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Por fin se habían marchado y le habían dejado solo. Ya era hora. Qué pelmas. Que si cajas de bombones, que si ramos de flores, que si libros. Estaba harto. De ellos y de sus regalos. Pero, sobre todo, de su compasión. No lo soportaba. Odiaba sus sonrisas, sus abrazos, sus palabras de ánimo. Sabía que todo era mentira. Eran unos malditos mentirosos, unos hipócritas, unos falsos. Sabía que no les importaba una mierda. Sólo venían a verle para sentirse mejor con ellos mismos. Para hacer su buena acción del mes, de la semana o del día. Sí, por lo visto esos asquerosos necesitaban hacer buenas acciones muy a menudo. Demasiado. Pero estaba seguro de que nada más salir de la habitación, mientras caminaban por el pasillo, antes incluso de llegar al ascensor, ya se habían olvidado de él.

Mejor así, pensó Gonzalo. Que se vayan y me dejen tranquilo. No los necesito, ni a ellos ni a sus absurdos regalos. No necesito sus llamadas, sus visitas ni, mucho menos, su compañía. Cuándo entenderán que yo lo único que quiero es que me dejen tranquilo, para poder ver la tele y estar a gusto, aquí solo en la habitación, a mi aire. Coño, no es tan difícil de entender. Bastante me han jodido en estos 58 años como para que ahora me amarguen también lo poco que me queda.

Gonzalo no era tonto. Sabía que el cáncer de hígado que tenía iba a acabar con él. No sabía cuándo, pero eso no cambiaba nada. Se iba a morir cualquier día de estos y punto. No había que darle más vueltas. El cáncer iba a conseguir lo que el alcohol, el tabaco y su familia no habían logrado. Acabar con él. Mandarlo al otro barrio. Nunca le había gustado perder. Pero tampoco le gustaba dar pena. Sólo quería vivir tranquilo. Nada más. Tampoco pedía tanto.