noviembre

Regreso a U-Phi

 

Eugenio observaba detenidamente “Las Meninas”. En realidad, había recorrido todo el Museo del Prado, demorándose delante de cada cuadro, estudiando las pinturas profundamente, memorizando hasta el más mínimo detalle, pincelada a pincelada. Como por arte de magia, “Las Meninas”, que habitualmente se encontraba rodeado de gente, se había quedado sin ningún espectador. Eugenio había aprovechado ese excepcional momento de intimidad con la pintura de Velázquez para beberse con la vista cada centímetro del lienzo.

–Muchos Aspirantes se detienen ante este cuadro.

Eugenio se encontraba tan inmerso en su análisis que se sobresaltó al escuchar la voz. Ni siquiera se había percatado de la llegada de la mujer que le había hablado. Tardó unos instantes en darse cuenta de las implicaciones de que le llamara Aspirante. En ese momento, su corazón humano se aceleró y notó un sudor frío.

–No debes preocuparte. Soy de los tuyos. En este mundo uso el nombre de Eva.

Eugenio observó los ojos de la mujer. Su profundidad atravesaba varias dimensiones, algunas incluso desconocidas para él.

–Entonces también tú eres Aspirante.

–Lo soy. Puedo ayudarte, si tú quieres. Salgamos a la calle a pasear.- Eva le dio la espalada sin esperar respuesta y se dirigió hacia la salida del museo. Eugenio se había tranquilizado, pero le invadía una sensación extraña. Su análisis de “Las Meninas” había sido interrumpido bruscamente y se sentía como arrancado de un profundo sueño. Debería retomarlo y finalizarlo, era una de las obras más bellas de aquel mundo. O quizá debería seguir a Eva.

Lo de actuar esta noche, lo hago por Juan

Si crees en los sueños, ellos se cumplen

          Son las seis de la tarde y dentro de dos horas tengo que salir a escena, pero a menos que aparezcan mis pendientes fetiche, no voy a poder actuar. No voy a mostrarme al público nunca con las orejas desnudas. El problema está en mi pelo, demasiado corto para tapar unas orejas tan grandes. Yo misma decidí cortármelo y ahora mi perfil es el mismo que el de un elefante cabizbajo.

          Juan siempre me dice que no, que no me parezco a Dumbo, que mis orejas son grandes porque tengo una cabeza curiosa que necesita escuchar en profundidad. Pero no dudo que lo dice para que salga a escena lo más segura de mí misma y no me preocupe por mis orejas.

          Lo de actuar esta noche, lo hago por él, porque me regaló estos pendientes como amuleto hace mucho tiempo y yo he sido tan tonta que hoy, justo el día de la última función de otoño, los he olvidado.

          Ahora mismo me gustaría estar haciendo lo de siempre: sentarme frente al espejo del camerino, masajearme las manos despacio para que estén ágiles cuando empiecen a interpretar y sentir el balanceo de los pendientes a los dos lados de mi cabeza, mientras de reojo miro cómo me sonríe el reflejo de Juan en el cristal.

          Juan y yo hacemos vida de pareja. No la de fingir que nos queremos frente al público e ir de la mano cuando hay que posar. A lo que me refiero es a que nos queremos. Nos despertamos siempre en el mismo lado de la cama y sólo hemos discutido por algo serio subidos en un escenario y por boca de alguno de nuestros personajes.