diciembre

De niños y trenes

 

El camino que uno sigue en la vida raramente cambia

y más raramente aún lo hace de manera brusca.

Y la forma de su sendero particular era ya visible desde el principio.

No es país para viejos, Cormac McCarthy

 

            Recordaba a Santi anclado en su silla de ruedas, la mirada fija en el lugar que antaño ocupara su pierna derecha, ajeno a todo lo que no fuera su dolor. No siempre había sido así, claro, pero con el paso del tiempo los recuerdos tienden a simplificarse, a convertirse en una simple fotografía mal enfocada que no nos deja más remedio que fabular para comprender qué fue lo que pudo ocurrir. 

            Habían pasado tantos años desde la última vez que había visto el rostro de Santi, que evocar de nuevo todos aquellos momentos me provocó una inesperada sensación de vértigo. Me senté en un banco frente al bar que frecuentaba –uno de los pocos consuelos que nos queda a los solitarios, hombres que dejaron atrás los cincuenta y no saben de mujer ni hijos y, en ocasiones, ni de amigos– y cerré el periódico. Las nubes enfoscaban el cielo, amenazando lluvia, la misma lluvia gris y triste que nos había acompañado el día que Santi perdió la pierna.

Las tejedoras de Olivenza

 

Todo sucedía con aparente simplicidad porque un tenue y casi invisible hilo de plata le acompañaba… casi como si fuera un misterio, un poderoso imán. El hilo que sabe tejer la tela y que luego llegará a las manos para regalarnos su esperanza. El hilo de las tejedoras de Olivenza y que se resume en esta frase: la pasión era su motor.

Es el hilo que hace que los cambios sucedan, que nos hace adjurar del miedo. Hay quienes mueven imperios usando el dinero de otros y que se sientan orgullosos en sus tribunas, en sus oráculos vacíos: es tan fácil mover la maquinaria del poder así. Pero… ¿y cuándo los cambios tienen que ver con los más débiles?... pues todo pasa de manera distinta. Es construir un montón de sueños sabiendo que sobre ti penderá todos los días una misma pregunta: ¿Y ahora quién me sigue?

Tiendo a pensar que sin el arrojo de Olivenza todo aquel sueño habría sido baldío. Quiero pensar que las tejedoras de Olivenza no habrían existido nunca. Habrían continuado encerradas en sus casas. En la oscuridad de sus covachas, en la miseria del que no sabe qué habrá de comer al día siguiente. Vestidas de negro, viudas o huérfanas. Quiero agradecer con estas líneas la historia que me contaste, Olivenza, de camino en cualquier pueblo entre Badajoz y Évora. Allí estaba vuestra pequeña tienda que a mí me pareció un paraíso sobrenatural de colores. Porque hace que la miseria de aquellos pueblos desolados tengan una palabra común de esperanza y de valor.