continuamente, la contradicción vital entre querer y poder. Pero en esta entrada no quería enfocarme en la dureza y en los aspectos negativos, sino en los positivos. Me gustaría destacar dos puntos. El primero, en cómo la actividad de escribir se hace inevitable y surge incluso aunque no queramos. Segundo, en cómo el hecho de escribir impacta positivamente en todo lo demás.