junio

Aguatierra

 

Me llamo Irene y hace ya dos años que llegué aquí. Al principio no entendía nada; todo era parecido y todo era distinto.

Aún recuerdo aquel día en el que, al salir del trabajo, decidí dar un paseo por el bosquecillo que había a las afueras de mi pueblo. Caminaba distraída, pensando en el futuro, pensando en si encontraría el amor o, ¿por qué no?, si el amor me encontraría a mí.

Lo que encontré fue esa dichosa grieta en el suelo, escondida entre unos matojos y un grupo de grandes rocas de granito. De no ser porque me aparté del camino persiguiendo a una ardilla, como hacía cuando era una niña, no habría tropezado y rodado hasta debajo de aquel árbol. Al ponerme en pie, me golpeé la cabeza con una rama, caí de espaldas y, un segundo después, ya estaba en vuestro mundo.

«¿Está bien? ¿Puede oírnos?». Desperté con una suave caricia. Abrí los ojos y vi a dos hombres que me miraban preocupados.

Por lo visto aquí a ese deporte lo llaman «espeleología», en mi mundo lo llamamos andacuevas, pero el concepto es el mismo. Los dos hombres lo practicaban cuando me encontraron dentro de la gruta. En un principio pensaron que me había adentrado en ella, sola y sin el equipo necesario. Cuando les conté lo que me había ocurrido, pensaron que el golpe me había afectado a la razón.

Me montaron en su «coche» y me llevaron al «hospital». El idioma era prácticamente el mismo, pero desde el primer momento me di cuenta de que ya no estaba en casa. En mi mundo un «coche» es un mueveloz y un «hospital» es un sanadero. No entendía el porqué de esos nombres, me parecían raros y que no tenían ningún sentido.

Pero cuando me quedó claro que todo era distinto fue al entrar en ese «hospital».Nadie creía lo que les contaba, les rogué que me dejasen explicárselo a algún escuchador. Los escuchadores te creen primero y dudan después, y no al revés, como los adultos.

Infinito

 

Ella siempre estaba vigilada.

Los largos rizos de su melena negra, tan oscuros que atrapaban la luz circundante y asustaban a la misma noche, seda pura y cortante, parecían brillantes al ser contemplados junto a sus ojos insondables, pozos de una verdad tan antigua que solo un hombre había sido capaz de mirarlos sin vencerse a la locura. Por eso él era su guarda, igual que yo el suyo, entre las sombras.

  

Amadeo, ese era su nombre, había sido alguien normal, un hombre del mundo, como llamamos nosotros a los profanos, y su historia podría haberse resumido como la de tantos otros, trabajando, comiendo, durmiendo… Una vida llena de sinsentidos, de deseos imposibles e insulso materialismo, una vida vacía. Pero eso había sido antes de que el destino les uniera, antes de que ella escapara del monasterio negro y demostrara que hay cosas que no se pueden atrapar, cosas que los elevados aún no podemos entender, y que hay criaturas de entremundos viviendo entre nosotros

–¡Imposible! –diréis.

Si no hubiera ocurrido frente a los ojos del amo jamás se lo hubiera creído. Si no hubiera ocurrido ante los míos… bueno, por eso se me encomendó esta tarea.