pistola

Diluditeca: "Cazador y presa"

Portada de "Cazador y presa", tomada del blog de Ana Katzen

Una pistola. Una pistola en una novela de fantasía. La vemos en la portada de “Cazador y presa” y, aunque aparece de forma discreta, acaparó inmediatamente mi atención, más incluso que la espada. Y unas gafas. La portada ya nos dice sin dejar lugar a dudas que no estamos ante una obra de fantasía al uso ni basada en un mundo medieval. Lo confieso: me encantan las espadas, las batallas con cargas de caballería, los castillos y todos esos elementos tan clásicos. Pero también me gusta la variedad y la busco tanto fuera de la fantasía, con lecturas de géneros muy diferentes, como dentro. “Cazador y presa” es una novela que precisamente enriquece la fantasía por su ambientación en un mundo con pistolas, girobuses, aeroplanos, ferrocarriles y otros artefactos propios de una primera mitad del siglo XX. Esta ambientación le confiere a “Cazador y presa” una textura especial, diferente, y muy adecuada para los que nos gusta salir de lo medieval de vez en cuando.

Peluqueros y taxistas

 

Una chica de un pueblo de Ciudad Real decide venir a vivir a Madrid. A su familia no le parece bien, pero ella sabe que en el pueblo sólo tiene dos opciones: seguir viviendo con sus padres o casarse. En la capital, sin embargo, le esperan otras opciones.

Un chófer tiene el encargo habitual de llevar a ciertos empresarios al estadio Santiago Bernabéu. Se dirigen a palcos privados en los que cerrarán algunos negocios. Además de ver un partido del Real Madrid en el estadio, serán agasajados con otros lujos, y también con prostitutas en un hotel de cinco estrellas. –Todos firman –piensa el chófer–, todos los que aceptan las prostitutas luego firman.

En las películas no impresionan, pero en la realidad uno se queda paralizado, sin saber que hacer, sin atreverse a tocarla ni siquiera. Una pistola. Ahí, olvidada quizá. ¿De quién sería?¿Por qué aquél objeto se había cruzado en mi camino?

Debería haber estudiado. Sus padres, tras interminables años de sacrificios, podían permitirse pagarle los estudios. Pero sin embargo él lo dejó todo por venir a España.

Felisa regentaba un bar en Madrid, sede de una de las principales peñas atléticas que de vez en cuando recibía la visita de un jugador. De joven, mucho antes de que aparecieran las primeras canas, trabajó en un hotel haciendo camas y limpiando habitaciones. Un buen hotel, sí, cerca de Las Ventas y en el que se solían alojar los toreros más famosos. ¿Que me quede con unos? Los futbolistas de hoy. Sin ninguna duda. Los jugadores siempre tienen un detalle para los peñistas, y también para los que estamos detrás de la barra. Los toreros de entonces ni siquiera te miraban a la cara.