Josune Murgoitio

Carta de amor a George Orwell

A George Orwell

 

        Sentado en lo que parece es una sala de estar, sujetas, con una mano, una taza de café y con la otra, un cigarrillo. Tu mirada está algo perdida, tu pelo corto luce hacia arriba y tu bigote es algo vulgar, muy fino, al estilo de un generalísimo que tanta desgracia trajo a España. No podrías negarlo, conociste en persona sus estragos.

        Me introduzco en la fotografía que observo y me siento en la silla que se posiciona al otro lado de la mesa en la que apoyas tu brazo izquierdo. Te miro a los ojos. Me deleito en sus profundidades. Me vuelvo sepia.

        Me fijaría en cada uno de los detalles de tu cuerpo; tu boca estrecha, tus labios extrafinos, tu nariz un tanto puntiaguda, la forma ladeada en la que descansan tus hombros y tus piernas cruzadas, apreciando más allá. Hacia dentro, desde dentro...

        Te hablaría...

        Escucharía tus palabras, serenas y pausadas.

        Escucharía tus silencios, calmados y confiados.

        Encendiéndome un cigarrillo, te preguntaría si superaste, en algún momento de tu vida, sentirte al margen, aislado y menospreciado. Si ese sentir, es la razón fundamental y el motivo común de quienes aspiramos a pasearnos por el mundo como escritores.

        Te preguntaría si renunciaste a la condición de panfletista, a los principios y convicciones, principales sustentadores de la escritura, en favor de una vida económicamente segura.

        Observarías mis ojos grandes y redondos. Tal vez, te perdieras en su intensidad y seguramente, verbalizarías, mirándome fijamente, aquello de si quisieras vivir de la escritura, más te valdría casarte con el hijo de un editor. Reiríamos, comprendiendo sin necesidad de decir en viva voz, la ironía de esta afirmación; jamás nos asustó la pobreza.