José Jesús García Rueda

Fluidos

Tiró de mí hacia la oscuridad y ni se me ocurrió siquiera que no podría enseñarme nada en aquella negrura. Que aquel viaje no tenía sentido. Que ella no podía estar tirando de mí. Fluidos. Bajo las aguas del lago en una noche de luna. El abismo se abría con cada brazada. Una frontera. Ella me sonrió, su pelo flotando en la ingravidez. Nadábamos hacia el fondo. Ni se me ocurrió siquiera que ella no podía estar allí.

La beso. En otro tiempo. No allí. Gotas de agua caen sobre nosotros. Es como hacer el amor bajo el agua, le digo. Ella me besa. Creo que estamos desnudos y abrazados. De pie, bajo una cascada que cae en silencio. No sé de dónde proviene la claridad. Quizá de nuestro reflejo en cada gota. La beso.

Avanzábamos hacia el fondo negro, sin aire, ¿no llevábamos bombonas? ¿no llevábamos nada?, y entre los temblores de una luz indefinida comenzaron a dibujarse edificios. La miré. Todo continuaba tan oscuro como antes y sin embargo había luz, y edificios que se aproximaban, y ya estábamos nadando entre ellos, no, caminando entre ellos. La miré. Me sonreía, tranquilo, tranquilo, caminamos de la mano entre los temblores de las fachadas.

Bajo la cascada, ¿cuándo fue que hicimos el amor bajo una cascada? ¿hace cuánto tiempo?, sus manos acarician mi pecho, bajan por la espalda, llegan a mis muslos. Me dice que me quiere y yo le digo que la quiero, ¿es cierto eso? ¿de verdad nos decimos algo?, después su mano viene a mi sexo. Nos miramos. Sus dedos juguetean. Es como un burbujeo que estuviese en su risa pero está en sus dedos alrededor de mi sexo. Sin cerrar los ojos, toco sus manos.