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Dualidades alternativas

El bien y el mal son el motor de los cuentos de hadas, de la inmensa mayoría de los libros infantiles de todo tipo, e incluso de gran parte de la literatura en general. La fantasía épica ha explotado tradicionalmente la lucha entre el bien y el mal para generar el conflicto que mueva la trama de miles de novelas. Pero, aparte de la dualidad bien-mal, ¿qué otras dualidades podemos plantear como base de nuestras historias?

De nuevo recurro a “La historia interminable” de Michael Ende. Cuando lo leí de pequeño me impresionó mucho el personaje de la Emperatriz Infantil. Tenía un magnetismo irresistible con esa mezcla tan acertada de poder e ingenuidad, y uno leía con especial detenimiento sus diálogos porque estaba hablando nada menos que la mejor conocedora del mundo de Fantasía. Pero lo más perturbador de la Emperatriz Infantil era que quería y era querida por todas las criaturas de Fantasía sin excepción, las buenas y las malas. Esta característica, por un lado, contribuía a enmarcarla como un personaje aún más fascinante y, por otro, rompía (de una manera muy atractiva) los esquemas de los lectores. Al menos a mí me los rompió. ¿Cómo podía ser que la Emperatriz Infantil no tuviera un posicionamiento claramente bueno? ¿Cómo podía ser que a sus ojos todas las criaturas de Fantasía fueran igual de importantes? Esta ruptura de la dualidad bien-mal a la que estaba tan acostumbrado me impresionó.

Efectivamente, Ende y la Emperatriz Infantil acertaban de lleno en algo muy importante: para la fantasía y la ficción, los personajes malvados son tan importantes como los buenos. Desde su punto de vista, tiene todo el sentido quererlos por igual.

La Historia Interminable y el color

 

Leí “La Historia Interminable” de Michael Ende cuando era niño. Un libro absolutamente mágico incluso antes de tenerlo en las manos: sólo mencionar su título evocaba un mundo maravilloso. Lo cogí en la biblioteca del colegio. ¡Menudo volumen de páginas! Sin duda iba a ser el libro más largo que me había leído hasta entonces. Muchas cosas lo hacían especial. Hoy quiero hablaros de una de las características de “La Historia Interminable” que más me gustó: el uso de tintas de dos colores.

Cuando era pequeño parecían existir sólo dos tipos de libros: los que tenían dibujos y los que no. Y, dentro de los que tenían dibujos, éstos podían ser en blanco y negro o en color. Pero el texto, ¡ay el texto! Siempre escrito en omnipresente tinta negra.

Era quizá 1989 o 1990 cuando lo leí. Hacía tiempo que el color era lo más normal y dominante en televisión. Pero, en el mundo del libro, “La Historia Interminable” con sus letras a dos colores era un ejemplar absolutamente raro, una excepción a la norma. El mundo audiovisual ha seguido avanzando mucho más allá del color. La literatura también ha avanzado, desde luego, pero incluso en esta época de explosión de tablets y e-readers el texto monocromo sigue siendo el rey. ¿Por qué? Sinceramente no creo en barreras de tecnología, sino en barreras mentales de los propios escritores. Ende cometió una genialidad. El uso de dos tintas, roja y verde, no era un recurso meramente estético, sino que cumplía una función determinada en la ficción.