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El verano y las estrellas

El verano trae muchas cosas buenas además de, por supuesto, las vacaciones. Es una época del año marcada por el calor que invita a dormir la siesta o refugiarse del sol a medio día, y a dar paseos o salir a la terraza de noche. Y mirar al cielo.

Quien más quien menos suele disponer de unos días de vacaciones en verano. Entre los principales destinos sigue estando el rural, el pueblo de los padres o los abuelos, o cualquier otro lugar alejado de ruidos y luces urbanas. Lugares donde la noche es realmente oscura, en los que los urbanitas nos sorprendemos de cuánto es capaz de iluminar una luna llena o de la densa negrura que acompaña la luna nueva. Es una gozada, en las noches más cerradas, mirar a las estrellas. Algo tan cotidianto para muchos resulta sin embargo fascinante para los insectos urbanos como yo. Por eso considero el verano especialmente apropiado para dedicar a las estrellas. Siempre resulta agradable el mareo que produce pensar en las distancias que nos separan de esas bolas de gas, o en su enorme cantidad, más numerosas que todos los granos de arena de una playa. Imaginar qué hay más allá de nuestro planeta es un paso bastante natural, y aterrizamos así en la ciencia ficción. Hace ya dos años hablé en Diludia del concepto de ciencia ficción activa. Entonces hablé del proyecto SETI@home. Desde entonces, he seguido escuchando el firmamento en busca de señales de radio inteligentes. Hoy por hoy, mi principal dispositivo para esta búsqueda no es otro que mi teléfono móvil, con la aplicación de supercomputación distribuida BOINC de la Universidad de Berkeley. Cuando he tenido ocasión, también he seguido algunas noticias científicas.