la princesa

La princesa

La noche era de un julio que agotaba su ocaso por los últimos bardales  y apenas si quedaba algún magnolio que no estuviera en flor en todo el valle.

Juanjo, el dueño de la casa, había establecido aquel refugio a manera de hotel para familias. Gustaban,  las noches de verano, de hacer cena en común con los que hubieran pedido el refrigerio vespertino.

Aquella noche, las puertas y ventanas entreabiertas, los niños empezaban a hacer postre con  fuentes de cerezos y duraznos. Entre el bullir de voces infantiles, como un cuchillo, la arcada de un pequeño que se ahogaba con un hueso en la glotis de picota. Eran cuatro hermanos, y el padre —ya ducho en estas lides— sacó  de la garganta la semilla, y, más por la zozobra de la madre que por ser esta visita necesaria, llevaron al chiquillo a un hospital.  Juanjo, obsequioso, quedóse con el resto de los hijos mientras tuvo lugar el desencuentro.

Contó las mil anécdotas que el sitio guardaba en sus antiguas tradiciones,  gastadas ya las mismas, narró despaciamente el viejo cuento del niño y el dragón que castigaba con fuego y con esclavas a las gentes de un pequeño lugar con rey y corte.

El monarca, en bandos que esparció a los cuatro vientos, puso  premio a quien lograra al saurio volador dar matarile. Muchos murieron, otros se fueron del lugar llenos de espanto; pero aquel niño, sin gato ni otras fieras tan al uso, logró con artimañas y requiebros al monstruo apaciguar de su halitosis y hacerle, cual cordero, manso amigo. (Los niños, boquiabiertos, escuchaban a Juanjo relatar el viejo cuento).

Buscándole un final que fuera acorde con las viejas perdices en comanda, el cuento terminó con esta frase:
—Y el rey, cumpliendo la palabra prometida, al niño le entregó como su esposa la rubia princesita que pronto al trono regio accedería.
—…¡
—Pero —dijo el pequeño, que apenas si tenía cuatro años— eso ¿era un premio o un castigo?