octubre

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Por fin se habían marchado y le habían dejado solo. Ya era hora. Qué pelmas. Que si cajas de bombones, que si ramos de flores, que si libros. Estaba harto. De ellos y de sus regalos. Pero, sobre todo, de su compasión. No lo soportaba. Odiaba sus sonrisas, sus abrazos, sus palabras de ánimo. Sabía que todo era mentira. Eran unos malditos mentirosos, unos hipócritas, unos falsos. Sabía que no les importaba una mierda. Sólo venían a verle para sentirse mejor con ellos mismos. Para hacer su buena acción del mes, de la semana o del día. Sí, por lo visto esos asquerosos necesitaban hacer buenas acciones muy a menudo. Demasiado. Pero estaba seguro de que nada más salir de la habitación, mientras caminaban por el pasillo, antes incluso de llegar al ascensor, ya se habían olvidado de él.

Mejor así, pensó Gonzalo. Que se vayan y me dejen tranquilo. No los necesito, ni a ellos ni a sus absurdos regalos. No necesito sus llamadas, sus visitas ni, mucho menos, su compañía. Cuándo entenderán que yo lo único que quiero es que me dejen tranquilo, para poder ver la tele y estar a gusto, aquí solo en la habitación, a mi aire. Coño, no es tan difícil de entender. Bastante me han jodido en estos 58 años como para que ahora me amarguen también lo poco que me queda.

Gonzalo no era tonto. Sabía que el cáncer de hígado que tenía iba a acabar con él. No sabía cuándo, pero eso no cambiaba nada. Se iba a morir cualquier día de estos y punto. No había que darle más vueltas. El cáncer iba a conseguir lo que el alcohol, el tabaco y su familia no habían logrado. Acabar con él. Mandarlo al otro barrio. Nunca le había gustado perder. Pero tampoco le gustaba dar pena. Sólo quería vivir tranquilo. Nada más. Tampoco pedía tanto.

La princesa

La noche era de un julio que agotaba su ocaso por los últimos bardales  y apenas si quedaba algún magnolio que no estuviera en flor en todo el valle.

Juanjo, el dueño de la casa, había establecido aquel refugio a manera de hotel para familias. Gustaban,  las noches de verano, de hacer cena en común con los que hubieran pedido el refrigerio vespertino.

Aquella noche, las puertas y ventanas entreabiertas, los niños empezaban a hacer postre con  fuentes de cerezos y duraznos. Entre el bullir de voces infantiles, como un cuchillo, la arcada de un pequeño que se ahogaba con un hueso en la glotis de picota. Eran cuatro hermanos, y el padre —ya ducho en estas lides— sacó  de la garganta la semilla, y, más por la zozobra de la madre que por ser esta visita necesaria, llevaron al chiquillo a un hospital.  Juanjo, obsequioso, quedóse con el resto de los hijos mientras tuvo lugar el desencuentro.

Contó las mil anécdotas que el sitio guardaba en sus antiguas tradiciones,  gastadas ya las mismas, narró despaciamente el viejo cuento del niño y el dragón que castigaba con fuego y con esclavas a las gentes de un pequeño lugar con rey y corte.

El monarca, en bandos que esparció a los cuatro vientos, puso  premio a quien lograra al saurio volador dar matarile. Muchos murieron, otros se fueron del lugar llenos de espanto; pero aquel niño, sin gato ni otras fieras tan al uso, logró con artimañas y requiebros al monstruo apaciguar de su halitosis y hacerle, cual cordero, manso amigo. (Los niños, boquiabiertos, escuchaban a Juanjo relatar el viejo cuento).

Buscándole un final que fuera acorde con las viejas perdices en comanda, el cuento terminó con esta frase:
—Y el rey, cumpliendo la palabra prometida, al niño le entregó como su esposa la rubia princesita que pronto al trono regio accedería.
—…¡
—Pero —dijo el pequeño, que apenas si tenía cuatro años— eso ¿era un premio o un castigo?