infinito

8 cafés en Frankfurt

He pasado el jueves 15 y el viernes 16 de octubre en la feria del libro de Frankfurt. En el propio avión de vuelta a Madrid, agotado, empecé a pensar en algunos números que pueden hacer una idea de lo que para mí ha sido esta feria: 2 días y 1 noche que han sido 44 horas fuera de casa (6 de dormir y 38 despierto), 2 aviones, 8 trenes para 4 trayectos, 3 taxis, 8 cafés, cero salchichas y cero pretzels (¡incomprensible!), 8 tarjetas nuevas de contactos… y así podría mencionar algunas cifras más. Sin embargo, el número que más me ha venido a la cabeza es infinito.

La feria del libro de Frankfurt parece infinita, inabarcable por mucho que uno maximice las horas que permanece despierto. Parece infinita también la cantidad de libros que pueden llegar a verse en un único paseo, cientos de volúmenes alineados a lo largo de innumerables stands. Y de nuevo infinita en la cantidad de cosas que ocurren en paralelo y que uno debe renunciar a ver. En definitiva, he encontrado unas dimensiones que casi producen mareos. Por eso no he podido evitar recordar el cuento “Infinito” de Raúl Yebra.

Infinito

 

Ella siempre estaba vigilada.

Los largos rizos de su melena negra, tan oscuros que atrapaban la luz circundante y asustaban a la misma noche, seda pura y cortante, parecían brillantes al ser contemplados junto a sus ojos insondables, pozos de una verdad tan antigua que solo un hombre había sido capaz de mirarlos sin vencerse a la locura. Por eso él era su guarda, igual que yo el suyo, entre las sombras.

  

Amadeo, ese era su nombre, había sido alguien normal, un hombre del mundo, como llamamos nosotros a los profanos, y su historia podría haberse resumido como la de tantos otros, trabajando, comiendo, durmiendo… Una vida llena de sinsentidos, de deseos imposibles e insulso materialismo, una vida vacía. Pero eso había sido antes de que el destino les uniera, antes de que ella escapara del monasterio negro y demostrara que hay cosas que no se pueden atrapar, cosas que los elevados aún no podemos entender, y que hay criaturas de entremundos viviendo entre nosotros

–¡Imposible! –diréis.

Si no hubiera ocurrido frente a los ojos del amo jamás se lo hubiera creído. Si no hubiera ocurrido ante los míos… bueno, por eso se me encomendó esta tarea.